LXXXI - El verdadero Alexis Davis




- ¿Nos vamos? – preguntó Alex a Christopher, entrando en la cocina para indicarle a su hijo que estaba a punto de salir, y sin tener la oportunidad de morder la manzana que tenía en las manos siguió a su padre. 

En el edificio de Condé Nast se podía percibir cierto nerviosismo por parte de todos: desde los coordinadores hasta los chicos que pasarían el verano complaciendo órdenes ajenas. Como el día del reclutamiento (“carne fresca lista al matadero” decía Xavier) se reunieron en la cafetería para después dirigir a los chicos a sus respectivas áreas de trabajo. 

- Buen día – saludó Ben a Chris, ofreciéndole un Starbucks – créeme lo necesitarás – comentó, al ver que Christopher veía dudoso el recipiente blanco y verde – lo que tendrán que hacer es muy claro – comentó Ben, al ver que los cinco chicos, incluido Chris, se habían reunido para recibir sus órdenes – obedecer a Alex en todo lo que pida, y como están en el departamento de moda que es uno de los más ajetreados, no pueden perder tiempo para respirar o exhalar un último aliento. Si él quiere una prenda deben estar pensando ya en un material, si pide un color deben adelantarse a deducir un tono, cualquier cosa que exija deben vaticinar de qué marca, modelo o colección se trata. ¿Entendido? – hubo un asentimiento general por parte de los jóvenes - bien, éstas – señaló cinco cuadernos pequeños encuadernados en piel – son agendas con cada uno de los números telefónicos, tanto profesionales como personales de diseñadores, estilistas, fotógrafos y demás equipo que mes a mes conforma la revista que seguramente ustedes han leído las tardes después de la escuela. 

- Ben, necesito una camiseta turquesa para hoy en la tarde, al parecer en el armario se han extinguido por completo – dijo Alex, intempestivamente al asomarse por la puerta transparente, tomando a todos por sorpresa. 

- ¿Qué tipo de camisa? – preguntó un chico de rasgos orientales que conformaba los cinco asistentes de Ben, detrás de otros dos más altos que él. 

- Voy a fingir que no escuché esa pregunta y me ahorraré dos segundos en llamar a tu reemplazo – y sin más que añadir se fue, seguido de Jeff y los cinco chicos de su departamento. 

- Nunca, por ningún motivo le preguntes nada a Alex - susurró Ben – bien, las cosas se complican cuando Alex no especifica, pero para eso están ustedes, si él no se preocupa por nimiedades nosotros sí. ¿Qué esperan? ¡Comiencen a marcar! 

Al instante el ruido de las hojas encuadernadas se adueñó del lugar. Cada uno de los presentes (incluido Ben) contactaban a los diseñadores, a sus relacionistas públicos o gerentes para decirle que Alexis Davis (sí, el editor en jefe, y sí, para su uso personal) necesitaba una camiseta color turquesa. 

Minutos después de llamar a toda la agenda que posiblemente podría proveer una camisa con esa característica, los ayudantes y directores de relaciones públicas de Corneliani, Dsquared2, Etro, Gucci, Armani, Roberto Cavalli, Alexis Mabille, Raf Simons, Simon Spurr, Thomas Pink y Louis Vuitton enviaban (o llevaban en persona) todas las camisas que podían ser del gusto de Alex. 

- Es así como funciona esto – dijo Ben, colgando la última prenda en un gancho de madera sobre un perchero móvil, para que uno de los chicos a su cargo lo llevara a la oficina del jefe – nosotros nos agilizamos y él elige, somos su mejor filtro. Deberían agradecer que vaya a jugar tenis con Harry, así que tendremos una jornada tranquila para ser su primer día. 

Tareas sencillas y menos abrumadoras (como poner en orden el armario, planchar algunas prendas o revisar la correspondencia de los lectores) fueron realizadas por los cinco chicos de Ben, lo cual sirvió para que pudieran conocerse entre ellos. Los cuatro jóvenes que rodeaban a Chris en el área de redacción descartando cartas de un enorme saco le hacían preguntas acerca de su padre y de si tenía pensado seguir sus pasos en un futuro. 

- Escuchen, sé que mi padre es reconocido por su trabajo, pero no me llama la atención trabajar en una revista, me gusta la música, toco la guitarra y espero poder vivir de eso algún día. Ahora déjenme en paz – exclamó, perdiéndose leyendo una carta en polaco que nadie se tomó la molestia de traducir. 

- Basta de preguntas – dijo Jeff – vuelvan al trabajo – justo después de poner orden su celular timbró, y al ver la pantalla su expresión denotó terror. 

