LXXXII - El baile





Perdido entre las sábanas, Christopher buscaba con su mano el celular que insistentemente sonaba desde la mesa al lado de la cama, cuando sus dedos dieron con él, pudo contestar y escuchar la voz de Brenda: 

- Recuerda que el showroom de Burberry a la prensa es a las nueve – dijo ésta, sin esperar un “buenos días” cordial por parte del chico. 

- Faltan 45 minutos – dijo Chris, mirando el reloj de escritorio – tomaré una ducha y... 

- Bailey siempre hace un showroom exclusivo para tu padre antes que a la prensa – exclamó Brenda desde el otro lado de la línea, sonaba ocupada, como si estuviera caminando apresuradamente de un lado para otro. 

- ¿Entonces...? 

- Sí, vas a llegar tarde – dijo la chica, dando por terminada la llamada bruscamente. 

Al instante Chris se puso en pie y tomó del armario lo primero que vio: unos pantalones denim y una camiseta verde que se puso con gran agilidad. 

- ¡Diablos! – exclamó al asomarse por la ventana y ver como el auto de su padre se perdía por la calle. Tras anudarse (muy mal) las cintas los zapatos, bajó corriendo hasta el garaje y tomó un casco, se lo colocó aplastando su cabello revuelto y salió montado en la motocicleta que usaba para transportarse a la universidad. 

Cuando por fin hubo llegado a la tienda de Horseferry Street, subió corriendo las escaleras hasta las oficinas, que pocas veces al año eran transformadas en la pequeña sala de un museo dedicado a la última colección de la firma inglesa. 

- Llegas tarde – observó Alex, sin siquiera mirar quién abrió la puerta intempestivamente. 

- Lo siento, yo estaba... 

- Como sea, comencemos Bailey – dijo Alex, dirigiéndose al diseñador que estaba a varios pasos de él. 

- La colección surgió como un vistazo a los años sesenta – recitaba Christopher Bailey, como si más que mostrar sus creaciones, expusiera un tema cualquiera en un salón de alumnos de secundaria – donde el dramatismo de las canciones de Cliff Richard era el detonante de la mezcla de ritmos para la sociedad de los jóvenes de aquel entonces. 

Bailey sólo hablaba y hablaba, mientras su padre miraba las prendas y cada detalle con detenimiento: cada botón, cada ojal cocido a mano, el forro de los abrigos, el material de los trenchs, los cierres de las bolsas y el tejido de los clutches pasaba por sus manos. Christopher notó que todos los asistentes de Ben (incluido Oliver, que le dirigió una tímida sonrisa cuando llegó) apreciaban todo aquello con estupefacción: estar acompañados del mejor diseñador de Inglaterra, del mejor editor del mundo y de prendas que en meses saldrían a la venta (que muchas veces sólo era confeccionada para la muestra) era como pisar el Olimpo. 

- Bien, analizaré el lookbook en la oficina – dijo Alex, dando por terminada la inspección, dejando sobre la mesa el sobre de piel de ante con aplicaciones de metal envejecido que tomó entre sus manos – Christopher... – llamó Alex, desde el otro lado de la estancia, apreciando el cuello cisne de una chaqueta militar – Christopher... – llamó de nuevo con más insistencia en su voz 

- Creo que te llama a ti – dijo Bailey a Chris, quién pensaba que su padre se refería al diseñador. 

- ¿Sí? – preguntó Chris, caminando apresuradamente hacia su padre. 

- Espero que dejes esa lentitud a un lado y vayas a recoger las camisas de Thomas Pink a su tienda y llévalas a la oficina en cuanto las tengas. 

- De acuerdo... Eh... ¿Puedo hablar contigo por lo del baile de esta noche? – preguntó temeroso, esperando que nadie más lo haya escuchado. 

- Lo veremos más tarde – dijo tajante – Hasta luego Bailey, en verdad todo es excelente – comentó Alex al diseñador, antes de emprender la marcha hacia la salida – Ben, encárgate del lookbook, ese abrigo burgundy se ve mejor sin el cinturón... – comentó Davis bajando las escaleras y saliendo a la calle. 

- Sí Alex... 

- ...Que las camisas sean dos tonos más fuertes, el próximo invierno los tonos eléctricos se impondrán con fuerza... 

- Si Alex... 

- ... Que cambie el material de los zapatos, la gamuza es muy inapropiada para la nieve, esas botas para la lluvia son muy altas, queremos hombres con estilo no pescadores de atún, ¿Lo tienes Ben? 

- Oye Oliver – susurró Chris, para que su padre no lo escuchara - ¿Tienes la dirección de Thomas Pink? – preguntó, al notar que había olvidado la agenda de las direcciones y teléfonos en casa. 

- Sí, claro – contestó éste, consultando con rapidez su agenda mientras los demás chicos subían a los autos de la compañía que los transportaron a Horseferry Street – Está a seis cuadras de aquí – contestó el chico, indicando una calle adoquinada donde varios aparadores brillaban bajo el sol filtrado por las nubes. 

