- Señor Grint, el señor Davis lo espera cuanto antes en su oficina.
- Estoy en el estacionamiento Brenda – contestó Rupert, acomodándose la corbata mientras se dirigía al ascensor – estaré allí en un minuto – como medida de precaución Rupert se levantaba una hora más temprano, como gesto de amabilidad Ben y Richard le prepararon en cuatro bolsas de terciopelo camisas, pantalones, corbatas y zapatos para los días restantes de la semana. Llegaba directamente al área de Gromming para que desaparecieran sus ojeras y arreglaran su cabello, antes de presentarse ante Alex para rendir un avance sobre su participación
Al llegar al último piso, dejó sobre el escritorio de Rose el maletín de Vuitton, la libreta forrada de piel de Hermès y su blazer. Cerró los ojos y tomó aire antes de tocar a la puerta, un ritual que casi todos hacían ya que no sabían si saldrían enteros de la oficina del jefe.
- Adelante – contestó la voz de Alex desde el interior de la oficina.
- ¿Me llamaste? – preguntó Rupert tímidamente, notaba que el aspecto de Alex mejoraba considerablemente, incluso en su rostro había una sonrisa, una muy diferente a la de los jefes que están a punto de despedir gente. Incluso parecía verdadera.
- Así es – contestó, dejando de lado las fotografías para la portada con el modelo que voló desde Milán a Londres al primer timbrazo del teléfono – Richard te entregará una maleta deportiva, necesito que estés libre a partir de las dos de la tarde. Saldremos fuera. Eso es todo. – añadió, volviendo a las fotografías sin borrar de sus labios la sonrisa que a Rupert le pareció perversa.
Lo hizo correr a través del pasillo, subir las escaleras, esperar un ascensor y sudar su camisa de Ralph Lauren solo para decirle en ese preciso momento que estuviera disponible dentro de 4 horas. Como si no fuera a verlo en el transcurso del día o deseara desechar la nota mental de su cerebro cuanto antes.
- Buen día – saludó Jeff desde el escritorio tecleando rápidamente en su computadora – veo que tu día comienza mal ¿Eh?
- Me llamó a su oficina para decirme que saldremos juntos a las dos de la tarde ¿Qué tan ilógico puede llegar a ser?
- Es el jefe – dijo Jeff un tono obvio, como si le explicara a un niño de dos años que uno más uno no son tres – Si el jefe no va a ti, tú vas a él. ¿Dijeron a dónde irían?
- Si claro – contestó Rupert con sarcasmo, abriendo su libreta de anotaciones, donde había ideas dispersas sobre los productos que le dieron a probar y un juego de gato que no terminó – dijo que iríamos a una pijamada con unicornios, bombones y películas románticas para hablar de chicas de la universidad. Lo explicó todo como siempre lo hace.
- Apuesto a que no es nada del otro mundo – contestó Jeff – algún showroom, un desayuno con alguien, algo así.
- Eso espero – dijo Rupert, poniéndose de pie dispuesto a encerrarse en su cubículo escribiendo su experiencia con productos de laboratorios que no conocía y que costaban cientos de libras – Cualquier cosa estaré donde siempre, buscando sinónimos de “frescura” e “hidratación”.
Las horas pasaron lentamente, a través de la puerta escuchaba sonidos de todo tipo: gritos que solicitaban información (“¡Necesitamos esas bufandas de Gucci! ¿Por qué diablos no han llegado?) Zapatos que corrían en toda dirección (Rupert no podía identificar aún la diferencia de los zapatos altos de las mujeres, al ruido de las suelas de piel de los zapatos masculinos) Percheros chirriantes cargados de pesadas prendas que se trasladaban a una velocidad vertiginosa y algunos chismes de pasillo (“¿Conoces a Isaac? ¿El asistente de redacción? Invitó a salir a Marie, una telefonista del primer piso, pero ella irá a la inauguración de la galería Stradivarius con Vernon, del área de Publicidad. ¿Te has imaginado que alguien de tan bajo rango pueda ser tan solicitada por dos chicos?)