- ¿Sí Alex? ¿Qué puedo hacer por ti? Ajá... Vas al Sutton Tennis Club a tu encuentro con Harry... ¿No hay raqueta en tu equipaje?, conseguiremos una, no te... – su comunicación se vio cortada al escuchar que Alex había terminado la llamada de repente – Alex necesita una raqueta – dijo a Ben, allí presente – Y rápido. 

- ¿Qué Harry? – preguntó Chris con curiosidad. 

- El príncipe, no el mago obviamente – contestó Ben con frialdad– ahora corre a conseguir la raqueta y llévala al club 

- Toma un auto del estacionamiento y consíguela cuanto antes – añadió Jeff 

- Ok, iré a una tienda de deportes que está a unas cuadras de aquí y... 

- ¿Bromeas? Ve a la boutique Chanel, pide una raqueta monocromática y cruza la ciudad con ella... 

- ¿Puedo ir con él? – preguntó un chico con cabello corto y ojos vivaces 

- ¡Él no necesita una niñera, pero corran! 

Ambos chicos salieron del área de redacción y lograron colarse en el ascensor que amenazaba con cerrar sus puertas dejándolos fuera. Abajo, consiguieron que un chofer de aspecto que los llevaría a la boutique Chanel. 

- Me llamo Oliver Sachs – dijo el chico de ojos oscuros – es un placer conocerte a ti y a tu padre. 

- Ehh... Gracias – contestó Christopher no muy convencido de estar agradecido, sin embargo, estrechó la mano que el chico le ofrecía. 

- Si yo fuera tú no haría eso – dijo el chofer con una voz profunda, al ver por el retrovisor que Oliver tomaba uno de los caramelos que había sobre un plato entre los asientos delanteros – tengo 20 años llevando y trayendo a hombres y chicas Vogue y nunca he visto a nadie llevarse uno de esos a la boca. 

Después del comentario, Oliver dejó los caramelos sobre el plato, dispuesto a dejarlos allí por veinte años más. 

- Supe que te gusta la música – comentó Oliver – yo tengo una Gibson Les Paul que me regaló un tío de Yorkshire... no es gran cosa, pero... 

- Yo tengo una igual – dijo Chris, sorprendiéndose por el hecho de que no le preguntara por qué look de Hugo Boss le gusto más o que pensaba de la hija de Victoria Beckham. 

- ¿En serio? ¡Es genial! – Exclamó Oliver - ¿Qué bandas te gustan? Para mí, Travis, The Sunshine Underground y The Script son las mejores. 

- Me gusta más por el folk y el country alternativo – comentó – Seth Lakeman, Johnny Flynn y y Ryan Adams, de hecho tengo una foto con él – dijo, mostrando en su teléfono una imagen de Pete y él en el backstage de un concierto, ambos con la cabellera alborotada y tomados de los hombros. 

- Increíble – susurró Oliver – debe ser genial que Alexis Davis sea tu padre. 

- Algo bueno debe de tener – comentó, antes de salir corriendo por la puerta del auto al ver la boutique de Chanel en Old Bond Street. 

- Necesito una raqueta para Alexis Davis – dijo Oliver en cuanto tuvo a un dependiente enfrente. 

- ¿Qué tipo de raqueta? – preguntó el hombre, como si su única finalidad en el mundo fuera hacerles perder tiempo valioso para ellos. 

- ¿Acaso hay más que una? 

- Bádminton, ping-pong, tenis de mesa, tenis de cancha, squash, pádel... – numeraba, caminando hacia la sección de deportes, donde tablas de surf, palos de golf y demás accesorios para poder jugar cualquier deporte mostraban el logotipo de Chanel. 

- Una raqueta de tenis – exclamó Christopher, al ver que las tenía justo en frente. 

- Bien... Aquí es un honor complacer las necesidades del señor Davis – farfulló el dependiente, estirando su largo brazo para bajar el artículo. 

- ¡Gracias! – dijo Alex, tomando la raqueta entre sus manos y corriendo a la salida para llevarla al club. 

- Al Sutton Tennis Club por favor – dijo Oliver, cerrando la puerta tras de sí, tratando de respirar con normalidad después de permanecer apenas un minuto de descanso dentro de la tienda monocromática. 

- Tu padre debe ser genial – comentó el chico, mirando la raqueta con las dos letras “C” entrelazadas estampadas – 

- No es nada del otro mundo – contestó Christopher – es un padre normal... algo exigente, pero no en exceso. 

Dentro del estacionamiento del club, ambos corrieron hasta los vestidores, donde encontraron a Alex hablando por teléfono, a lo lejos en la cancha, se podía ver al príncipe Harry practicando con una máquina que le lanzaba pelotas desde el otro lado de la red. 

