LV – Diamantes



- Señor Grint, el señor Davis lo espera para comenzar a trabajar en el especial de grooming. 

- ¡¿Qué?! Son las ocho de la mañana, apuesto a que ni siquiera la reina está dispuesta a esta hora. 

- El señor Davis lo está esperando desde hace 30 minutos – contestó Brenda desde el otro lado del teléfono – no comenzarán sin usted señor. 

- ¡Está bien, está bien! Voy para allá – Rupert colgó el teléfono de mala gana y se vistió con lo primero que encontró en su armario, tomó el gafete que el día anterior le entregaron acreditándolo como miembro activo de Vogue y salió rumbo al trabajo. 

- Trabajo – pensó, mientras conducía a través de la mañana gélida – encerrarme en cubículo con gays perfumados, no es mi idea del trabajo perfecto. 

Cuando llegó al estacionamiento otros tres trabajadores subieron al ascensor con él. A través del reflejo de las puertas notó que los demás lucían una impecable barba afeitada y un cabello digno de un premio de belleza, y él solamente decidió usar un gorro de lana. 

- Bonita camisa – dijo uno de ellos, detrás de Rupert – resalta tus bíceps. 

- Gracias – contestó el aludido – Hoy me miré al espejo y me sentí tan gordo que pensé en renunciar enseguida. 

- Yo ayer comí una hamburguesa con papas y pasé tres horas sobre la caminadora. Desde ahora sólo serán vegetales pre-cocidos y agua natural. 

Rupert no podía creer lo que escuchaba, aquellos hombres se cuidaban más que un enfermo de cáncer. Al instante su mente voló a la pizza congelada que había en su refrigerador y se decidió a tirarla al cubo de basura en cuanto saliera del trabajo. 

- Hola Brenda – saludó Rupert, al salir del ascensor - ¿Dónde comienza mi tortura? 

- El señor Davis lo espera en la sala blanca – contestó nerviosa, desde que esa misma mañana Rose regresó, sabía que estaría bajo vigilancia de la ahora asistente personal de Alex. 

- Gracias linda – contestó - ¡Hola! Es bueno tenerte de vuelta – dijo Rupert, al ver que le era imposible ignorar a Rose. 

- Gracias señor, será un placer servirle – contestó, con el mismo tono que alguien usa para remarcar un sarcasmo. 

Rupert caminó hasta la sala blanca, dentro estaban cuatro personas junto con Alex, alrededor de la mesa unos percheros móviles mostraban prendas de todo tipo. Sobre la mesa había montones de fotografías de prendas que estaban físicamente en la estancia. Cuando Rupert entró, los cuatro hombres lo miraron de arriba abajo, excepto Alex, que estaba absorto en las imágenes que tenía enfrente. 

- ¿Te secuestraron acaso? – preguntó Alex, sin molestarse a levantar la mirada - ¿Los OVNIS te succionaron y experimentaron contigo? 

- Se me hizo algo tarde, pero ya estoy aquí – contestó, tomando uno de los cuatro vasos de café Starbucks que había en la mesa, sin inmutarse. 

- Lo noté – dijo Alex – te presento a Ben Hayes, Coordinador de Moda – el chico de ojos azules y cabello corto color negro, le estrechó la mano – Xavier Bryant, Coordinador de Grooming – el chico detrás de los anteojos que enmarcaban unos ojos negros y una cabellera castaña le devolvió el saludo – Jeff Ward, nuestro coordinador editorial – un chico rubio con cabello corto y peinado punk lo saludó – Richard Evans, Jefe de diseño de arte – un chico con ojos grises semi-ocultos por su cabellera lacia que caía elegantemente sobre su frente lo saludó con una sonrisa – y por último me gustaría saber que estás usando hoy. 

- ¿Esto? Bien… es… una camiseta que compré por internet, unos jeans de diesel y tenis de converse. Todos tienen unos. 

- No aquí Rupert. Si trabajas para Vogue tienes que representar el espíritu de la revista. 

