LVII – Los Davis & Los McDonald



El silencio gélido del comedor rodeaba a los comensales. El tintineo de los tenedores y cucharas sobre los platos marcaba el ritmo de un ambiente tenso. Los chicos frente a las chicas traban de evitar sus miradas acusadoras. Cara miraba a Rupert y George como un general de guerra mira a un soldado que mandará al frente de batalla. Karen sentía compasión y pena por Alex, pero a la vez por Rupert y su herida en el ojo. Charlotte se había dispuesto a perdonar a Alex, aunque no hubiese pronunciado una palabra desde la noche anterior. 

- ¿Nos vas a perdonar? – preguntó Rupert, mirando a Charlotte como un niño que mira a su madre tras haberse comido el postre antes de comer – él no tiene la culpa de nada, nosotros... 

- Eso es cierto – interrumpió George, cobrando valor al ver que su amigo había roto el silencio – no obligamos a Davis a ir al club y... 

- Cállate – susurró Cara, en tono de voz bajo pero perfectamente audible, tomaba su tenedor con tanta fuerza que pensaron se echaría encima de la mesa a clavárselo en la yugular a alguien – Sólo cállate. 

Alex dirigía miradas rápidas a Charlotte, se sentía aislado como el alumno castigado con orejas de asno del salón, en una de esas miradas fugaces sus ojos se conectaron y Charlotte decidió tomar la palabra. 

- Creo que será mejor dejar todo esto atrás – comentó, hundiendo la mirada en su plato vacío – y durante y después de la boda esperemos que no vuelva a pasar. 

- Cherry, linda, en verdad lo siento... – Dijo Alex, buscando la mano de la chica sobre la mesa, pero ella la retiró rápidamente. 

- No tengo nada que hablar contigo. Por ahora – dijo tajante, antes de que el sonido insistente de un teléfono celular los sacara del silencio sepulcral. 

- ¿Sí? – preguntó Alex desganado, abriendo su teléfono. 

- Señor Davis, el vuelo número 11 arribará en el aeropuerto Heathrow dentro de 30 minutos. 

- Rose, disculpa, pero no tengo tiempo para recoger trajes o bufandas que hayamos pedido desde... 

- Creo que no entiende señor – lo interrumpió ella – sus padres llegarán en ese vuelo. 

- Oh por Dios – murmuró, haciendo que los demás lo miraran contrariados - ¡Oh por Dios! 

- Creo que será mejor que mande un auto por ellos para... 

- Manda un auto a mi casa, que nos lleve al aeropuerto – dijo él, poniéndose de pie derribando la silla por la prisa – por favor date prisa – y sin esperar respuesta, cerró su teléfono y caminó de un lado a otro de la cocina. 

- ¿Qué pasa? – preguntó Charlotte, olvidando su furia con el chico de inmediato. 

- Mis padres llegan hoy – contestó, llevándose las manos a la cara y presionándose los globos oculares - ¡Lo olvidé! ¡Lo olvidé por completo! 

- ¡Cálmate! – Exclamó Rupert, poniéndose de pie aún con la servilleta de tela blanca en su camisa - ¿Cuál es el plan? 

- Iremos al aeropuerto por ellos y los traeremos aquí – contestó Alex, como si planeara un ataque al pentágono – menos de media hora para esperar un auto, viajar al aeropuerto y regresar. Es imposible. 

Desde la calle escucharon el sonido de un claxon, un vehículo de la empresa esperaba afuera dispuesto a llevarlos a cualquier lugar a la mínima orden recibida. 

- Al aeropuerto Heathrow, de inmediato – ordenó Alex, acomodándose en el asiento trasero junto con Rupert – no me importa si tiene que pasarse las luces rojas o atropellar gente. ¡Muévase! 

El chofer aún asimilaba la orden de saltarse las reglas del tráfico cuando puso en marcha el vehículo, sorteaba los autos de las personas que se dirigían a su trabajo y vehículos de emergencia que aprovechaban su paso preferencial. 

Al llegar al aeropuerto, corrieron hacia la sala de abordar, donde justamente los pasajeros recogían su equipaje recién llegado del andén. A lo lejos, entre la multitud, identificó a su madre, su cabello lacio y castaño le caía elegantemente sobre los hombros, detrás de ella, su esposo Michael cargaba como podía cuatro pesadas maletas. 

- ¡Alex, cariño! – exclamó su madre al tener frente a él a su hijo, mortificada por el accidente del que no obtuvo muchos detalles, pudo confiar en que se pondría bien - ¡Es un milagro que estés bien! – lo abrazó de nuevo y pudo reparar en la presencia de Rupert detrás de él - ¿Quién es él? ¿Uno de tus amigos? 

- Algo así – contestó Alex, dándole la bienvenida a su padre. 

- Soy Eloise, la madre de Alex – dijo, estrechando la mano de Rupert. 

- Soy Rupert Grint, actor y colaborador de Alex en un suplemento especial de la revista 

- ¡Vaya! ¿Eres actor? ¡Genial! ¿Escuchaste eso, Michael? 