- Gracias Christian, los recogeré de inmediato – dijo al teléfono antes de colgar y al reparar en la presencia de su hijo y el chico cuyo nombre no sabía ordenó: - recojan unos zapatos en la tienda de Christian Louboutin cerca de Hyde Park, llévenlos a mi oficina y vuelvan al trabajo... Es todo. 

Y sin ninguna nimiedad se echó la raqueta al hombro y salió a la cancha. 

- Oh, oh... 

- Oh, oh ¿Qué? – preguntó Christopher, al ver que Oliver, sentado en el asiento trasero junto a él, veía con preocupación la libreta de direcciones pasando las hojas de adelante a atrás como un frenético. 

- Hay tres tiendas cerca de Hyde Park, y sólo una tiene teléfono. 

- Dame eso – Christopher le arrebató la agenda y marcó desde su celular a la boutique de Mount Street, donde lo atendió una chica con voz dulce. 

- ¿Christian Louboutin en que puedo servirle? 

- Llamo de parte de Alexis Davis – dijo Chris – para recoger unos zapatos que el señor Louboutin le envió. 

- Lo siento, no hay ningún encargo para el señor Davis – contestó la chica, como si en verdad lamentara con el alma no poder complacer su orden – pero no tenga duda de que los enviaremos en cuanto los tengamos. 

- Bien... Gracias – dijo Chris resignado – descartemos Mount Street, sólo nos quedan Motcomb Street y Knightsbridge. 

- Iré al sur, tu trata de probar suerte en el norte – dijo Oliver, bajándose del auto aprovechando un semáforo en rojo cuando cruzaban Sloane Street. 

Christopher notó como Oliver corría entre la gente golpeando bolsas de compras y algunos codos. Lo mismo hizo él, se perdió entre la multitud vespertina de turistas y paseantes que se detenían a contemplar una vitrina algo que no iban a comprar. 

- ¡Muévase! Tengo prisa – exclamó a un anciano que trataba de bajar la banqueta con el mayor cuidado posible, para cortar camino cruzó corriendo una pequeña arboleda donde esquivó a una chica que paseaba a tres cachorros de dálmata e hizo volar a las palomas que comían apaciblemente de las migas de pan que una anciana les arrojaba. 

- Vengo... Vengo de parte de Alexis Davis – dijo, tratando de recuperar el aliento y calmando el flato que le cruzaban las costillas – por unos zapatos. 

- Lo siento – contestó el trabajador, fingiendo pena ajena – pero no ha llegado ningún pedido para el señor Davis, sin embargo, podría mostrarle los nuevos mocasines náuticos de la colección resort que... 

- Olvídelo – dijo Chris – si llegan mándelos al edificio de Condé Nast cuanto antes. 

Caminaba de regreso al auto con menos prisa con la que había recorrido el trayecto hacia la tienda, deseando que Oliver tuviera mejor suerte que él en buscar unos malditos zapatos hechos a la medida con algún material extraño, sofisticado o extravagante pero sin tomarse el tiempo para enviarlos por correo al edificio de Condé Nast o que alguno de sus maniquíes vivientes pudiera llevarlo en persona. 

Iba a cruzar la Sloan Street cuando el auto de Vogue se detuvo frente a él, al parecer el chofer estuvo dando vueltas por las calles para evitar estacionarse. 

- Voilá – dijo Oliver, mostrando una caja de madera de cedro con la firma del diseñador estampada en un costado de la misma con el característico color rojo de las suelas de sus creaciones. 

- ¿De qué crees que sean? – preguntó Ben, al ver la caja sellada sobre la única mesa libre que había en el armario, después de que Christopher y su compañero cruzaran la ciudad de lado a lado y por fin llegaran al edificio de Condé Nast. 

- Escuché que la piel de mantarraya es muy asediada – comentó Jeff 

- La de búfalo a prueba de agua es la más solicitada – dijo Xavier 

- Sea lo que sea deben ser geniales – murmuró Ben 

- Acaba de llegar – anunció Brenda al abrir la puerta con brusquedad, sobresaltada por el simple hecho de pronunciar esas tres palabras. Al instante todos los coordinadores salieron hacia sus áreas de trabajo para evitar encontrarse con el jefe. 

- Confirma el showroom de Burberry para mañana, y a Thomas Pink para las camisas, llama a John Richmond y asegúrate de que el traje a la medida esté listo a más tardar a las 10 de la mañana – ordenó Alex a Brenda en cuanto piso un pie fuera del ascensor - ¿Nos vamos? – preguntó a Christopher, que llegaba del pasillo, seguido de los demás asistentes de Ben. 