- Rupert... – Xavier entró al área de Grooming, llevaba una maleta deportiva de Versace colgada en su hombro – me pidieron que te entregara esto, no tengo ni la más remota idea para que la necesitas, pero sugiero que salgas ya de aquí – Rupert miró su reloj, eran las 2:15 de la tarde, levantándose apresuradamente de su silla tomó la maleta y salió corriendo, sin importar que a Richard casi le provocaba un esguince.
- Disculpa Alex, se me hizo algo tarde, pero... – Rupert se dio un momento para respirar, sentía un dolor en el costado de su abdomen pero lo olvidó al ver que Alex no estaba solo en la oficina, George estaba sentado en una de las sillas con sus pies sobre el escritorio - ¿Qué hace él aquí? – preguntó sumamente enojado, George mostraba su desfachatez frente al director de la revista, y a él lo recriminaban por llegar dos minutos tarde.
- Tu jefe – contestó George, sin tratar de esconder una sonrisa burlona – me mandó llamar. Al parecer tiene algo preparado para nosotros tres.
- Tengo una importante noticia que darles – dijo Alex, tomando su maleta de Versace (negra) y dirigiéndose hacia la puerta – pero antes, nos daremos un merecido descanso.
Los chicos sin mediar palabra lo siguieron hacia el ascensor. Bajaron hasta el estacionamiento donde un auto de la compañía los esperaba.
- ¿A dónde lo llevo señor? – preguntó el chofer amablemente, más por conservar su empleo que por amabilidad.
- Esta semana abrieron un spa en Lancanshire Court – dijo Alex – llévenos allí.
El auto se puso en marcha a través del tráfico londinense.
- ¿Un spa? – Preguntó Rupert, abriendo su maleta y descubriendo que dentro había toallas blancas de varios tamaños – ¿Para qué demonios necesitamos un spa?
- Sólo cállate – dijo George, notando que en su maleta color gris había el mismo contenido que la de Rupert – son pocas las veces las que Davis se muestra generoso con nosotros, así que disfruta el momento. Quizá no se repita.
La recepción del lugar era tan lujosa como el lobby de un hotel de Shangai, el color blanco predominaba en todos los lugares y plantas naturales completaban la función de darle un aspecto de desenfado y relajación al lugar.
- Buenas tardes caballeros – saludó una chica detrás de la recepción - ¿Tienen reservación?
- Alexis Davis – aclaró Alex, mostrando su identificación de la revista – un baño sauna para tres personas.
- Síganme por favor - la chica salió detrás de su mostrador y caminó por un largo pasillo, del lado izquierdo había interminables puertas de madera y del derecho un inmenso jardín donde se impartían clases de yoga. Se detuvo frente a una puerta de madera que mostraba el número 19 en una placa de metal. – Que lo disfruten – añadió, antes de retirarse con una pronunciada sonrisa.
- Parece que disfruta su trabajo – comentó George.
- Creo que tiene cámaras dentro – dijo Rupert dejándose caer en uno de los bancos de madera y mirando las cuatro esquinas de la habitación - ¿Para qué nos trajiste aquí? – preguntó, quitándose la camisa blanca que le proporcionaron en el trabajo.
- Tengo una importante notica que compartirles – contestó Alex, desnudándose por completo y cubriéndose la cintura con una toalla – se trata sobre Charlotte.
George y Rupert intercambiaron miradas, Alex no había hablado de ella ni de su situación tras el accidente.
- Supe lo de tu pérdida – dijo George, acostándose en uno de los bancos más altos de la estancia – lo siento mucho.
- Igual yo – añadió Rupert, sólo por decir algo, metiendo su ropa en la maleta y cubriéndose con una toalla, recargándose sobre el panel de madera. Al instante la temperatura comenzó a subir y un vapor salía de ningún lugar.
- Lamentamos mucho querer convencerte de que... – George hizo una pausa, posó sus brazos bajo su cabeza y prosiguió – bueno... era algo que estabas dispuesto a aceptar y nosotros te disuadíamos de que no fuera así. Lo lamento.