- Sabes perfectamente que no sé nada de moda, cuando nos conocimos te dije… 

- ¿Qué no sabes de moda? – lo interrumpió Alex - ¿Crees que esa camiseta y tenis desgastados te los pusiste por casualidad? – Esperaba una respuesta, pero debido al silencio incómodo y la mirada tímida de los presentes prosiguió, caminando alrededor de la mesa, mirando entre los percheros móviles – Para la primavera y verano, Prada se atrevió a recatar el color-block del olvido de los años ochenta, y con esa colección acaparó 46 portadas alrededor del mundo, incluyendo la nuestra por supuesto. Meses después, las pasarelas de Milán mostraban prendas totales con la tendencia del color-block, desde Burberry hasta Louis Vuitton en París – Alex hablaba sin interrupciones, como si murmurara una canción que supiera desde la infancia - Esa tendencia llegó a nuestras manos, se filtró a los almacenes, y aún así te atreves a decir que no sabes nada de moda, porque ignoras el trabajo de miles de personas que confeccionan las prendas, cientos que se encargan de publicitarla, y de unos cuantos como nosotros para que llegue al consumidor, todo ese proceso se traduce en las ganancias de la firma, las suficientes como para salvar a Grecia de la crisis, así que no puedes decir que no sabes de moda, porque cuando diste clic para comprar esa camiseta con colores llamativos – Alex señaló la prenda de Rupert: una camiseta negra que mostraba un emulador de tetris con cubos de colores chillantes – no sabías de moda, pero la empresa que fabrica esas camisetas en serie sí, así que prácticamente compraste moda, a bajo costo al fin y al cabo, pero lo suficientemente decente como para salir a la calle, porque nosotros – con un gesto señaló a los cuatro hombres que le acababa de presentar – así lo dictamos dentro de estas cuatro paredes en donde la presencia de esa prenda ofende a todas las demás – un silencio incómodo se apoderó del lugar, incluso el bullicio exterior cedía el paso a que el momento se tornara más tenso – Ben, lleva a Grint al armario y has lo imposible – sobre la mesa colocó una camisa y pantalón gris son una corbata color azul – creo en los milagros más que antes, Xavier indícale a Rupert cuál será su participación en este suplemento. 

- En seguida señor – ambos acataron la orden como si de un coronel del ejército se tratase. 

- Síguenos – le susurró Xavier a Rupert cuando caminó frente a él. 

- ¿Escucharon lo mismo que yo? – Preguntó Rupert, tirando el resto del café a un cesto de basura cercano - ¿Es mi impresión o acaba de dejarme en ridículo? 

- Se supone que son amigos, deberías entender como es en verdad fuera del trabajo. 

- El problema es que fuera del trabajo es todo lo contrario al monstruo que acabo de ver ahí dentro. 

- Es la presión a la que está sometido, Tom Ford llegó a dejar las cosas peor que cuando el señor Davis se ausentó. 

- ¿Porqué se refieren a él como “señor”? – Preguntó, adentrándose en el armario donde le ordenaron cambiarse la camisa ofensiva. 

- Tiene un cargo de mando, nuestro jefe, no podemos tratarlo como a un igual así como así, a menos que él lo pida. 

- ¿Saben? A él no le gusta que se dirijan así. Lo hacen sentir viejo y demacrado. No digo que no lo esté, pero le harían un favor enorme. 

- Allí detrás – señaló Ben un biombo para que Rupert pudiera cambiarse - ¿Tratarlo como aun igual? No estará hablando en serio. 

- ¿Por qué no? Sin ustedes él no sería nada, y saben perfectamente que eso es cierto – Rupert se detuvo un momento, estaba tratando de convencer a unos trabajadores de ir contra el sistema, si Alex lo reprimió de esa forma por una camiseta, no podía imaginar de lo que sería capaz por poner a sus ayudantes en contra - ¿O acaso Tom era peor que Alex? 

