- ¿Porqué pesa tanto? – preguntó Charlotte en un susurro para no despertar a nadie dentro de la casa. Cargaba junto con Alex una caja que parecía contener un mini refrigerador - ¿Acaso es un tanque de guerra?
- No lo sé, de tantos regalos que envolvimos no recuerdo cuál es cuál – contestó Alex, suplicando que no lo aplastara la caja al bajar las escaleras.
- ¿Son todos? Preguntó Charlotte, mirando como bajo el árbol había cajas de todos los tamaños: Pequeñas para guardar un reloj, o la que bajaron, que pesaba más que ellos dos juntos.
- No. Arriba quedó uno igual de grande que éste – dijo Alex, señalando la inmensa caja - ¿Vamos por él?
- ¿Y si le decimos que Santa tiene llave del cobertizo? – Sugirió Charlotte, subiendo por las escaleras con sus pies descalzos. A pesar de que la caja era un poco más grande, resultó mucho más ligera, pero a cada movimiento brusco, el ruido de un metal se hacía sonar desde dentro de la caja.
- ¿Escuchaste? – Alex oyó como dentro de la caja un tintineo suave, como un colgante con campanillas colgado a merced de la brisa en una ventana.
- Terminemos con esto ¿sí? – En el reloj de la sala marcaban las 4:15 de la mañana, una hora después de lo que comenzaron la tarea de hacer que Santa expandiera su magia en aquella casa.
- Al parecer es todo – dijo ella – Subamos ¿Quieres? – tomó de la mano a su esposo y se metieron entre las sábanas a intentar dormir de nuevo, sin embargo, cinco horas después un ruido de cristales rotos los sacó de su sueño.
El ruido provino del piso inferior. Alex abrió los ojos tan rápido que pensó no volverían a cerrársele.
- Alex, baja a ver – dijo Charlotte, nerviosa, moviendo a Alex por el hombro para que despertara por completo.
El chico salió al pasillo, en uno de los paragüeros encontró un bate de baseball de Chris y lo tomó como arma de defensa. Uno a uno bajó los escalones con sumo cuidado, al pendiente de cada ruido y sombra o imagen que se moviera entre la tenue luz que se filtraba de las cortinas.
- ¿Hay alguien aquí abajo? – preguntó, pero no hubo respuesta. Desde la sala llegaban unos ruidos muy amortiguados, como si escuchara por fuera de una pared de concreto – Chris, ¿Eres tú? – Nada. El abrumador silencio pesaba más que sus párpados que intentaban cerrarse, pero estaba alerta a algún rastro de movimiento o ruido. Por mínimo que fuera. De la nada, el sonido de un pequeño motor se hizo escuchar en la sala, cuando Alex abrió las puertas corredizas, se encontró con el pequeño Chris, dentro de lo que parecía un auto de fórmula 1 tres veces más pequeño - ¿Chris? ¿Qué dia...?
Antes de poder dar una explicación, el vehículo miniatura se puso en marcha. Chris llevaba puesto un casco de motociclista y salió disparado hacia adelante, haciendo que su padre se apartara de su camino antes de que resultara herido.
- ¡Mira papi! ¡Santa me trajo mi propio auto! – Gritó el pequeño por encima del ruido del motor, que sin duda había despertado a media cuadra.
- Chris, baja de eso, no creo que... – Alex corría tras el pequeño auto que a su paso derribaba mesas con jarrones, rayaba las paredes debido al choque del metal con la madera y terminó deteniéndose a escasos centímetros de la puerta de cristal que daba al jardín - ¿De dónde demonios sacaste eso? – preguntó Alex, corriendo tras su hijo, evitando pisar restos de cristal
- ¡Estaba bajo el árbol! – Gritó Chris, enormemente entusiasmado - ¡Santa me trajo mi propio auto! – y sin esperar a que Alex pronunciara más palabra, bajo del pequeño auto y corrió hacia la sala para abrir los demás regalos.