- Yo igual – agregó Rupert, Alex agradeció de que el lugar estuviera repleto de vapor para que no vieran sus lágrimas silenciosas.
- Creo que... No era buen momento para convertirme en padre – dijo, al fin – Quizá no estaba listo para serlo y... Así fueron las cosas - Los otros chicos guardaron silencio, aceptaba la pérdida de una persona que nunca estrechó entre sus brazos con una gran entereza que los demás admiraban – Es por eso que decidí dar el siguiente paso y... le pedí a Charlotte que se casara conmigo.
- ¿QUÉ HICISTE QUÉ? – preguntó Rupert, poniéndose rápidamente en pie, deteniéndose la toalla justo a tiempo antes de que cayera al suelo, ignorando la cara de asco que puso George al ver su trasero – Wooow, espera, espera, espera. Perder un hijo es una cosa, pero casarte para superarlo es como sobrevivir a un accidente para suicidarte después.
- ¡Yo no lo veo así! – Contestó Alex, ajustándose la toalla a la cintura – lo veo como un paso más en mi vida personal y...
- ¿En serio quieres esto? – Preguntó George - ¿Estás seguro de lo que estás diciendo?
- Completamente – contestó sin titubear – nunca he estado tan seguro de una decisión como ésta.
- ¡Oh, diablos! – Exclamó Rupert - ¿Sabes lo que eso significa?
- ¿Una pareja sexual estable?
- Significa que al paso de los años perderá el interés en ti, un modelo con la mitad de tu edad llamará su atención y se amparará en la corte para exprimirte hasta el último centavo de tu gastada cartera.
- ¿Acaso no piensas en... formar una familia... compartir tu vida con alguien... o algo así? – preguntó George
- Tengo un perro, si a eso te refieres – contestó tajantemente - ¡Dios, Alex! Tienes veinticuatro años...
- veintidós – lo corrigió el chico.
- ¿Qué más da? Es muy pronto para pensar en esas cosas – Rupert lo tomó por los hombros y lo zarandeó, como lo hace un pariente con una persona fallecida esperando a que responda – Tienes mucha vida por delante, bares que conocer, hoteles en los cuáles disfrutar y chicas con las cuáles conocer hoteles.
- ¿Eso crees? – Contestó Alex enfurecido poniéndose de pie frente a Rupert - ¡El único concepto de compromiso que has tenido en tu vida es levantarte por las mañanas e ir a la oficina!
- ¡¿Crees que es fácil aceptar tus malditas órdenes sin pies ni cabeza?! ¡¿Crees que es fácil encerrarse en un cubículo con tus asistentes homosexuales y escribir como demonios se siente mi cara con una crema de la cual nunca he escuchado?!
- ¿Crees que es fácil aceptar perder lo que no has tenido? – Preguntó, mirándolo fijamente a los ojos y apretando los puños en caso de que fuera necesario llegar a los golpes - ¿Crees que es fácil simular que después de perderlo todo no pasa nada? ¿Crees que estuviera aquí compartiéndoles mi decisión si no fuera importante para mí? – Alex tomó asiento de nuevo dejándose caer y llevándose las manos a la cara – Si me van a juzgar, háganlo. Poco me importa, pero en verdad me gustaría que por lo menos fingieran una sonrisa con algo que a mí me llena de felicidad – buscó en el interior de su maleta una bata de algodón peinado, se la ajustó fuertemente a la cintura y salió del sauna. Caminando con rapidez pero con cuidado para no resbalarse en el trayecto. Entró a las regaderas y se despojó de la bata.
- ¡Eres un idiota! – escuchó Alex a George, que caminaba tras Rupert.
- ¡Sólo dije la verdad! – Se defendió Rupert – ¿Sabes? Si quieres casarte hazlo, creo que he sido muy claro al darte consejos sobre hacer lo correcto en tu vida – entró a la ducha del lado izquierdo, mientras George hacía lo mismo al lado derecho de Alex.
- ¿Hacer lo correcto? – Espetó Alex - ¡Por Dios Rupert! ¡Manejaste ebrio y chocaste un fiat! Si no fuera por mí, estarías en la cárcel quebrando rocas.
