“¿Por qué demonios no contestas el teléfono? Te hemos estado buscando por todos lados, ¿Cómo es que la revista siga publicándose sin ti? En la oficina me dicen que sigues en terapia intensiva por tu lesión en la pierna, eso es lo que maneja la prensa. ¡Sé que estás allí! Espero que puedas dar señales de vida muy pronto.”
La voz de George se hizo escuchar en toda la sala mediante el auricular de la contestadora. Alex escuchó el mensaje desde la cocina, tirado en el piso recargado sobre la pared, a pesar de la luz del día en el exterior, las cortinas obstaculizaban la luminosidad del sol. En la cocina, el piso estaba repleto de botellas de cerveza vacías y una tenue nube de cigarrillo que envolvía al hombre caído en desgracia, su ropa sudad y sucia y su aspecto descuidado daban como resultado un aspecto de un hombre de la calle, rodeado de un aroma de sudor y alcohol.
Unos golpes en la puerta principal de la casa retumbaron por unos instantes, los ojos inyectados en sangre de Alex se cerraron fuertemente para borrar la alucinación de que alguien quería estar con él.
- ¡Sé que estás allí! ¡Ahora abre! – gritaba Rupert desde el jardín delantero, esperando a que el chico se asomara por alguna de las ventanas. Al no tener respuesta, corrió hasta el patio trasero, donde encontró una de las puertas de cristal corredizas que conectaban la sala con la terraza exterior. - ¿Alex? – preguntaba Rupert, caminando a ciegas entre la oscuridad – Sé que estás aquí, sal, no puedes esconderte para siempre.
De la cocina provino un ruido del cristal contra el suelo. Rupert encontró a Alex sentado sobre el desayunador destapando otra botella de cerveza mientras el contenido de la que había caído se esparcía sobre el suelo.
- Te ves horrible – dijo Rupert, notando las pronunciadas ojeras y el aspecto desmejorado de Alex en la poca luminosidad que las cortinas podían filtrar – Todos creen que sigues en el hospital, todo es un nudo de especulaciones en la prensa – del bolsillo interior de su chaqueta sacó la primera plana de un periódico, en donde el titular hacía alusión a una ruptura amorosa, habían utilizado una foto de la alfombra roja de los BFA y un efecto de fotografía rota separaba a ambos en la imagen.
- Los imbéciles de Daily Mail deberían pagarme por todo lo que les hago vender – dijo Alex, con una voz tan apagada que sonaba ausente.
- ¿Dónde está ella? – preguntó Rupert, sentándose en una silla anexa al desayunador.
- Se fue – contestó, reteniendo el humo del cigarro – perdimos a nuestro hijo en el accidente, y se marchó, porque lo que había entre nosotros… murió – exhaló la bocanada de humo y apartó la mirada de la de Rupert.
- Lo siento – dijo éste – me contó Karen que el accidente fue muy aparatoso, sé que es horri…
- No, no lo sabes – lo interrumpió Alex – No sabes lo que es sentir el dolor de que te arrebaten algo que nunca has tenido. Supongo que el idiota de George y tú estarán contentos ahora.
- No quise decir eso, sabemos que hicimos mal en tratar de disuadirte, pero tomaste la decisión correcta, que no siempre es la fácil.
- Siempre contemplé el fin como una opción – comentó Alex, tomando el cigarrillo y apagándolo en la muñeca de la mano izquierda, ignorando la mueca de dolor de Rupert – Todo es cuestión de ajustarse un poco más el nudo de la corbata, o de saber qué es lo que corre por tus venas – Rupert no sabía que era peor: imaginarse lo que Alex decía, o la naturalidad con la que lo hacía – Siempre tienes los medios, nunca tienes valor.
- Tom Ford tiene las riendas de la revista ahora – dijo Rupert, para desviar la conversación y evitar que la cocina fuera escenario de una masacre, del bolsillo trasero de su pantalón sacó una hoja doblada sin cuidado, al extenderla una portada de Vogue con Tom Ford al frente de varios modelos con el torso desnudo – la está haciendo trizas, siguen usando tu nombre como jefe editorial y lo peor de todo es que a Condé Nast le está costando, hasta ahora, el doble de una edición normal. – Rupert notó que Alex no lo escuchaba, miraba la portada embelesado, deteniéndose en cada uno de los rostros de los chicos que posaban detrás dl diseñador.
- No todos son modelos ¿Sabes? – Dijo Alex – son chicos que tomamos de las calles y sonríen por esa oportunidad que se les brinda, y no porque Patrick Demarchellier se los pida.
