- Vamos, tienes que comer algo – decía Alex en el comedor, Charlotte sentada frente a él con los ojos hinchados parecía un maniquí en mal estado, sus ojos opacos y la cara curtida por las cicatrices de los cristales que se incrustaron en su piel le daban muy mal aspecto a su antes bello rostro – es difícil, lo sé, pero estamos juntos en esto – tomó su mano y la ayudó a ponerse en pie. La trasladó hasta la sala, donde la dejó sentada en uno de los nuevos sillones, aún cubiertos con plástico – tengo que ir a trabajar – la besó en la frente, y salió, no sin antes dejar en la mesa de la sala un paquete de panqués y un vaso de jugo de naranja – te veo luego – caminó cojeando hasta la puerta, en donde a través de las ventanas visualizó un auto de Vogue que esperaba por él.
Comúnmente los días grises eran de su agrado, pero pareciese que el clima se empañaba en recordarle su desgracia, la lluvia tenue caía sobre la ciudad, tomando a los desprevenidos turistas por sorpresa. Al llegar al estacionamiento tomó el primer ascensor que se abrió ante él. En la primera planta subió Rose y otros empleados más, cargados con cajas de zapatos y fedoras que equilibraban con gran precariedad.
- Buen día señor – saludó ella, por encima del montón de cajas que le tapaban la vista.
- Buen día Rose – contestó monótonamente – cancela mi desayuno con los miembros de la British Fashion Council, que la audiencia de accesorios se adelante media hora, que me hagan llegar la sesión de fotografías de Mario Testino para mandarlas a edición, te haré llegar la carta editorial de este mes y esperaré el libro en mi casa esta noche.
- Entendido señor – contestó Rose, memorizando cada orden de Alex a la par que ascendían en el edificio.
Antes de llegar a la última planta, Rose salió junto con los encargados de accesorios y moda a dejar los últimos encargos en el armario. Al llegar a su oficina, adornos florales cubrían cada centímetro del corredor, las muestras de apoyo hacía él tras enterarse del accidente habían llegado desde todas partes del mundo: Dolce & Gabbana mandó flores con pétalos pintados de animal Print. Marc Jacobs mandó margaritas en un florero que imitaba la botella de su fragancia Lola, y así decenas de flores inundaban el corredor del piso dedicado al editor en jefe y sus segundos a cargo.
- Quita todo esto de mi vista – dijo Alex a Xavier, el primer empleado que se encontró a su paso – Distribúyelas por todo el edificio para que esto no se convierta en una jungla, y destruye las tarjetas. – Xavier sólo se limitó a asentir, y salió en búsqueda de los empleados de limpieza (que comúnmente trabajaban de noche) para que llevaran a cabo la tarea.
- Señor – Rose se abría paso entre los arreglos florales, tratando de no tirar el logotipo de Prada hecho con magnolias – sus padres están en la línea 1.
- Gracias – dijo Alex, tomando el teléfono enseguida - ¿Sí? – preguntó por el auricular.
- ¿Alex? ¡Dios! ¡Qué susto nos hemos dado! ¡Creíamos que no te volveríamos a ver! – Exclamó la voz de su madre, en un tono de voz tan elevado que casi le revienta el tímpano.
- Estoy bien mamá – dijo él, tratando de calmar a su madre, de la cuál notaba su respiración irregular.
- ¿Cómo sucedió? ¡Sabía que no eras buen conductor, pero…
- Un conductor que al parecer iba ebrio perdió el control de su auto, nosotros fuimos los menos perjudicados, fallecieron cuatro personas en el lugar.
- “¿Nosotros?” – Preguntó su madre – entonces esa chica rubia… ¿No era tu asistente verdad?
- No – contestó, tratando de borrar de su mente la idea de mentirle una vez más a su madre – es mi novia desde hace unos meses
- Lo único que cuenta es que estás bien – dijo Eloise, tras un silencio incómodo en el que Alex no sabía si su madre se había desmayado o preparaba un sermón que nunca olvidaría – Creo que ahora más que nunca nos necesitas. Tengo que irme, acompañaré a tu padre a la agencia de viajes, el agente de bienes raíces está buscando quién compre nuestra casa y… creo que eso es todo – concluyó con una sonrisa nerviosa – adiós.