- Despidió a Rose por no pasarle una llamada de Anna Wintour – dijo Xavier, quién buscaba entre cientos de cajas de zapatos unos de la medida de Rupert – Aún cuando él dijera que no quería interrupciones de ningún tipo – explicó, pasándole a Rupert unos zapatos tipo Oxford de Alexander McQueen. 

- Eso sí es grave – dijo Rupert, saliendo del biombo con su nueva vestimenta – pensé que su trabajo era fácil, pero ahora veo que para nada lo es – Rupert intentaba anudarse la corbata, pero Ben se la quitó del cuello antes de que lo hiciera. 

- Creo que es mejor así... - arrojó la corbata a un tubo de metal que sostenía cinturones de piel y pañuelos. 

- Súbete las mangas, te dará más libertad de movimiento en los brazos. Y ahora a lo que has venido. Iremos a la sección de grooming, antes que nada, tienes que saber que quién entra aquí, sale totalmente transformado. 

- Comienzo a ponerme nervioso, pero sigue – dijo Rupert – que no quería adivinar para que servían tantas cremas y productos que había ante él. 

- Tu trabajo es muy simple – continuó Xavier – probarás estas cremas y redactarás un artículo sobre tu experiencia con ellas: beneficios, sensaciones y resultados finales – Sobre los brazos de Rupert colocó un mini baúl de Louis Vuitton con cremas faciales, corporales, con factor de protección solar 15, brillantes, con color, con olor, sin olor, hipoalergénicas, con alfa hidroxi, antibacteriana y con aloe vera – Sólo las aplicas y esperas resultados. 

- Se supone que haga todo eso... ¿En menos de un mes? 

- Así es – contestó Ben – lo mejor de todo (o quizá no mucho) es que estarás lejos de Davis y podrás evitar sermones como el anterior. 

- Eso fue épico – intervino Xavier – a mi me recordó que las camisetas sin mangas eran para tipos matados que viven y mueren en el gimnasio. Desde entonces las camisas de English Laundry son mis preferidas. 

- Sugiero que comience cuanto antes – a un lado del impresionante armario, había una habitación que parecía un híbrido de camerino de set de grabación y una estética profesional, había un espejo sobre una mesa en donde se fusionaba una regadera para el cabello. Había una estantería con todos los productos imaginables para el cuidado de la piel. 

- ¿Así que no saldré para nada de esta habitación? 

- Así es – contestó Ben – excepto para salir al baño claro está. 

Rupert notó que no había habitaciones anexas que comprobaran la existencia de un cuarto de baño. 

- No está mal – dijo Rupert, sentándose en una silla y leyendo la etiqueta de la crema con aloe vera. 

Del otro lado de la puerta, unos pasos apresurados se hicieron escuchar. Jeff abrió la puerta bruscamente y trató de tomar aire recargándose en el marco de madera. 

- Quiere una nueva portada – dijo entrecortadamente con los ojos firmemente cerrados y llevándose una mano al pecho – Quiere una nueva portada en menos de dos días, ¿Sabes lo que eso significa? 

- ¿Emergencia nacional? – preguntó Rupert, tratando de acostumbrarse al ritmo de trabajo. 

- Para nosotros es lo equivalente a una alerta nuclear – contestó Ben – Bien, salgamos, no nos empacarán un modelo así como así antes de mañana. 

Ambos salieron corriendo de la habitación dejando sólo a Rupert con sus doce cremas en el mostrador. Cuando llegaron al área de redacción y arte (una enfrente de la otra, comunicadas por un pasillo con puertas de cristal) acapararon los teléfonos enseguida. 

- Ben, llama a Dulcedo, L’uomo Elite y Scoop Models. Jeff, comunícate con Exhiles, Q Managament y PMA Models. Llamaré a Unique y Success, con algo de suerte mañana por la tarde conservemos nuestra cabeza. 