- Tom se está cubriendo con una gloria que no le pertenece – Rupert había tomado a Alex por los hombros – ha gastado miles de libras en reportajes y artículos que no valen la mitad de lo que en realidad representan, los coordinadores de los departamentos fungen como asistentes personales y ha despedido a varios empleados… Entre ellos a Rose.
- ¿Rose? – Preguntó Alex, se le vino a la mente la imagen de la mujer que movía medio mundo por él cuando recibía una orden - ¿Despidió a Rose? – Exclamó, poniéndose de pie apresuradamente - ¿Podrías conseguir a alguien que limpie todo esto? – Alex caminaba tan rápido como la dolencia de su pierna se lo permitía, dirigiéndose a las escaleras para subir al piso superior.
- ¿Qué vas a hacer? – preguntó Rupert tímidamente.
- Tengo que arreglar las cosas Rupert – Alex subía las escaleras, deshaciéndose de su ropa sucia para entrar a la regadera.
Después de un baño exprés y su regreso al cabello semi-largo sobre la frente, notó que Rupert terminaba de hablar con alguien por teléfono.
- Alguien vendrá a limpiar todo esto – dijo Rupert, pateando una de las botellas vacías que había al pie de la escalera.
- ¿Podrías llevarme al trabajo? – Preguntó Alex – has hecho mucho por mí y me preguntaba si…
- ¿Y ver como pones a Ford en su lugar? Eso no me lo pierdo por nada – dijo Rupert, corriendo hacia la puerta detrás de Alex - ¿lo golpearás? Por favor dime que sí, dime que le patearás el trasero y lo arrojarás con la cara hacia el pavimento.
- No lo sé – contestó él, mirándose la cara afeitada rápidamente en el reflejo del cristal - ¿Sabías que Charlotte es irlandesa?
- ¿Y? ¿Tienes algo en contra de los irlandeses?
- ¡Claro que no! Pensé que era inglesa desde un principio, pero cuando conocí a sus padres, supe que…
- ¡Wooow, woow, espera, espera! ¿Conociste a sus padres? – preguntó Rupert, mirando simultáneamente el tráfico londinense y a Alex, como si tuviera una infecciosa enfermedad.
- Sí ¿Tiene algo de malo?
- Olvídalo – dijo el pelirrojo, evitando contestar para que una nueva pelea más se creara por su culpa.
- ¿Puedo ver su identificación? – preguntó el encargado del estacionamiento a Rupert, pues muy pocas veces había visto al chico en su auto.
- Eh… ¿Mi identificación? Si claro, por aquí… - Comenzó a rebuscarse en los bolsillos de la chaqueta y el pantalón. Pero fue Alex quién interfirió.
- Creo que no la necesitamos Ted – dijo Alex desde el otro lado del automóvil - ¿Podrías dejarnos pasar?
- ¡Señor Davis! No lo había visto – exclamó el trabajador, metiendo su cabeza por la ventanilla para apreciar mejor al editor en jefe – es un placer que esté de vuelta.
- Gracias Ted, pero créeme, si llego tarde quizá no nos volvamos a ver. Sabes a lo que me refiero.
Al entender que su cabeza estaba en riesgo. Levantó la pluma que impedía el acceso o salida del estacionamiento.
- Quiere diez de sus camisas – dijo Ben, entrando con paso apresurado al armario, en donde Richard acomodaba nerviosamente unas bufandas.
- Tendrá que esperar – contestó él, temblando de nervios al pensar qué podría pasarle por hacer esperar al editor en jefe sustituto – hace quince minutos llamé a la tienda y están en camino, así que a menos que pueda hacerlas aparecer, no estarán aquí mientras tanto.
Un insistente teléfono celular se escuchó entre ellos. Del bolsillo de Richard provenía el sonido que detuvo al revisar un mensaje de advertencia.
- Oh por Dios… – exclamó aterrorizado al ver la pantalla de su móvil – Oh por Dios.
- ¿Qué ocurre? – preguntó Ben, que también había comenzado a temblar al ver la reacción de Richard.
- ¡Regresó! – dijo, echando a correr hacia el pasillo y compartir la noticia.
- ¿De quién hablas?
- Davis regresó – contestó Richard, tirando los vasos vacíos de café al cesto de basura – Ted, el encargado del estacionamiento lo vio entrar ahora mismo. No tenemos tiempo: avisa a los de redacción, yo iré al departamento de arte y fotografía.
- ¿Qué se supone que debo decir?
- ¡Sólo corre la noticia, díselo a cuanta persona veas!
- Bien señores – dijo Ben a los redactores que revisaban reportajes, escribían historias y corregían textos de toda índole – Davis está en el estacionamiento, aparecerá en cualquier momento así que tomen sus puestos y notifiquen a las almas desprevenidas.