Tras una acalorada discusión en donde uno a otro se reprochaban los momentos en que mutuamente se salvaban el pellejo, volvieron a las oficinas de Vogue, donde los empleados notaron la situación tensa entre los tres. Haciendo que se alejaran de ellos como material radioactivo.
- Vuelve al trabajo – dijo Alex a Rupert, antes de que se alejara por el pasillo – y tú, has algo de provecho – añadió, dirigiéndose a George, que no sabía a quién de los dos seguir, así que desfiló por el pasillo detrás del pelirrojo.
Las cuatro horas siguientes transcurrieron con más lentitud que nunca. Se tornaron más tensas que los últimos minutos de un partido de Básquetbol, cuando Alex se encontraba en los pasillos con Rupert era costumbre que ignorara su presencia como a los demás empleados, pero había en su encuentro algo más que simple aversión.
Cuando la jornada laboral terminó, todos los empleados caminaban a los ascensores con los hombros caídos y los ojos más cerrados que despiertos. Los únicos miembros activos en las oficinas era el personal de limpieza que trabajaba con la tranquilidad de la luz de la luna.
Alex fue el último en salir de su oficina, tras darle las buenas noches a Rose y Brenda, tomó un ascensor que en la segunda planta se detuvo para que dos personas ascendieran a él.
- ¿Qué demonios hacen aquí? – preguntó Alex, guardando sus lentes en el maletín.
- Decidimos enmendar nuestro error – dijo George – nuestra reacción no fue la más adecuada ante tu compromiso con la rubia – Alex dejó salir un suspiro de aburrimiento – y queremos compensártelo esta noche.
- Gracias chicos – contestó el aludido – pero tengo que ir a casa y contratar a un asesino en serie que los persiga hasta su casa.
- Estamos muy arrepentidos – dijo Rupert, tomando a Alex del brazo antes de que se escabullera al auto de la compañía que lo esperaba para llevarlo a casa – en verdad, queremos que seas feliz cualquiera que sea tu decisión.
- Rupert, lamento decirte que eres un excelente actor, así que no creeré tus mentiras aunque estés bañado en gasolina y con un cigarrillo en la mano.
- ¡Sólo esta noche! – Dijo George, tomándolo del otro brazo y llevándolo al auto de Rupert – te prometemos que no pasará nada que no quieras.
Con una fulminante mirada de desconfianza, se soltó de sus manos para avisar al chofer que iría con ellos y que no necesitaba de sus servicios.
- ¿A dónde iremos? – preguntó desde el asiento trasero del auto con los brazos y piernas cruzados, como un niño al que obligaron a ir a la escuela
- Al club – contestó George, cerrando la ventanilla debido a la ligera lluvia que caía sobre el tráfico nocturno.
- Relájate, el trabajo ha estado duro, necesitas distracción.
- ¿Qué planean realmente? – preguntó Alex, imaginándose las intenciones que ambos tenían esa noche cuando se estacionaron frente al club.
- Ambos llegamos a la conclusión de que no puedes dejar la soltería así como así – dijo George
- Así que una pequeña fiesta improvisada no te vendrá mal
Al entrar por la puerta de un callejón húmedo y oscuro, la música rock característica del lugar les inundó los oídos, todos los presentes (hombres de edades proporcionalmente iguales a las suyas) brindaron alzando sus botellas al aire. Alex pudo ver como algunas mesas eran usadas para depositar botellas vacías, y en la más cercana identificó a los miembros de la banda de George.
- Ehh... Bien – George saltó al escenario y tomó el micrófono – amigos, conocidos y amigos de amigos estamos reunidos aquí para decir adiós a la soltería de nuestro amigo Alex – señaló al chico que estaba en la pista junto con Rupert, el cuál le alzó el brazo como si hubiera ganado un cinturón de boxeo, se escuchó una ovación general y él sólo se limitó a saludar con el brazo libre y dibujar la peor de las sonrisas – ¡Así que por tal motivo, las bebidas de hoy son gratis! – los gritos y vítores retumbaron en el lugar, la música continuó en un volumen estridente que reventaba los tímpanos y por doquier se veían corchos de botellas volar por los aires.