- Adiós mamá, los quiero – Alex colgó el teléfono con un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Su madre sabía de su relación con Charlotte, pero desconocía completamente (así como la prensa) lo de su embarazo interrumpido.
- Señor – Rose abrió la puerta de la oficina, tratando de no tirar nada y dejó sobre el escritorio una muestra fotográfica de la sesión de Mario Testino en Texas - tengo el catálogo del señor Testino – Alex se puso en pie, sin poder ocultar una ligera mueca de dolor debido a la punzada de la pierna – Creo que debería ver a un doctor – comentó – podría trabajar desde casa, me encargaré de mandarle todo desde…
- No – la interrumpió Alex – manda las fotografías de Mario a la sala de edición, espero la supervisión de complementos en 15 minutos y recuerda mandar el libro esta noche a casa.
Sin esperar respuesta salió hacia la sala blanca, en donde las cajas se amontonaban en la mesa listas para elegir las bufandas, fedoras, corbatas y anteojos de la publicación.
- El fieltro es un material que Armani rescató – dijo Ben, sacando tres fedoras de distintos colores de varias cajas – es el toque perfecto para el look dandy.
- Necesitamos una corbata de lana – dijo Alex, al instante un revuelo de cajas y papeles que envolvían pañuelos y foulards se hicieron presentes para atender las órdenes de su jefe, fue Richard (el director de arte) en extenderle una corbata de Moschino - una camisa de Thomas Pink y unos gemelos a juego vendrían perfectos. ¿La joyería de Cartier? – preguntó al aire, al no recibir respuesta su mirada láser detrás de sus anteojos paseó por cada uno de los rostros que no le habían dado una respuesta - ¿Dónde está la joyería de Cartier?
- Al parecer no estará lista hoy – dijo Jeff, evitando la mirada de Alex, y concentrándose en el tejido de lana de la corbata – Hicimos todo lo que pudimos: llamamos, insistimos… incluso fuimos en persona a la tienda pero…
- Tendré que resolverlo yo entonces – dijo Alex – encárguense de lo que tengan a la mano, los espero mañana a primera hora en esta sala – encargó a Rose que un auto lo esperara fuera para llevarlo a recoger las piezas de joyería – recuerda enviarme el libro – consultó su reloj, eran las 7:40 de la tarde, así que el libro no tardaría más de 30 minutos en ser terminado – hasta mañana.
Al subir al auto, le ordenó que lo llevara a la boutique de Cartier, sin hacer una sola pregunta, el chofer se puso en marcha, todos los encargados que deberían transportar personas o mercancía tenían grabadas en su mente cada estudio, cada tienda y cada local del cuál Vogue necesitaba de sus servicios para ser la revista que era ahora.
- ¿Puedo ayudarlo en algo? – preguntó un hombre amablemente desde el otro lado del mostrador. Alex notó que era muy joven y bien parecido, como si los maniquíes de la quinta avenida de New York cobraran vida y uno hubiese llegado a Londres de contrabando en un barco pesquero.
- Vengo de parte de Vogue, la incompetencia de esta tienda hizo que se retrasara la selección de accesorios que teníamos prevista para esta noche. Así que si no es mucha molestia, podría entregarme lo que la empresa pidió.
- Disculpe señor… Davis – dijo, tras leer rápidamente el gafete que a Alex le colgaba de la solapa del traje – pero tenemos una orden directa de entregar la mercancía hasta que…
- ¿Ves lo que dice aquí? – Alex acercó más su gafete a la cara del trabajador – si mi vista no falla después del accidente dice: “Editor en jefe” lo cuál significa que las órdenes que tengas que recibir me importan muy poco, en verdad.
- ¿Algún problema, caballeros? – intervino un señor de edad más avanzada que el dependiente que estaba detrás del mostrador, lucía unas canas elegantemente peinadas hacía atrás y un traje impecable. Un auténtico pingüino de la aristocracia inglesa.
