XLI – La familia McDonald



- Si Mario, quiero modelos sonrientes, chicos felices que recorren Texas en la mayor aventura de sus vidas. No quiero sonrisas falsas o estáticas, quiero naturalidad en las fotografías ¿entendido? Un sol radiante, músculos formados sin exceso y perlas de sudor en cada una de las frentes ¿De acuerdo? – Acorde a las órdenes de Alex, Mario Testino tenía que llamar cada día para mostrar un avance de su sesión de fotos en Texas, Vogue arriesgaba mucho al adentrar al mundo el estilo cowboy dentro de sus páginas, uno de tantos riesgos que hacían de la revista una de las mejores – Es en serio Mario, no aceptaré otra cosa – Al colgar el teléfono, Xavier entró a su oficina, la puerta estaba entreabierta y a no ser que estuviera cerrada cualquier persona podía entrar a consultar al editor en jefe. 

- Señor Davis – dijo Xavier, con un tono de voz tímido pero perfectamente audible cuando se asomó a la puerta – Llegó el catálogo de modelos de la agencia Ford para el reportaje de grooming. 

Sin esperar una respuesta, Xavier abrió la puerta para que Alex saliera por ella y él lo siguiera hasta la sala de fotografía. Alex estaba esperando la recomendación de la agencia para un modelo que apareciera en la sección de grooming, sus peticiones habían sido claras: un joven de piel clara con cabello lo suficientemente largo para que le cubriera los ojos. 

- Ésta vez han recortado las posibilidades – dijo Xavier, que él como Jeff (que esperaba en la sala), sabían que la agencia Ford Models conocía los gustos de Alex para Vogue. – Tenemos a Tiago Pinheiro, Matthew Dyer y un chico llamado Joe

Ales miraba las tres fotografías que tenía delante de él. Ningún modelo lo convencía demasiado, a pesar de tener narices rectas, cejas perfectas y piel de porcelana, sabía que no mandaron a sus mejores hombres. Siempre reservaban a leyendas vivientes del modelaje para campañas de Dolce & Gabbana o las pasarelas de Lanvin. 

- Creo que es más que obvio – tomó la tercera fotografía que Xavier le había mostrado y las otras dos las tiró a un cubo de basura cercano – Jeff, encárgate de la redacción de esos bálsamos para las bolsas en los ojos, enfócate más en las cremas hidratantes y me gustaría que tocaras el tema de los productos para evitar la caída del cabello. 

- Por supuesto, Señor – contestó el aludido, esperando a que una orden recayera sobre él – Comenzaré cuanto antes. 

- Disculpe señor – interrumpió Ben, quién entró a la sala de fotografía con dos percheros móviles repletos de camisas, pantalones y corbatas – acaba de llegar la colección de Thom Browne, y quisiera saber si piensa usar algo para el nuevo número antes de enterrar todo esto en el armario – el armario no era lo que todos pensaban, parecía una bóveda resguardada con estanterías hasta el techo, en donde zapatos de todo número, tipo, marca y color tenían cabida. Si necesitaban una corbata de tweed o una camisa a cuadros corrían al armario para buscar de entre montañas de ropa colgadas en innumerables cantidades de ganchos en los tubos que medían metros de largo, escarbaban en los cajones para encontrarse desde el más insignificante calcetín de lana hasta un abrigo de napa con pelo de conejo. La mitad de los trabajadores de Vogue (hombres, en su mayoría) trabajaban sólo para esperar la limpieza del armario, una regla con tinta invisible en el contrato de la compañía especulaba que toda prenda ingresada en el armario tenía que corresponder a la talla correcta y ajuste perfecto de Alex. Así que las prendas de temporada que él desechaba del armario de Vogue (y que no quería que entraran al suyo) se dejaban para que los editores, publicistas, telefonistas, fotógrafos, estilistas, maquillistas e incluso mensajeros y choferes, pudieran rescatar alguna prenda o accesorio con costo de cientos, incluso miles de libras. 