- Sí, al parecer Alex ya no busca amigos bajo los puentes – comentó, estrechando la mano del pelirrojo. 

- ¿A dónde iremos ahora? – preguntó su madre, tomando una maleta con rueditas y caminando hacia la salida 

- A casa, debió ser un viaje largo para ustedes. 

- Lo fue – contestó su padre – aunque ver París por diez minutos en esa escala hacía acá, bien lo vale. 

Durante el trayecto a casa, cuestionaban a Rupert sobre cómo era Alex en el trabajo, y por lo que notó, su amigo le hacía un gran favor. 

- Es muy amable – contestó Rupert – es muy atento con todos los trabajadores y muy específico en sus peticiones – declaró, haciendo un énfasis con toque de sarcasmo. 

- ¡Llegamos! – anunció Alex con una falsa alegría, logrando desviar la atención de la plática. 

- ¡Por Dios! ¿Es esta tu casa? – preguntó Michael, ante la edificación de dos plantas que tenía en frente – 

- Sí, la compramos hace unos meses – contestó, ayudando a bajar las maletas de la cajuela del auto. 

- ¿Compramos? – preguntó su madre y mirando a Rupert como esperando una respuesta de su parte - ¿Tú y quién? 

- Eh... ¿Qué te parece si hablamos dentro sobre eso? – El chico se apresuró a entrar a la casa con una de las maletas, en el recibidor notó que Cara, Karen y George entraban del jardín despreocupadamente. 

- ¿Dónde está Cherry? – preguntó Alex, nervioso, mirando por la puerta abierta que su madre señalaba la casa de al lado y las baldosas en el jardín. 

- Está en la sala con... 

- Vayan para allá – dijo tajante – necesito todo el apoyo moral de ustedes que puedan ofrecer – Alex los dejó plantados al pie de la escalera para ayudar a su madre con el equipaje. 

- Es hermosa – comentó su madre, los detalles de madera de las puertas, el acabado de los pasamanos de la escalera, los ventanales del jardín y el altísimo techo con un candil le daba la apariencia de entrar a una sala del palacio de Buckingham. 

- Sí, lo es, pero Alex no querrá que vivamos aquí con él 

- De hecho amueblamos la otra casa para que pudieran quedarse allí, es más pequeña, pero muy acogedora. 

- ¿Amueblamos? – Preguntó su madre de nuevo, usando un tono recriminatorio que usa alguien cuando detecta una mentira - ¿de quién hablas? 

- Ehh... Pasen a la sala, esto irá para largo... 

Cuando Alex abrió la puerta de la sala, seis pares de ojos se posaron sobre él y sus padres, Karen, Cara y Charlotte estaban sentadas en un sillón y George junto a ellas en el reposabrazos. Alana y Patrick, estaban frente a ellos, separados por una mesa de cristal sobre la alfombra persa que decoraba la habitación. 

- ¿Quiénes son ellos querido? – preguntó su madre. 

- Ellos, pues... son... – Alex buscaba algo de ayuda, pero las chicas no estaban dispuestas a declarar ni una sola palabra, ni siquiera Cara, que mostraba un rostro y actitud lista para saltarle encima a alguien para estrangularlo – son los padres de Charlotte – concluyó al fin, con un nudo en la garganta y sentándose en uno de los pequeños sillones que rodeaban la mesa circular con el florero de Baccarat. 

- Mucho gusto – exclamó Eloise, aún con una sensación de desconfianza, saludando a Patrick y Alana con un beso educado en la mejilla – nosotros somos los orgullosos padres de este guapo y talentoso joven – dijo –me llamo Eloise Davis, y él es mi esposo, Michael – el hombre saludó con un apretón de manos a Patrick y a su esposa con un beso en la mejilla sumamente educado - ¿Y qué hacen aquí? – preguntó, sin más rodeos. 

- Ellos querían conocerlos, les he platicado mucho sobres ustedes – mentira. La única vez que habían intercambiado palabras dijo que su madre era ama de casa y su padre trabajaba en una empres metalúrgica. Nada más – Así que quisieron darles la bienvenida a Londres, junto con mis amigos – Alex señaló a uno por uno mientras pronunciaba sus nombres – Ella es Karen, cantante – la chica saludó con una radiante sonrisa – Ella es Cara, modelo – la chica hizo un gesto arrogante con la cabeza y miraba de la cabeza a los pies a los padres de Davis – él es George, amigo mío, y cantante – George saludó desde su sitio haciendo una señal de amor y paz con ambas manos. 

- ¿Una estrella de rock es tu amigo? – preguntó su madre. Mirando a George con cierto aire de disgusto – Mira que pinta tiene, apuesto a que usa drogas, no deberías meterlo a la casa – susurró, en un perfecto tono audible en toda la estancia, George no se inmutó en lo más mínimo, pero Cara sentía tanta ira que podía tirarle la mesa de cristal encima. 