Balones de fútbol y basquetbol, suéteres, muñecos de acción, juegos de mesa, calcetines, un reloj, una camiseta del Manchester United, zapatos y bolsas de dulces no estaban a la altura de la batería musical que había recibido.
- ¿Tú le regalaste eso? – preguntó Charlotte en un susurro, amarrándose la bata a la cintura, mirando como Alex negaba con la cabeza y la boca abierta.
- ¡Mira papi! Cuando crezca tocaré en una banda y tío George cantará en...
Alex no supo donde George cantaría debido a que el timbre de la puerta sonaba insistentemente. Alex trató de abrir los ojos lo suficiente como para divisar a través del cristal de la puerta unos ojos azules bajo una mata de cabello castaño oscuro, y otro individuo que usaba gorro de lana con borlas.
- ¿Estás ahí? – Preguntó la voz de George, desde el otro lado de la puerta - ¿Quieres abrir? Está haciendo frío aquí afuera – Alex no tuvo opción más que abrir, George entró enfundado en un abrigo de Burberry color moka, mientras que Rupert hacía gala de sudaderas con capuchas y chamarras plumón.
- ¿Quieres? – Rupert le ofrecía de su bolsa de frituras, pero Alex negó con un gesto de asco
- ¿Qué hacen aquí? Es un milagro que no estén en un callejón compartido con vagabundos
- Queríamos ver a nuestro sobrino disfrutar de sus reglaos – dijo George, sentándose en el suelo para ayudarle al pequeño a armar la batería.
- Por lo que veo maneja tan bien como tú – dijo Rupert, apartando con el pie los restos de un florero de Baccarat hecho añicos – Oh, hola Charlotte - saludó Rupert, extendiéndole una mano con dedos sucios debido a las frituras con queso.
- Hola Rupert – contestó ella, más dormida que despierta – Amor... Volveré a la cama, con sólo ver este desastre me dan ganas de no dormir hasta año nuevo – se despidió de Alex con un beso y subió las escaleras, donde explicó a sus padres y suegros la causa de todo el alboroto.
- ¿Quieren dar un paseo? – preguntó Rupert, dirigiéndose a nadie en particular – La navidad es deprimente cuando sólo estás en casa.
- Chris, vas a ayudarme a limpiar todo esto ¿Entendido? – dijo Alex, en un tono autoritario que un padre usaría siempre.
- ¡Pero quiero tocar la batería!
- Lo harás después, ahora ve a cambiarte y baja para salir – ordenó. Chris nunca le ponía peros a su padre, sin embargo, n recibió la orden de buena gana, subió las escaleras con pesar hasta perderse de vista en la planta superior.
- ¿No crees que eres muy duro con él? – preguntó George, terminando de armar la batería que mostraba el logotipo de su banda en el bombo, y desempacando lo que parecían dos baquetas de madera.
- Tiene razón, él no ha hecho más que disfrutar de los regalos que le hicimos llegar.
- ¿Así que fueron ustedes? – preguntó Alex, cayendo en la cuenta de que sólo Rupert podría regalarle algo tan peligroso como divertido para él.
- ¿No creerás en Santa Claus aún o sí? – preguntó George burlonamente
- ¿Cómo hicieron que los regalos entraran a mi casa? – preguntó sorprendido, esperando a que la respuesta fuera algo más lógico de lo que pensaba
- Tu asistente nos ayudó – contestó Rupert – nos enteramos de que ella mandaría los regalos para Chris cuando él no estuviera en casa y que Charlotte los recibiría, así que los mandamos a tu oficina para que se mezclaran con los tuyos y hacer feliz a un niño.
- ¿Y su concepto de felicidad es hacer que casi se mate? – Alex regresó del patio con una escoba, disponiéndose a arreglar un poco aquel desastre.
- No es para tanto... ¿Viste su cara de felicidad cuando vio su primer auto? Creo que eso vale más que un florero feo.
Alex le dio la razón en sus adentros, verlo con una sonrisa incluso donde su padre veía peligro valía más que los fragmentos de cristal de Baccaratr esparcidos por el corredor.