- Quizá haya algo que rescatar – dijo Alex, acercándose a los percheros y echándole un vistazo a las camisas desempacadas de la bolsa y planchadas en seco - ¿Qué hay acerca del color gris? – preguntó sin mirar a los tres hombres presentes en la estancia, esperaba a que le dijeran que sería una tendencia triunfadora para el invierno o que prácticamente era una pérdida de tiempo y espacio en la revista. 

- Con los accesorios adecuados podemos hacer un balance con el color-block – contestó Ben, tomando una de las camisas y extendiéndola sobre la mesa, Alex tomó una corbata y anudándola ágilmente sobre el cuello de la camisa contempló la combinación de rayas y rombos que contrastaban a la perfección – 

- Al parecer este número tendrá más de 400 páginas, creo que en este caso más es mejor. Ben, encárgate de hacer una sesión especial en esta sala con la colección de Thom Browne. Jeff, espero un artículo sobre esta colección el próximo miércoles, consigan fotografías de su taller en Nueva York y que Testino se traslade hasta allí para una fotografía de página doble con el diseñador. Espero que tengan listas sus elecciones del mes para última página, con algo de suerte tendremos el libro el fin de semana. 

Ben, Jeff y Xavier procesaban las órdenes mentalmente tan rápido como podían, cada pausa de Alex para dar una orden nueva, hacía que grabaran y guardaran la idea anterior en su cerebro. 

- Si no hay nada más que hacer lo mejor será retirarnos – sin esperar respuesta Alex se aproximó a la puerta y salió de “la sala blanca”. En el pasillo notó que el día seguía gris y lluvioso como desde hace unas horas lo había contemplado. 

- Señor Davis – dijo Rose, poniéndose de pie desde detrás de su escritorio al verlo venir desde el pasillo – Me confirmaron la entrega de las cortinas de algodón egipcio para mañana, los floreros de Baccarat están en camino desde París y la cava de madera de cedro para vinos con capacidad para 32 botellas está en construcción. 

- Gracias Rose, el día de hoy pinta terrible, ¿Porqué no te vas a casa? 

- Gracias señor, bajaré a entregar este contrato de Kenzo a los de publicidad para su aprobación. 

- Hasta mañana entonces – se despidió Alex, poniéndose el trench negro y tomando su maletín de la mesa de la secretaria. 

En el estacionamiento, varios empleados subían rápidamente a sus automóviles debido a que la lluvia y el viento los mojaban aún estando bajo el edificio, los guardias de seguridad usaban rompevientos sobre sus uniformes, pero aún así, los bajos de sus pantalones y zapatos estaban hechos una sopa. Alex condujo hasta la nueva casa, donde encontró a Charlotte en una habitación superior, haciendo un esfuerzo por mover un escritorio hacia una ventana. 

- Sabes que no debes esforzarte demasiado – dijo Alex, quitándose el trench húmedo y colgándolo en un perchero de madera que aún estaba envuelto de plástico en el pasillo – ni cargas cosas pesadas – el chico tomó el puesto de Charlotte y movió el escritorio hasta el lugar donde la chica lo quería. 

- Te estropeaste los zapatos – dijo ella, mirando como su calzado tipo Oxford de piel estaba manchado de barro de tan sólo correr de la cochera a la puerta de la casa. 

- Eso no importa ahora, ¿Sí? ¿Cómo llegaste hasta aquí? 

- Cara me trajo, se fue hace casi veinte minutos, antes de que comenzara a llover más fuerte. 

Alex miró a su alrededor, la lluvia arreciaba y sin una cocina equipada, no podía preparar ni siquiera un té. 