- ¿No está mal eh? – Rupert le puso a Alex una botella en la mano mientras bebía de una que llevaba a la mitad - ¡Disfruta esta noche! Quizá cuando llegues a casa tengas que lavar tu propia ropa.
En medio del bullicio y el desastre de la fiesta ofrecida en su nombre, Alex vio como de la puerta por donde él había entrado, ingresaban una policía, una enfermera, una chica vestida de conejo y una mucama, que mostraban más piel que tela de sus diminutos disfraces.
- ¡Rupert! – Gritó Alex - ¿Qué demonios significa esto? – preguntó alarmado, al ver que las chicas caminaban con un paso sumamente seductor hacía él, ya que todos los presentes lo identificaron como el festejado de la fiesta.
- ¡No lo sé! – Contestó Rupert, por encima del bullicio – ¡Pero de repente me siento como si tuviera fiebre! – la chica rubia vestida de enfermera se acercó a Rupert y comenzaba a desabotonarle la camisa deteniéndose a media prenda.
En medio del alboroto una silla en medio de la pista de baile apareció de la nada, Alex se vio arrastrado hasta ella por los brazos de alguien que no conocía. Unas esposas de plástico inmovilizaron sus manos tras el respaldo de la silla de metal, la chica con el cabello rojo pasión se aceró hacia él con una mirada de lujuria, a pesar de que trajera puestos unos lentes de sol tipo aviador.
Alex trataba de zafarse pero antes de que eso pasara la chica se sentó en sus piernas dándole la cara, los labios pintados de un rojo excesivo recorrían su cuello provocándole escalofríos de pavor. Sus manos recorrían sus pectorales y su espalda y lo único que escuchaba Alex era su corazón latir en su sien por encima del bullicio del lugar. La policía desabotonaba cada uno de los botones de su camisa agregando un beso pervertido en su pecho y abdomen conforme avanzaba con la prenda.
Con un movimiento brusco logró romper las esposas de plástico, no sin antes dejarle una marca roja alrededor de las muñecas, la chica se separó de él rápidamente al ver que pretendía escapar del lugar. Haciéndose paso a golpes y empujones logró llegar hasta la salida, donde la lluvia cesó para darle paso a una nocturna brisa fresca. Caminaba por el callejón cuando escuchó detrás de él la puerta que se abría con brusquedad.
- ¡Hey! ¿A dónde vas? ¡Lo mejor está por comenzar! –gritó Rupert, aún con una cerveza en la mano.
Alex volvió sobre sus pasos, una mirada enfurecida se apoderó de sus ojos y antes de que Rupert pudiera decir algo, su boca fue golpeada por un puñetazo del chico. Miró a George y se le fue encima a los golpes, George se defendía dando puñetazos en el estómago de Alex, pero un fuerte golpe sobre sus cabezas los hizo caer al suelo: Rupert les arrojó un cubo de basura que rodó hasta perderse en una oscuridad que se vio interrumpida por las luces azules y rojas de una patrulla de policía.
- ¡Deténganse! ¡Manos arriba! – gritó un oficial, apuntándolos con su arma - ¡No se muevan!
Rupert mantenía los brazos en alto al igual que Alex, que logró levantarse para vengarse del pelirrojo, pero George, seguía tirado en el suelo, mostrando las palmas de sus manos.
- ¡Oiga! ¡Soy un actor consagrado! ¡No puede hacerme eso! – renegaba Rupert, que se negaba entrar a la patrulla junto con los otros dos.
- Si claro, cabeza de zanahoria – respondió el oficial en un tono burlón – y yo soy el duque de Harvard.
- ¡Harvard es una universidad, idiota! – respondió Rupert.
- Cuida tu lenguaje estrellita – dijo el oficial en un tono grave – que quizá algo de luz no te vendría mal – sacó su pistola paralizante y la puso sobre la mejilla metálica que separaba a los maleantes de los policías, provocando que pequeñas chispas cayeran sobre su pantalón.