- ¿A dónde piensan ir?
- La ciudad aún sigue dormida – contestó George – así que un paseo al centro comercial es lo más apropiado.
- ¿Quieres ir a dar un paseo con tío George y tío Rupert? – preguntó Alex, al ver que el niño corría a toda velocidad hacia la sala.
- ¿Tú no vendrás? – preguntó, sentándose en el sillín detrás de la batería, dispuesto a romper tímpanos.
- Tengo mucho que limpiar – dijo Alex, suspirando al ver el largo pasillo que era huella de destrozos – Vayan sin mí.
- Vamos papi... – Chris tomó a Alex de la manga de su bata, tirando con fuerza en su berrinche que casi deja a su padre en calzoncillos en la sala. - ¡Vamos, Vamos, Vamos, Vamos, Vamos!
- Iré si me ayudan a limpiar todo esto – dijo Alex, ajustándose la bata de nuevo – si no, tendré que quedarme.
Chris le quitó a su padre la escoba, fue corriendo hacia el sillón donde estaba Rupert y se la ofreció.
- ¿Qué...? – Rupert aún no captaba el mensaje de que su “sobrino” quería que limpiara los desmanes que ocasionó con su regalo de cumpleaños – No... No.... No... – Dijo Rupert, dirigiendo la mirada hacia otro lado, fingiendo ignorar al niño – No, no pongas esos ojos... – Chris hacía uso de su mejor arma: La mirada tierna que ponía cuando no tenía más recursos para cumplir uno de sus caprichos - ¡Diablos, dame esa escoba! – Rupert se puso de pie y caminó hacia el pasillo destrozado – Y deberías decirle a tu madre que te enseñe cosas mejores – Rupert sabía exactamente que su madre usaba la misma táctica para conseguir un vestido nuevo, o viajar al destino que ella prefería.
Después de casi una hora de maniobras en donde una mesa cubrió el tallón del auto en la pared y una ligera cortada de Rupert en dos dedos, estaban listos para salir.
- Sube y despídete de tu madre – dijo Alex, ajustándose una bufanda de Bottega Veneta al cuello.
- Mami – dijo Chris en un susurro por temor a sobresaltar a su madre – vamos a salir con tío Rupert y tío George – el niño se paró en las puntas de sus pies y alcanzó a rosar con sus labios la frente de su madre.
- Si te ofrecen algo de fumar no aceptes ¿Entendido? – su mano salió desde debajo de las sábanas y acarició el rostro de Chris, que sólo asentía para dejar dormir a Charlotte plácidamente.
- ¿Listos? – Rupert se ofreció a manejar en el auto de Alex, dejando el suyo propio en la cochera de éste – Dinos gasparín ¿Te gustaron tus regalos?
- ¡Fueron geniales! – contestó Chris, sabía que cuando decía gasparín se refería a él debido a su piel clara y ojos azules. Ese apodo era más afectivo que el “cara de moco” que George le impuso – Mi papá no me deja conducir, pero cuando me pida que lo lleve al trabajo no lo haré.
- Bien dicho – dijo George desde el asiento delantero con sus ojos enmarcados por unas gafas oscuras - ¿Y la batería?
- ¡Súper! Tocaré en una banda y las niñas me besarán como lo hacen contigo tío George.
- Eso galán, mátalas a todas – dijo George, estirando su brazo para alborotarle el cabello al pequeño.
Después de estacionarse y subir a la primera planta, se dieron cuenta de que George tenía razón: la ciudad aún permanecía dormida. Las únicas personas que se encontraban a su paso eran del personal de limpieza que barría el poco polvo que se acumulaba, los encargados de las tiendas que bebían el segundo café del día y alguna que otra persona que buscaba algo de entre los restos de las compras de pánico.
- ¿Qué harán tú y Charlotte este año? – preguntó Rupert a Alex. Era sabido de sobra que las vacaciones de navidad se extendían hasta después de año nuevo para Alex y su esposa, ya que aprovechaban para celebrar el cumpleaños de la chica y su aniversario de manera simultánea.