- Ven, siéntate – Alex tomó a la chica de la mano y la encaminó hasta la cama. Charlotte se sentó en el mullido y cómodo colchón y se dejó caer, contemplado el techo color azul celeste que armonizaba con las paredes blancas de la habitación - ¿Cómo la ves hasta ahora? – Se acostó junto a ella, apartándole el cabello de la cara para apreciar mejor sus ojos. 

- No puede ser mejor – murmuró – tendré mucho que limpiar, pero aún así es genial. 

La chica cerró los ojos, Alex no sabía si al cuarto mes de embarazo el cansancio era un síntoma normal, pero decidió no indagar en el asunto y se sumió en el sueño junto con ella. 

Fueron varias horas después en las que la ausencia del golpeteo de las gotas de lluvia contra la ventana sacó de su ensimismamiento en la siesta improvisada. El día seguía gris, pero la lluvia había cesado. 

- Cherry, linda – Alex le susurraba al oído, no quería sobresaltarla de su descanso – terminó de llover, ¿Nos vamos? 

La chica apenas entreabría los ojos y se limitó a asentir con un gesto perezoso, Alex le echó por los hombros su trench para protegerla del viento al salir al pasillo. En la calle el viento soplaba con fuerza, le revolvía el cabello a Charlotte y hacía que a Alex cada poro de la piel exclamara su disgusto por el cambio de temperatura tan espontáneo. 

El vehículo se puso en marcha, tras los cristales empañados se podía ver una fila de autos que aguardaban el paso, ante la ausencia de semáforos en aquella zona habitacional, los vehículos avanzaban lentamente con las intermitentes encendidas. Alex vio a un oficial de tránsito acercarse bajo un rompevientos completamente húmedo, a pesar de que la lluvia se había ido. 

- ¿Qué pasa oficial? – preguntó el chico, bajando la ventanilla de su lado para poder obtener una respuesta del uniformado. 

- Hubo un percance con una alcantarilla del sistema de drenaje, están trabajando en ello, aunque parece que irá para largo. 

- ¿Hay alguna otra forma de salir hacia la calle Helsington? 

- Una desviación dos cuadras a la derecha – señaló el oficial con su brazo en la dirección en la que dicha calle quedaba. 

- Gracias – contestó Alex, manejando en reversa el automóvil antes de que la camioneta roja de atrás formara parte de tan pesado embotellamiento. 

Invadiendo unos momentos el carril contrario, pudieron salir del ajetreado tráfico para tomar la ruta alterna que el oficial les había sugerido, por el espejo retrovisor notó que otros tres vehículos los seguían, en su desesperada acción por llegar pronto a casa. 

- Las cortinas de algodón egipcio llegarán mañana – dijo Alex, tratando de hacer algo más que aferrar las manos heladas al volante – los floreros están en camino desde Francia y la cava para los vinos está siendo construida a la medida. 

- Suena bien – contestó, acompañando su respuesta con un ligero bostezo, frente a ellos estaba la calle que conectaba con la avenida principal, una cuadra más para seguir su trayecto hasta “la casa chica”. Las palabras tenues que Charlotte esperaba pronunciar se vieron amortiguadas por música en un auto a todo volumen que pasaba a gran velocidad por el carril izquierdo. Un pequeño auto azul les ganó el paso y se perdió unos cuantos vehículos más allá. 

- ¡Qué imbécil! – Espetó Alex, haciendo uso del claxon como nunca antes lo había hecho - ¿Qué era lo que querías decirme? – le preguntó a la chica, mirándola unos segundos a la cara. 

- ¡Cuidado! – La chica señalaba a través del parabrisas un auto que daba piruetas sobre sí hacia ellos, Alex trató de frenar y dar la vuelta pero el impacto de su lado del auto lo dejó inconsciente. Sentía que el cerebro se le apagaba y la luz se difuminaba lentamente, el impacto de la bolsa de aire lo dejo semiinconsciente, pero con la suficiente lucidez para mirar a Charlotte de su lado, con recargada sobre el asiento, con el rostro ensangrentado.