En cuanto cerró la puerta de la sala de redacción, los teléfonos comenzaron a sonar. Los pisos superiores avisaban a los inferiores sobre la noticia y los corredores se atestaban de gente que corría a ocupar su lugar.
- No entiendo porque tanto escándalo – dijo Rupert, subiendo a un ascensor vacío desde el estacionamiento a la planta alta, para presentarse directamente con Newhouse y echar a Tom Ford a la calle.
- Las noticias corren rápido, así que solo disfruta del paseo – comentó Alex, antes de que las puertas del ascensor se abrieran y dos despistados trabajadores del área de publicidad comentaran su regreso.
- Lo sentimos señor Davis – dijo uno de ellos, balanceando su café sobre una montaña de sobres color amarillo.
- Esperaremos al siguiente – dijo su acompañante, haciendo ademán de que no importaba el hecho de que llegara tarde a entregar campañas publicitarias a su jefe inmediato, aún cuando le llamara 20 minutos antes para exigirle las fotografías – buen día señor – saludó a Rupert, quién se sintió importante.
- Vaya, nunca me habían tratado así.
- Se llama educación, cortesía y “puesto de mando”. Si yo fuera tú me acostumbraría a esto.
- ¿A qué te re…
Antes de que Rupert pudiera preguntar, Alex salió del ascensor en la última planta, todos los trabajadores se quedaron de piedra al verlo salir bajo la luminosa luz del ascensor, es como si tuvieran la visión de ver un ángel dejado al descubierto por una nube.
- ¿Dónde está Newhouse? – preguntó Alex sin dirigirse a nadie en especial
- Está en la sala de juntas – contestó una tímida chica especialmente bella, sus ojos grises y su cabello negro azabache conjugaban con su piel de porcelana – tengo la orden de entregar esto al editor en jefe…
- Gracias – Alex extendió una mano para que le diera el sobre de lo que Alex reconoció como una muestra de alguna sesión fotográfica.
- … Al editor en turno.
- Sabes que por ese comentario podría despedirte, cierto… - Alex miró el gafete que la chica portaba, para buscar su nombre - ¿Brenda? Sin embargo, si pudiste soportar a Tom durante estas semanas, mi ritmo de trabajo y exigencia no serán nada para ti. Así que ahora sé buena y dame eso – Alex alargó su mano una vez más, y la chica le entregó el sobre, aún dudando si hacía lo correcto – Gracias nena, bienvenida al mundo plástico – antes de retirarse a la sala de juntas, le dirigió una fugaz caricia al mentón y caminó por el pasillo.
- ¡Brenda! ¿Dónde demonios están las fotografías? – Gritó una voz desde detrás de la puerta de la oficina del editor en jefe, cuando Tom salió, no daba crédito a sus ojos. Alex estaba de pie frente a él con la misma decisión con la que él daba órdenes a sus empleados - ¿Qué demonios haces aquí? – preguntó, señalando con un dedo acusador a Alex, que se veía sólo en aquella situación, ya que Rupert fue a refugiarse tras un escritorio con los demás presentes.
- Vengo por lo que es mío, y eso incluye la silla en donde te sientas –
- ¿Crees que así de la nada puedes venir y presentarte?
- Es lo que hiciste tú, así que no lo creo muy difícil.
- Eso lo veremos… - Tom se echó a andar por el pasillo y Alex lo siguió.
- Rupert – llamó Alex, a lo cual el chico entendió que necesitaba apoyo.
A través de los paneles de cristal, notaron que Newhouse mostraba unas gráficas a los miembros del consejo ejecutivo de Condé Nast, al ver a Tom fuera de la sala de juntas no se inmutó en lo más mínimo, pero al ver que detrás de él aparecía Alex, se puso en pie y detuvo la sesión.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó Newhouse a Alex, ya que los tabloides manejaban la historia de que estaba postrado en una cama en el área de terapia intensiva.
- Es lo que quisiera saber yo – inquirió Tom.
- He venido porque creo que es hora de regresar a Vogue por el camino correcto – fulminó a Tom con la mirada y añadió – por el precio justo.
- No puede llegar así como así – espetó Tom, llamando la atención de los curiosos del pasillo y miembros del consejo.
- Soy el editor en jefe antes de que llegaras aquí –
- El contrato especifica que estás a cargo hasta que el editor en jefe principal regrese a su cargo.
- El contrato también especifica que el antiguo editor en jefe puede regresar a su cargo siempre y cuando contribuya con material extra a la revista.
- Eso es cierto Ford – dijo Newhouse, razonando las cosas - ¿Tienes algo nuevo Davis?