- Ehh... Sí, claro – dijo éste, viendo su reloj y notando que eran dos horas más temprano de lo que su padre acostumbraba llegar a casa – Hasta luego Oliver – dijo, despidiéndose del chico que lo ayudó en la titánica tarea del día. 

- Adiós amigo – contestó, provocando un murmullo de expectación detrás de él. 

-¿Qué tal el primer día? – preguntó Alex, bajando en el ascensor 

- De locos – contestó, saliendo antes que su padre y dirigiéndose al auto 

- Hoy conduces tú – dijo Alex, poniéndole en las manos las llaves del coche. 

- Pero... 

- ¿Quieres tener tu propio auto no? Tienes que saber conducir para entonces. 

- Espero que tengas seguro – dijo Chris, abrochándose el cinturón de seguridad 

- Por lo menos mi lado tiene bolsa de aire – comentó – ahora arranca. 

En general el trayecto hacia su casa no fue tan complicado, Christopher tenía problemas para frenar a tiempo y en los cambios de luces pertinentes, se aferraba tanto al volante que sus nudillos se ponían blancos. 

- ¿Y bien? ¿Cómo lo hago? – preguntó, tras estacionarse en la cochera de una forma no muy correcta. 

- Para ser sincero, lo has hecho bien... Pero tendrás que pagar esos cubos de basura – dijo, señalando los trozos de metal esparcidos a la entrada del jardín tras ser aplastados por las llantas delanteras – sube y descansa, mañana será un día agotador. 

Chris se tiró en su cama y cerró los ojos con fuerza, al abrirlos su mirada se enfocó en una fotografía de Ashlee que había sobre la mesa de noche: una imagen que él mismo tomó en el festival de Woodstock el año pasado. Después de pensarlo varios minutos optó por visitarla, pero sabiendo que su padre no lo dejaría salir de noche, decidió fugarse. 

Su habitación estaba conectada a la terraza (justo sobre el techo de la piscina) al igual que la habitación de sus padres, salió por la puerta de cristal y miró al suelo: alrededor de tres o cuatro metros lo separaban del césped del jardín, pero no le importó, ya lo había hecho antes. Se colgó del techo de la piscina y se abrazó a uno de los pilares como un koala en cautiverio. Dio un salto a tierra firme y al incorporarse una voz que le heló la sangre se escuchó tras de él: 

- Si yo fuera tú usaría la puerta principal – dijo su padre, alzando la mirada sobre el libro que leía bajo la luz de una lámpara que Christopher no divisó desde arriba – después de pedir permiso, obviamente. 

Christopher no sabía qué hacer, sabía que su padre no era tan estricto como su madre pero aún así presentía que nada bueno se podía esperar. 

- Yo... Quería... Pues... 

- Entra – ordenó Alex, abriendo la puerta corrediza para que su hijo entrara a la biblioteca – debes de querer mucho a Ashlee como para arriesgarte a quebrarte una pierna – comentó, dejando el libro en el lugar de donde lo tomó; su hijo no respondía, su mirada apenada se perdía en la punta de sus tenis clavados al piso – me los dio Ed ayer – comentó, ofreciéndole a su hijo unos boletos para un concierto aquella misma noche – iba a invitar a Rupert... Pero no sé si soporte a más de un pelirrojo en el mismo lugar... 

- No entiendo – dijo Chris, tomando los boletos y viendo la fotografía del cantante tocando la guitarra bajo un reflector que hacía que su cabello se notara en llamas. 

- Llama a Ashlee, invítala al concierto y es todo – dijo su padre, como si le explicara a un asno que uno más uno son dos. 

- ¿Hablas en serio? 

- ¿Quieres que llame a tu madre? 

- Ehh... Yo... Llamaré a Ashlee, y un taxi... – comentó Chris, poniéndose de pie apresuradamente. 

- No llegues tarde ¿Entendido? – Gritó Alex desde la biblioteca, al ver que su hijo corría hacia el teléfono - ¡Al diablo! ¡Sólo diviértete!


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El capítulo se llama así, debido a que Christopher no era consciente de que su padre tenía tanto poder dentro de Condé Nast, de niño solamente veía a la gente correr de un lado a otro, pero cuando comenzó a estudiar la secundaria las visitas al trabajo de su padre eran prácticamente nulas. La actitud de Alex con su hijo en cuanto a la cita con Ashlee es porque su padre se cree “culpable” del accidente de auto años atrás, entonces decidió asumir (además de su papel como papá) el rol de un hermano mayor. 

El nombre de Oliver lo leí en internet, mientras que el apellido “Sachs” es el de la queridísima Andrea Sachs, la asistente de Miranda Priestly, un símbolo de entrega del chico a su trabajo.