- ¿Sí? ¿Q Managament? Necesitamos un modelo con urgencia para mañana, ¿Qué? ¡Claro que no es una broma! ¡Es para Alexis Davis de Vogue Man! – gritaba Jeff a la bocina del teléfono para hacerse oír por encima del bullicio que la nueva orden había generado – No... No... ¡No! ¡Es que deben de tener a alguien disponible!¡Sabe perfectamente que su contrato con la revista caerá junto con nuestras cabezas! Bien, espero su llamada. 

- ¿Tuvieron suerte? – preguntó Jeff, tras colgar su teléfono empapado en sudor que emanaba el nerviosismo de sus manos. 

- Quizá Dulcedo nos mande a Antonio Russo, era lo único libre que tenían, pero en Scoop prometieron encontrar a alguien adecuado – respondió Ben. 

- Recemos porque así sea – dijo Xavier, masajeándose las sienes. 

- ¿Qué hay del pelirrojo? – Preguntó Jeff, tratando de desviar su estrés hacia otro lado - ¿Un desastre, no? 

- Quizá sí, al menos gracias a él Alex regresó y todo volverá a la normalidad. 

- Sólo tendrá que escribir su experiencia con cremas que ni siquiera conoce. Pan comido para alguien que sólo ha leído sus libretos para el cine. 

- Déjame ver si entendí: ¿Alex usó al pelirrojo como llave de entrada a Vogue y por compasión le consiguió un puesto en un suplemento? 

- Al parecer así es, y lo peor del asunto es que él cree que en verdad es un halago untarse cremas para compartir su experiencia con los lectores. ¿Pueden creerlo? 

Jeff y Ben cambiaron sus rostros interesados por un semblante serio, Xavier escuchó cerrarse la puerta con un leve sonido de succión y encontró a sus espaldas a Rupert, que en sus manos cargaba el maletín con los productos y una libreta con el membrete de Vogue en cada hoja y un bolígrafo. 

- Así que... ¿fui un escalón para que llegara a la cima? – Preguntó, en su cara se denotaba la ira y la impotencia de las palabras que había escuchado - ¿Es cierto que fui utilizado estúpidamente por un ególatra? 

- Rupert, no lo tomes así, verás... Muchos de noso... 

- Olvídalo – dijo Rupert, dejando caer en la mesa bruscamente el maletín con su contenido – en verdad no sé cómo demonios pueden trabajar y vivir así – y sin esperar una excusa, respuesta o razón salió del lugar, corrió por el pasillo y subió las escaleras sin pedir perdón a quiénes golpeaba o pisaba en su camino. Cuando estuvo en el último piso, caminó decididamente hacia la oficina de Alex y entró sin tocar a la puerta, cerrándola bruscamente tras de sí. 

- ¡Pudiste haberme dicho que necesitabas de mí para esto! ¡Pude haber confiado en ti como lo he hecho antes! ¡Me usaste para que volvieras a tu estúpido trabajo y ahora no tienes la maldita idea de qué tan estúpido me siento ahora! 

Alex estaba sentado en su silla dándole la espalda a Rupert, desde que entró no había reaccionado a su presencia hasta que giró para poder darle la cara. 

- Lo siento – murmuró, sus ojos hinchados se bañaban en lágrimas que se perdían en la camisa puesta desde el día anterior. 

- ¿Lo sientes? ¿Así como así? ¡Olvídalo, me largo de aquí, arregla tu mundo como puedas, y bórrame de tu vida! 

- Perdí un hijo Rupert – dijo Alex, sentado con la mirada perdida hacia el frente, omitiendo el hecho de que su interlocutor arrojara el gafete con su fotografía al piso – Lo perdí antes de tenerlo entre mis brazos y Charlotte me abandonó, esto es lo único que me queda – con un movimiento de sus brazos abarcó la oficina, Rupert notó las fotografías con toda esa gente que aseguraba el trabajo de Alex era el mejor – puedes irte si quieres, pero tienes que saber que lo último que quiero perder, es a ti. Gracias por todo – tras limpiarse las lágrimas con la manga de su blazer, giró su silla sin agregar más comentarios – Rupert podía escuchar a través del respaldo de su asiento, en el piso, el gafete con la fotografía sonriente de Rupert le devolvía la mirada. Lo tomó y lo colocó en la bolsa de su camisa. 