- Está frente a usted señor – dijo Alex, haciéndose a un lado para que pudiera ver a Rupert, quién se mordía las uñas sin prestar atención a lo que sucedía.
- ¡¿ÉL?! – Preguntó Tom ensimismado, como si tuviera enfrente un gato que le juraran, podía cantar ópera - ¿Qué se supone que hará? ¿Vender la revista en las calles?
- Será mi colaborador en una edición especial de grooming en el número de Diciembre. Claro está, además de la guía de viajes para fin de año.
- ¿Estás seguro de esto? – preguntó Newhouse, sin dirigirse en específico a Alex o Rupert.
- Completamente señor, creo que alguien como Grint puede hacer un trabajo excelente en esa área.
- Bien, no se hable más. Tom, gracias por tu ayuda, fuiste muy útil estas semanas. ¡Ustedes pónganse a trabajar! No somos la mejor revista por husmear en los pasillos, que alguien le consiga un auto al señor Ford y restituya a Davis cuanto antes.
- Gracias por calentar mi silla Tom – dijo Alex cuando caminaban al pasillo – bonita corbata, por cierto.
Tom se alisó la prenda que él mismo diseñó, y se perdió tras las puertas del ascensor, dirigiéndole una mirada de odio a Alex.
- Señor, ¿Podría pedirle un último favor? – preguntó Alex, al ver que los miembros del consejo desfilaban hacia un ascensor que acababa de partir.
- ¡Lo que quieras! Después de deshacerte de Tom una estatua en tu honor en la Trafalgar Square es poco.
- Quiero que contraten de nuevo a Rose, que los procesos que Tom no terminó sean desechados y que la gente que fue despedida vuelva a sus puestos.
- ¿Es todo? – Preguntó, como si fuera a pedirle que pintaran su cara en el Big Ben o que la calle Abbey Road llevara su nombre – Bien, cuenta con ello, ahora vuelve a donde perteneces.
- ¿Qué pasará con ella? – preguntó Rupert, que estaba sentado en el escritorio que Rose ocupaba antes de que fuera despedida, tomando un hombro de la chica que los miraba aterrada ante su futuro incierto – le prometiste que se quedaría.
- Quiero que ella se quede – dijo, antes de que Newhouse abordara el ascensor – demostró buenas aptitudes durante su servicio a Tom.
- Bien, habla con recursos humanos y encárgate. Fue un día difícil para todos.
Newhouse se despidió con un gesto amable antes de que las puertas se cerraran.
- Brenda, llama a Ben, Xavier, Jeff y Richard. Los quiero en mi oficina cuanto antes. Habrá mucho que revisar y corregir. Al parecer todos se perderán Celebrity Mastermind.
- En seguida, señor – dijo ella, poniéndose en pie lista para cumplir la primera orden del nuevo editor en jefe.
- Llámame Alex, “señor” es una referencia para alguien más viejo.
La chica asintió y salió de prisa hacia el corredor.
- ¿Qué hay de mí?
- Tendré que trabajar hasta tarde hoy, así que comenzaremos contigo mañana – dijo Alex, entrando a su oficina y sintiendo que el alma le volvía al cuerpo – Te debo una amigo, en serio, salvaste a la revista.
- ¿Porqué siento que me usaste como tu llave de entrada a tu trabajo?
- Lo siento mucho, pero era la única forma de que pudiera regresar, lo hice por Vogue, espero que entiendas.
- Claro que entiendo, somos un escalón para que llegues a la cima, pero aún así sabes que cuentas conmigo.
- Gracias – dijo Alex, revisando unos contratos que aún tenían la firma de Tom – al salir dile a Brenda que tramite tu gafete para que tengas un lugar en el estacionamiento, y te presente a quiénes tendrás que ver más que a tu propia familia. Y aunque seamos amigos, juro que si planeas algo con ella no dudaré dos veces en decírselo a Karen.
Rupert salió malhumorado de la oficina con una cara de odio y desprecio, pero en el fondo sentía que Alex había hecho lo correcto. Dentro de su oficina, las fotografías esparcidas por toda la pared le regresaban la mirada, diseñadores como Karl Lagerfeld y Thom Browne sonreían junto a él en las pasarelas pret-a-porter. Sin embargo una sola llamo su atención: la alfombra roja de los British Fashion Awards se dibujó más nítida que nunca antes en su memoria, la imagen de él y Charlotte en una alfombra roja en los tiempos en que fueron felices parecían lejanos.
- El mejor proyecto que he tenido y se me escapa de las manos… Creo que es lo mejor – dejando ir un suspiro de nostalgia volvió a su escritorio tras una montaña de papeles.