- Iremos a París – contestó, deteniéndose en un Starbucks y pidiendo dos expresos y un frapé.
- Es muy monótono – dijo George, tomando su vaso con la bebida caliente – significa mucho para ustedes, lo sé, pero es un cliché de Hollywood.
- Queremos recordar viejos tiempos – dijo Alex, tomando de la mano a Chris, quién miraba los aparadores con luces brillantes, uno tras otro – Sólo han sido cinco años pero... Queremos revivir esos días en que comenzó todo – Alex se sentía a gusto con la plática, era mucho mejor que charlar sobre posiciones sexuales frente a su hijo.
- ¿Qué se siente estar casado Alex? – preguntó George, sentándose en una banca del centro comercial frente a una tienda de Tous.
- Es tener una razón para volver a casa que no sea un partido de fútbol, es como... dejar de ser tú para convertirse en un “nosotros”...
- No entiendo – interrumpió George – si Cara no se hubiera comportado así estuviéramos juntos todavía.
- George, amigo... Besaste a su hermana – recordó Rupert. Karen se había encargado de que Charlotte, así como Rupert, Alex e incluso Alana y Eloise supieran todos los detalles.
- ¡Ella fue quién me besó! – exclamó, más que para defenderse lo hizo para convencerse a sí mismo de que así había sido.
- Y tú le correspondiste – dijo Alex, dibujando en su mente el rostro enfurecido de Cara tratando de degollar a George con un rizador de pestañas en un backstage – No negarás que tuviste algo de culpa.
- ¿Culpa yo? Su hermana está loca...
- por ti... – dijo Rupert, conteniéndose una risa que ahogó en un trago de café.
- Lo que quiero decir es que ella de la nada se acercó y me besó, díganme: ¿Eso tiene sentido?
- ¿Cara te permitió que le explicaras lo sucedido? – preguntó Alex, imaginándose la respuesta.
- ¿Que le explicara? – George miró a Alex como si tuviera rabia – Tengo suerte de conservar mi cabeza aún sobre mi cuello.
- Por Dios, miren lo que se acerca – Rupert hizo un ademán hacia su lado derecho, por donde se acercaban dos chicas. Una de ellas era castaña con piel muy tersa y la otra con el cabello negro recortado hasta los hombros, repararon en los chicos sentados frente a la tienda y decidieron hacer una parada en una heladería que acababa de abrir.
- Alex... Préstame a tu hijo – dijo Rupert, poniéndose en pie y dejando el vaso de café sobre la banca.
- ¡Oh no! No vas a usar a mi hijo como carnada para que no duermas solo una noche.
- Chris, pequeño galán ¿Quieres un helado tan grande que te haga vomitar después? – el niño asintió enérgicamente, había aprendido de su padre que interrumpir a sus mayores cuando hablaban era algo malo, así que había permanecido en silencio hasta entonces - ¿Ves? Mi sobrino quiere un helado – y sin esperar réplica tomó a Chris de la mano y lo llevó hasta la heladería - ¿Sabes qué hacer verdad? – Chris asintió, lo único que tenía que hacer era “lucir adorable como cachorro”.
Las chicas aún estaban en el mostrador de la heladería, esperando a que sus copas de helado estuvieran listas cuando llegó Rupert con Chris en brazos.
- ¿Quieres un helado campeón? – Preguntó, dejando al niño sobre uno de los bancos
- Sí, por favor – Chris miró a tío Rupert con los ojos de cordero que solía utilizar para conseguir cualquier cosa que deseara.
- Una copa grande de vainilla y chispas de chocolate por favor – dijo Rupert al encargado del local.
- ¿Viste a ese niño? Es adorable – comentó la chica de cabello corto a la castaña.
- ¿Es tuyo? – preguntó la castaña, mirando a Chris sentado en el banco, el cuál columpiaba sus pies debido a la altura del asiento.
- Sí... Bueno no... Es mi sobrino, hijo de mi hermano mayor.