- Lo haré por ti, pero no esperes que te traiga el café – Salió sin esperar respuesta de la oficina, a la que poco después entró Rose con unos recados escritos rápidamente en un post it. 

- Disculpe señor, llamaron de la agencia de modelos Dulcedo confirmando a Antonio Russo para la portada, las corbatas de Gucci están en camino y... – Rose se detuvo, estaba acostumbrada a que Alex no mirara a nadie directamente a la cara, pero nunca había visto que ignorara a alguien por completo - ¿Señor? – preguntó, Alex giró la silla lentamente, dejando ver en sus ojos el estrago de las lágrimas – Sé que lo que pasó es algo muy difícil, y sabemos de sobra que Tom Ford vino a arruinar las cosas, pero creo que usted es muy fuerte como para quedarse estancado en donde está – mi hermana es psicóloga, en estos casos suele decir que un evento positivo de mayor magnitud compondrá las cosas – se sentó en la silla que había para los invitados frente al escritorio y tomó una mano que el chico posó sobre unas cartas que necesitaba firmar cuanto antes – usted es muy joven, ha pasado toda la noche aquí leyendo artículos y corrigiendo reportajes, tiene mucha vida por delante y yo mucho trabajo – se puso en pie y se dirigió hacia la salida – sugiero que se vaya a casa, descanse y piense mis palabras. Un auto lo esperará abajo. 

- ¿A dónde lo llevo señor? – preguntó el chofer de uno de los autos de la compañía. 

- A casa – contestó Alex dejándose caer en el asiento trasero con los ojos cerrados, durante el trayecto la sensación de viajar en una nube voladora lo invadió debido al cansancio y el estupor de la tarde. 

Cuando ingresó a su hogar, notó que había cambiado radicalmente: los muebles habían sido despojados del plástico que los protegía, incluso la chimenea contenía pequeños trozos de madera en su interior consumiéndose lentamente por el fuego, las botellas vacías del piso cedieron el paso para que la lustrosa madera del vestíbulo y corredor luciera su esplendor, la cava de vinos había sido montada en su lugar, las cortinas cubrían las ventanas del viento de la calle, incluso los floreros y cristalería de Baccarat se esparcían por la sala y corredor con flores artificiales que parecían frescas. 

- ¿Es usted el Señorrr Davis? – preguntó una mujer algo bajita y regordeta, su acento ruso era muy pronunciado, al igual que la blancura de su piel y su cabello. 

- Sí, así es – contestó Alex sorprendido, al ver que Rupert había contratado a alguien que hizo en dos días lo que él hubiese hecho en semanas - ¿La contrató Rupert, cierto? 

- Exacto – respondió – me dijo que necesitaba ayuda con esta casa, y al parecerrr no mentía. 

- Bien, muchas gracias – dijo Alex, disponiéndose a arrastrase escaleras arriba – puede retirarse. 

- Encontrrré esto cuando limpiaba – se rebuscó entre los bolsillos de su uniforme de limpieza y sacó el anillo de diamantes que Alex perdió en la oscuridad – debe ser para alguien muy especial, nunca había visto uno tan bonito. 

- Así era – contestó, tomando en su mano la preciosa joya – un trabajo como éste se merece una remuneración especial – se buscó en la billetera y sacó varios billetes que conformaban 155 libras en total – ha hecho un buen trabajo. 

- ¡Bolshoe spasibo! – exclamó ella al ver la cantidad de dinero que le ofrecía – perrrsonas como usted no se ven todos los días. Fue un placer Señorrr Davis. 

Alex acompañó a la mujer a la puerta, la siguió con la vista calle abajo y descubrió que el auto de la revista estaba estacionado unas casas más adelante, miró el anillo en su mano y salió corriendo de casa. 

- Lléveme a King’s Bridge lo más rápido posible – ordenó al chofer que tomó por sorpresa leyendo un periódico deportivo - ¡Rápido! 