- Necesito esa muestra de joyería para Vogue que estuvimos esperando mediante horas.
- Verá, las órdenes nos restringen a que sólo podemos entregarle cierto pedido a personas que…
Alex lo interrumpió quitándose el gafete y poniéndoselo prácticamente debajo de las narices. El gerente se acomodó las gafas y abrió tanto los ojos que pensó se le saldrían de las cuencas.
- Lo siento señor Davis, no tenía idea de que usted en persona vendría a recoger…
- Lo hago cuando las demás personas son tan incompetentes como para no hacer su trabajo. ¿Tiene lo que pedimos? Porque podría llamar a Tiffany y hacer que extraigan hasta el último grano de oro rosa del planeta.
- En seguida lo tendrá señor – y dirigiéndose al encargado, caminó hasta estar considerablemente cerca de él – Riley, toma todas las piezas de la última colección y entrégaselas al señor Davis, con algo de suerte nuestras cabezas no rueden antes de navidad.
El encargado se apresuró a tomar relojes de platino, pulseras de oro rosa, llaveros con eslabones y anillos con diamantes incrustados. Todo tenía cabida en un maletín con forro de seda, donde las piezas eran cuidadosamente envueltas en terciopelo y guardadas en sus correspondientes cajas de tamaños variables.
- Fue un placer atenderle señor Davis – dijo el encargado, mostrando su lustrosa dentadura ante cada palabra y mostrando una risita nerviosa – un verdadero honor conocerlo en persona.
- Si como digas – Alex tomó el maletín y subió de nuevo al auto. Ordenándole que lo llevara a casa.
Desde afuera, no se veía ninguna luz prendida, lo cual le llamó la atención, junto con el taxi que esperaba encendido desde el otro lado de la calle. Al entrar en la sala la penumbra lo envolvió, subió las escaleras y al mirar a ambos lados del pasillo reconoció la habitación de ambos como la única que mantenía una luz encendida que se filtraba por debajo de la puerta. Al entrar a la habitación, se encontró a Charlotte de pie, frente al armario, y sobre la cama una maleta cerrada.
- ¿Cherry? – preguntó Alex, sorprendido de ver como la chica había hecho algo más que llorar, dejó el maletín sobre una mesa de noche al lado de la cama y comenzó a buscar en su interior. - ¿A dónde vas, eh?
- Me voy… - contestó, un tono apagado de la voz que Alex acostumbraba escuchar se hizo presente.
- ¿Te llamaron de alguna revista? ¡Genial! – Alex seguía revolviendo entre las pequeñas cajas del maletín - ¿ELLE? ¿Cosmopolitan? ¿Vogue?
- Me voy – repitió, tomando la maleta de la cama y acercándose con paso desganado hacia la puerta, dejando ver en sus ojos las lágrimas que en repetidas ocasiones rodaban hasta perderse.
- Pero… - Alex sintió frío, ese frío que se expande por debajo de la piel e inunda el pecho y el corazón – nosotros… - hablaba sin que las palabras fueran procesadas por su mente, olvidó que lo que había buscado lo tenía entre sus manos, mismas que no le respondían.
- No hay nada entre nosotros… - dijo ella, caminando por el pasillo sin inmutarse de la oscuridad
- ¿A qué te…
- Se acabó Alex, lo que nos unía ya no existe… murió – se llevó la mano libre al vientre y bajó por las escaleras. Alex se quedó petrificado viendo como desde la segunda planta, la chica por la que había dado la cara al mundo se iba de su lado.
- Cherry – murmuró, pero ella no escuchó – Cherry – susurró, pero la chica caminaba con paso lento pero firme - ¡Cherry! – gritó, pero el sonido de la puerta al cerrarse hizo que las piernas se rindieran ante el dolor de su ausencia. Cayendo de rodillas, las lágrimas brotaban como sangre en una herida abierta, sus manos le temblaban, se llevó las manos a la cara para ocultar su dolor, ignorando que un anillo de compromiso se perdía en la oscuridad de un hogar roto.