- ¡Mamá, basta! – exclamó Alex, avergonzado y con las mejillas rojas de vergüenza – Ambos ya conocieron a Rupert, actor – señaló a su amigo, que permanecía de pie junto a él – y por último a Charlotte – señaló a la chica, que los miraba con una sonrisa nerviosa – que conocieron como mi asistente personal en el viaje a New York, después fue modelo y... ahora es mi novia. 

- Oh... Vaya – su madre no sabía cómo reaccionar, sentía que la cara se le paralizaba y una ceja le temblaba – eso es... inesperado. 

- Es un hermoso detalle que su hijo ha tenido con nuestra florecita – dijo Patrick, mirando a su hija con felicidad – es una noticia maravillosa que a todos nos ha tomado por sorpresa. 

- Créame que así ha sido – declaró Eloise, llevándose una mano al pecho – Como no tiene una idea. 

- Charlotte, querida, ¿Porqué no les muestras el anillo? 

- ¿Qué anillo? – preguntó Eloise, sintiendo que le faltara el aire. 

- El anillo de compromiso, ¿Su hijo no les dijo que se van a casar? 

- ¿!QUE SE VAN A QUÉ!? – Eloise respiraba entrecortadamente y se aferraba al brazo de su esposo, cortándole la circulación del miembro - ¿CRUZAMOS UN OCEANO, VOLAMOS MAS DE 12 HORAS, Y DEJAMOS NUESTRA VIDA EN NUEVA YORK PORQUE TE VAS A CASAR? – preguntó a Alex, que se había reunido con Charlotte, tenía la intensión de protegerla en caso de que su madre intentara clavarle sus uñas en los ojos a la chica. 

- ¡Es una decisión que tomé y me encantaría que me apoyaras! – replicó Alex, olvidando que había invitados en la casa. 

- ¿Apoyarte? ¿Apoyarte a que a los 22 años te cases con una chica que no sabe calentar un café? No te ofendas querida, sólo defiendo lo que es mío – agregó Eloise, al ver que Charlotte estaba a punto de replicar. 

- Ya no soy un niño mamá – dijo Alex – Vine a Londres a trabajar y dejar mi hogar por una oportunidad que no se repetiría nunca. Y creo que en eso estuvieron de acuerdo ambos – era la primera vez que Alex refería a su padre en la plática, lo cual significaba un apuro, ya que lo obligarían a decidir de qué lugar quedare. 

- ¡Michael! ¡Quieres ayudarme a abrirle los ojos a tu hijo! – exclamó Eloise, buscando la ayuda de su esposo. Sin embargo, antes de tomarse las cosas con prisa o angustia, exhaló un suspiro de relajación y habló: 

- Eloise, querida, creo que Alex ha sabido manejar muy bien los compromisos que en su trabajo han surgido y las responsabilidades que eso conlleva. Recuerda que sufrió un accidente de auto del que casi no salen vivos – dirigió una mirada a Alex y a Charlotte, quién tomaba la mano del chico mostrando su anillo en el dedo anular – la vida no ha sido fácil para él después del accidente, y no sé si para ella haya sido igual o peor esa experiencia. – Charlotte se sobresaltó, por el ligero apretón de manos notó que Alex hizo lo mismo, puesto que Michael no sabía del embarazo y pérdida del bebé aquella noche de la tragedia – Creo que si quieren ser felices, no hay mejor manera que hacerlo juntos. 

La madre de Alex resopló enojada, miraba la pintura de la estancia, como esperando a que le diera una de miles de razones por las cuáles no pudieran casarse. Al ver que nadie la apoyaba y nadie estaba dispuesto a mediar palabra ante su causa decidió optar otra táctica de persuasión. 

- ¿Tienen planeado dónde vivir? 

- Aquí – contestó Alex, sin preocupaciones. 

- ¿Están planeando la boda ya? 

- No, pero no será problema, pensé que podría ser algo sencillo – Alex miró a Charlotte, como esperando su aprobación ante el comentario, y ella sólo asentía. 

- ¿Crees que planear una boda es cosa fácil? 

- Señora – interrumpió Rupert – usted no tiene idea de lo que Alex puede hacer con el poder de una llamada telefónica. Créame: una boda no será nada comparado con un día normal en la oficina. 

- ¿Has pensado en el futuro? Soy muy joven para ser abuela, mira a su padre – señaló Eloise a Patrick – es un enano, no quiero que mis nietos se cubran de la lluvia bajo un hongo del jardín. Y no se ofenda – añadió – pero nadie en mi familia mide menos de un metro ochenta. 

- No se preocupe señora – contestó Patrick poniéndose de pie – los irlandeses somos famosos por nuestra docilidad y buen trato – añadió, con un toque de sarcasmo insuperable. 

- Bien, ya que nadie me apoya en esto, espero que sean muy felices juntos... – dijo, dirigiéndose hacia la puerta – y espero que por lo menos pueda elegir las flores. Por cierto – rebuscaba en los bolsillos de una de las maletas, cuando se incorporó le puso en las manos una pequeña caja de Burberry Beat, con un moño en color azul – tenía un regalo por tu cumpleaños, pero creo que la más sorprendida fui yo.