- ¡Vaya! Eres muy guapo, ¿te lo han dicho antes? – preguntó la chica de cabello corto a Chris, quién negó enérgicamente con la cabeza.
- ¡Eres tan lindo! – Exclamó la chica castaña – Oh, disculpa, soy Melanie y ella es mi amiga Cristelle.
- Mucho gusto... Me llamo Rupert y este bodoque es Christopher, saluda Chris...
Chris se puso de pie y besó a cada una de las chicas en la mejilla.
- Oh, disculpen, no queremos quitarles su tiempo, deben estar muy ocupadas el día de hoy así es que...
- ¿Qué te parece si nos llamas para ayudarte la próxima vez que cuides al pequeño?
- No es mala idea – dijo Rupert, ofreciéndoles un bolígrafo con diamante en el tapón para que escribieran su número telefónico en una servilleta impresa con la silueta de un pingüino – así podría conocerlas mejor – comentó, añadiendo una de esas sonrisas que ensayaba frente al espejo en caso de encontrarse a una linda chica.
- ¿Y bien? – preguntó Alex al ver que su hijo cargaba con una copa de plástico un helado en precario equilibrio
- Tu hijo hace maravillas – frente a ellos mostró el número telefónico de ambas chicas – deberías prestármelo más seguido... ¿Puedo llevármelo cuando sean los Oscares?
Ignorando aquél comentario Alex anunció que ya era hora de volver a casa. Con Rupert de vuelta al volante, George como copiloto y Alex y Chris en el asiento trasero, el vehículo se puso en marcha.
- Sigo pensando que París es muy monótono – dijo George, tras revivir la charla del aniversario de su amigo - ¿Acaso te quedaste sin ideas?
- Deberían perderse unos días en la selva – dijo Rupert, deteniéndose ante un semáforo en rojo – sentir la pasión entre ustedes, hacer que el sexo se vuelva más salva...
- Rupert... – Alex le hizo una seña por el retrovisor señalando a su hijo con la mirada, dejándole claro que no podía hablar de sexo frente a él.
- Bien, entonces busca otra opción... Vete a China.
- Ya estuve allí, no es nada del otro mundo...
- ¿Canadá? – preguntó George
- Mucho bosque
- ¿Brasil?
- Mucho sol.
- ¿Dubai?
- Mucha arena... Creo que lo mejor será recordar el pasado en Milán – dijo Alex, buscando su celular entre los bolsillos de su abrigo.
- ¿Milán? Viajas allí casi tres veces al año por los desfiles – dijo George - ¿Es en serio?
- Es un lugar que significa mucho para los dos – aclaró, antes de que contestaran del otro lado de la línea en la llamada que se acaba de conectar – Hola Rose, siento mucho molestarte, pero... Quisiera que reservaras una habitación por dos días en Milán después de nuestro aniversario en París... Sí, igual para Chris... Ocúpate de todo. Gracias Rose - ¿Quieres ir a donde tu mami y yo nos conocimos y nos dimos el primer beso? – Chris asintió, más que conocer sobre el pasado de sus padres, le entusiasmaba viajar en compañía de ellos.
- Suerte en tu viaje... – dijo Rupert, estacionándose en el garaje de la casa de Alex – Lo único malo que puede pasar es que sufra de menopausia anticipada y falta de apetito sex...
Rupert no alcanzó a terminar su frase, Alex lo golpeó por detrás de la cabeza con el casco de motociclista que “tío Rupert” le regaló a Chris y que dejaron en el asiento trasero del auto.
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¿Quién se levanta a las ocho de la mañana el día 25 de diciembre? Es un capítulo de relleno en una historia sacada de la manga, así que no les sorprenda que una heladería esté abierta a esa hora en esa fecha. La situación de George y Cara me llamó la atención desde el principio, si escribía eso acerca de Rupert y Karen, pensé que no sería lo mismo: Karen se tiraría a llorar, pero Cara tomaría cartas en el asunto. Creo que es repetitivo que Karen y Rupert terminaron debido a la distancia, ella necesita a un chico que esté junto a ella y Rupert no lo era.