Al llegar a la comisaría, los encerraron en una prisión provisional, donde los bancos de cemento congelados y la ausencia de luz les provocaba una sensación de terrible claustrofobia dentro de un pozo.
- Tienen derecho a una llamada – dijo el conductor de la patrulla que los había detenido - sólo uno de ustedes – añadió, al ver que los tres se levantaban de su lugar.
- ¿A quién llamamos? – preguntó George, ignorando su ojo hinchado y pensando en alguien que los sacara de ese embrollo
- ¿Qué tal tu representante? – dijo Alex, dirigiéndose a Rupert
- ¿Estás loco? ¡No me lo perdonaría! ¿Qué tal a alguien de tu disquera?
- ¿Y perder contratos por esto? ¡Jamás!
- ¿Qué tal a una de las rubias? – sugirió Alex, ambos lo miraron con desaprobación, pero era el último recurso que tenían - ¿Qué tal Karen?
- ¡Nunca! ¡Se preocuparía mucho y terminaría conmigo por esto!
- ¿Qué hay de la tuya? – preguntó George a Alex
- ¡Ni hablar! Me mataría en cuanto me tenga en frente
- Creo que será mejor llamar a Cara – razonó Rupert, mirando a George con un gesto de compasión auténtico.
- ¡¿CARA?! ¡Me mataría y me clonaría para matarme de nuevo!
- Si no lo hace ella lo haré yo – dijo Alex, tocándose con cuidado el labio roto que no dejaba de emanar sangre – de eso puedes estar seguro.
- Está bien – dijo George, resignándose y caminando con paso delicado, como si se fuera a entrevistar con Dios.
El policía le señaló el teléfono que yacía anclado a la pared. George marcó con dedos temblorosos el celular de la chica e implorando que no contestara escuchó su voz.
- Hola nena – saludó él – Sí, también te extraño, verás... Pasó algo muy... fuera de lo común y... – tragó saliva, en otras circunstancias hubiera sido divertido verlo sufrir, pero la situación no les permitía darse ese lujo – estamos en la comandancia de policía, nos detuvieron y necesito que vengas por... – George alejó el auricular de sus oídos, un grito tan agudo que pudo haber despertado a los murciélagos se escuchó a varios metros de distancia – lo siento, pero... ¿Podrás venir? ¿Tú y quién? Si, gracias linda.
George colgó el teléfono y volvió a la celda con los otros dos.
- Van a matarme – dijo él, hundiendo la cabeza sobre sus brazos – Cara me matará y asesinará mi cadáver reanimado con magia negra.
Aproximadamente, alrededor de una hora George estaba prediciendo su futuro con Cara (lo que incluía cuchillos, armas de alto calibre y cianuro) cuando la chica se hizo presente con un carácter que echaba chispas.
- ¿Dónde está? – preguntó al oficial regordete que miraba una televisión a blanco y negro sobre un escritorio
- Donde está... ¿Quién?
- George Craig, el cantante. ¿Dónde está? – preguntó de nuevo, inclinándose sobre la mesa sin parpadear un segundo ni dejarse doblegar ante la autoridad.
- ¿Otro famoso? ¡Es el segundo de esta noche!
- ¿Mi Ruppy también está aquí? – Preguntó una voz detrás de la de Cara, Karen corría hacia ella para pedir informes sobre su novio - ¿Ruppy está bien? Por favor dígame que a mi osito no le pasó nada - Rupert enrojeció desde las orejas hasta las puntas del cabello, el hecho de saber que su chica se preocupaba con él lo hacía morir de vergüenza y decepción por su comportamiento aquella noche.
- Si cubren la fianza, podrán llevarse a su rockstar y “al gran actor” con nombre de perro, ¿El otro que es? ¿Bailarín? ¿Conductor?
- El otro genera millones en ingresos para este país – contestó Cara, de mala gana, firmando los documentos correspondientes para la liberación de los chicos y recogiendo su tarjeta de crédito – así que le sugiero que mejor se calle.