- Si señor – obedeció el aludido, metiendo el diario debajo del asiento del copiloto y poniendo en marcha el vehículo. A través de la ventana Alex apreció que los últimos compradores y clientes del día salían de los locales rumbo a casa para terminar el día. Varias cortinas permanecían cerradas, las vitrinas mostraban letreros donde se especificaba el horario laboral y los trabajadores salían en duplas o pequeños grupos para reunirse en un café después de la jornada agotadora. 

- Espere aquí – dijo Alex, bajando de prisa del auto y corriendo hacia un local con cristales que estaba a punto de cerrar actividades. Corría tanto como su pierna se lo permitía por la acera semi-desierta, esquivando a una anciana con su cesta metálica y una chica que patinaba acompañada de su perro con correa. 

- Lo siento, ya vamos a cerrar – dijo Alana, al ver que Alex se acercaba a la puerta para entrar, había desconocido por completo a Alex, ya que lo había visto una sola vez en su vida con otro aspecto - ¡Oiga! – Alex abrió la puerta y se abrió paso entre las sillas de la estética, corrió a través de la escalera y subió sin hacer caso de las punzadas de dolor de su pierna. 

- ¡Cherry! – Gritó, buscaba en el largo pasillo la silueta de la chica pero no apareció, la luz del atardecer se extinguía para cederle el paso a la oscuridad - ¡Cherry! – Llamó una vez más, pero no obtuvo respuesta – comenzó a abrir las puertas que tenía frente a él, se topó con una habitación vacía, un cuarto de baño y en la tercera puerta una habitación pintada de rosa apareció frente a él, en la parte más alta de las paredes hacía repisas con docenas de muñecas Barbie, ventanas con encaje y muebles de color blanco sacados de un cuento de hadas amueblaban la habitación. Sobre la cama estaba Charlotte sentada abrazando sus rodillas y perdiendo la mirada a través de la luz filtrada de las cortinas. Ambos ignoraban el bullicio del piso inferior que Alex había provocado al subir tan de prisa sin explicación. 

- Cherry – susurró, acercándose con paso lento a la cama. 

- Pensé que nunca vendrías – dijo ella, sin dejar de mirar la ventana. Su cabello enredado y sus ojos apagados le daban apariencia de paciente psiquiátrico dejado en el olvido. 

- Nunca es tarde para enmendar un error – dijo él, tomando la cara de la chica entre sus manos y juntando su frente con la suya, percibiendo el alieno de su boca y su respiración lenta – y hoy quiero reparar el mío. 

Alex se arrodilló sobre la cama y buscó en sus bolsillos, unos pasos apresurados subían la escalera, pero el sonido amortiguado de sus latidos ensordecía sus oídos de todo sonido que no fuera la respiración de la chica. 

- Dame una razón para volver a casa - dijo – dame una razón por la cual tengo que pensar que mi día será mucho mejor que el anterior porque estarás junto a mí, dame una razón para no seguir dibujando sonrisas falsas ante las cámaras. Quiero que estés a mi lado, quiero que nunca te separes de mí, quiero saber que cuando despiertes sigas a mi lado... Quiero que te cases conmigo... – Alex extrajo de su bolsillo el anillo de diamantes, Charlotte se quedó estupefacta en el acto, ignorando a sus padres que contemplaban la escena y a Patrick, que cargaba un bate de béisbol como medida de precaución. La poca luz que entraba por la cortina bañaba el esplendor de la joya, emanando pequeños destellos de colores por toda la habitación – Quiero que estés conmigo. 

Las lágrimas de ambos se fusionaron cuando Alex besó a Charlotte, la madre de la chica lloraba de la emoción recargada en el tocador de la habitación y su padre se limitaba a esbozar una sonrisa al ver a su hija con el príncipe que desde niña soñó. 

- Acepto – dijo ella, derramando lágrimas silenciosas – aunque tardaste demasiado para hacerlo – añadió, en tono de falsa recriminación – espero que no llegues tarde a tu propia boda.