El oficial dio la orden de que los liberaran, uno de los custodios abrió la celda y los chicos pudieron salir del oscuro y húmedo lugar.
- Gracias nena – dijo George, tratando de besar a Cara pero la chica se alejó de él y lo abofeteó con fuerza, y una mirada de furia que todos temían.
- Juro que si me haces una más de éstas, no volverás a ver el sol Craig – lo jaló de la mano hacía la salida, donde había un taxi esperándolos con las luces encendidas, una lluvia comenzaba a arreciar cuando todos estuvieron en el taxi
- ¿A dónde iremos ahora? – preguntó Rupert, abrazando por los hombros a Karen, quién no dejaba de mimarlo y preocuparse por su estado de salud.
- A la casa de Davis – respondió Cara, dirigiéndose al conductor y a los demás al mismo tiempo – tendrán mucho que explicar esta noche.
- Ruppy, pensé que te había pasado algo malo – dijo Karen, cubriendo de besos la parte de la cara del chico que no estaba manchada en sangre, lodo o basura. La chica tenía la idea de que en la cárcel habían sido acosados por un motociclista que amenazaba con violarlos.
Cuando llegaron a la casa de Alex, las luces del piso inferior estaban encendidas, al entrar al recibidor, Charlotte apareció en pijama con lágrimas en los ojos.
- ¿Qué paso? – preguntó, mirando a los tres: uno con un labio roto, otro con un ojo hinchado y uno más con dolor en el costado de su abdomen.
- Creo que estos dos – dijo Cara, empujando a George y Rupert un paso al frente – tienen que explicarte, ¡HABLEN! – gritó la chica, al ver que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar palabra.
- Alex nos dijo de que se van a casar – dijo Rupert, mirándose la punta de sus zapatos manchados de barro.
- Así que quisimos festejar el acontecimiento – siguió George
- Pero se nos pasó un poco la mano en la fiesta – Charlotte no comprendía ni media palabra, aunque le llevara toda la noche descifrar sus ideas
- Pero te juramos que no tenemos idea de donde salieron esas chicas – dijo Rupert.
- Cierto, eso no estaba contemplado en nuestro plan...
- ¿Qué chicas? – preguntó Karen, preocupada
- Unas... – Alex buscaba palabras para describir a las chicas que se encargaron de alegrar visualmente la fiesta – bailarinas.
- ¿Bailarinas? – preguntó Charlotte, imaginándose el peor de los actos en ese tipo de fiesta – Alex, por favor explícame que pasó – se acercó a él y le tomó de las manos, al instante reparó en los rastros de labial rojo que tenía en el cuello - ¡¿Qué hiciste?!
- ¡Ella se me hecho encima! – Explicó Alex – ¡estaba amarrado a una silla y no pude hacer nada!
- ¿Qué no pudiste hacer nada? – Preguntó, realmente disgustada - ¿Para eso querías que me casara contigo? ¿Para que pudieras presumir que tienes a alguien te espera en tu cama como una tonta mientras vas y te revuelcas con otra? – la chica corrió hacia las escaleras, pero Alex la detuvo.
- Cherry, déjame explicarte – Antes de que Alex pudiese decir otra palabra la chica lo abofeteó con todas sus fuerzas.
- ¡Suéltame! ¡No te quiero ver! ¡No esta noche! – y como un bólido subió las escalera hacia su habitación, mientras todos la seguían con la mirada. Alex derramaba lágrimas que se mezclaban en la herida de sus labios, pero ni la sal con la sangre le provocaban tanto dolor.
- Bien hecho imbéciles – dijo Cara, subiendo las escaleras para ir a consolar a su amiga y tomando de la mano a Karen, quién lloraba como alma en pena – Como si esta relación no tuviera suficientes problemas y dificultades para que lleguen ustedes y lo arruinen aún más.
Cara jaló a Karen por el brazo, Rupert trató de despedirse de su chica, pero ella negó con la cabeza y hundió su cara en el hombro de su amiga. Dejando a los tres chicos en medio del dolor físico y emocional que aquella noche tormentosa les había preparado.