- Gracias amigo – dijo Chris, corriendo a su motocicleta y poniéndose el casco de prisa. 

- ¡Woow! ¿Llegaste en eso? – preguntó Oliver, mirando el vehículo de dos ruedas como si fuera un diamante gigante. 

- Ehh... Regalo de cumpleaños número 17 – dijo – ¡Te veo allá! – y sin mirar hacia atrás echo a andar el motor. A ambos lados grandes escaparates mostraban el logo o la firma de marcas que conocía, pero ninguna de la que su padre le mencionó, hasta que al fondo de la calle notó el logotipo de Thomas Pink colgando de un segundo piso. 

- Buenos días ¿En qué puedo ayudarte? – preguntó una chica con piel de porcelana y sonrisa de mármol tras el aparador. 

- Un encargo para Alexis Davis – contestó Chris, sin siquiera quitarse el casco para volver a toda velocidad en cuanto saliera de la boutique. 

- ¡Claro! – contestó la chica, buscando debajo del mostrador unas bolsas negras que contenían alrededor de una docena de camisas – Es un placer servir a Alexis, en verdad... 

- Sí, como sea, muchas gracias – dijo, tomando las bolsas y corriendo a la salida. 

Aún no tenía pensado como llevar las camisas en la motocicleta cuando su teléfono sonó dentro su bolsillo. 

- ¿Tienes las camisas? – preguntó la voz de Brenda, que sonaba tan ajetreada como antes. 

- Sí, acabo de llegar a... 

- Ve a la tienda de John Richmond, tu padre mandó a confeccionar un traje a la medida que necesita para esta noche – y sin más orden que esa, colgó el teléfono. 

- ¡Diablos! – susurró, subiendo a la motocicleta y colocando las camisas sobre sus piernas, sujetando el manubrio con la mano derecha mientras que con la izquierda se aseguraba de que las prendas no salieran volando. Para su alivio, la tienda de John Richmond quedaba a dos cuadras hacia la calle que lo llevaría al edificio de Condé Nast. 

- Davis debe tener un evento muy importante para usar algo así – apuntó el diseñador, cuando Chris entró corriendo para tomar la bolsa con el gancho de su mano y salir con la misma velocidad hacia la calle. Chris trataba de deducir como transportar doce camisas y un traje en una motocicleta sin morir en el trayecto, su cerebro procesaba ideas pero sus ojos se detuvieron en el aparador de enfrente, donde unas manos que salían de la lustrosa seda mostraban joyas de todo tipo: anillos con piedras enormes, pulseras en forma de serpiente, gargantillas que mostraban miles de destellos a la luz del sol y pendientes con perlas y zafiros. 

- Vengo a nombre de Alexis Davis – dijo, al entrar a la tienda cargado con las bolsas de las camisas y el traje. 

- ¡Vaya! Un nuevo chico Vogue – dijo la demostradora - ¿Qué puedo hacer por ti? 

- El collar del aparador – dijo - ¿Podría mostrármelo? 

La chica caminó hacia la ventana y tomó la mano de plástico que lucía el accesorio que llamó la atención de Chris: 

- Es un collar de diamantes único – dijo la chica – cada piedra fue tallada a mano y pulida con polvo de platino para lograr ese brillo – añadió, notando como aún la escasa luz en el fondo de la tienda destellaba en los diamantes. 

- Supongo que es lo que Alexis tiene en mente – dijo Chris, convenciéndose de que usar el nombre de su padre para adquirir un collar de piedras preciosas no era motivo de castigo de por vida, o de que su madre le arrancara la cabeza – me lo llevo. 

Con un equilibrio precario, pudo salir de la tienda, colocando entre sus rodillas la caja con el collar y sobre sus piernas las bolsas de las prendas. Conduciendo solamente con su mano derecha pudo llegar al estacionamiento de Condé Nast, donde se coló tras un auto de la compañía sin mostrar su gafete de acreditación al encargado. 

- ¿Todo bien? – preguntó Ben, tomando las bolsas con las camisas y el traje con sumo cuidado. 

- Crucé la ciudad con miles de libras en mis rodillas conduciendo con una sola mano y en tiempo récord... ¿Aún así te atreves a preguntar? 

Pasaron varias horas haciendo tareas sin salir del edificio (lo cual representaba un alivio para ellos) como apartar la ropa que se había utilizado para la revista y la que apenas iba a ser mostrada en la publicación, Christopher sabía exactamente que las prendas que empacaban eran supervisadas por Alex para que terminaran en su armario, o para que los coordinadores y asistentes se batieran a duelo por ellas. 

- Tu padre te busca en su oficina – dijo Ben, sacando las camisas y colgándolas en su sección del armario. 

- ...Alexis Davis no está... – decía una de las dos chicas que compartían el escritorio que ocupó Rose durante años en la recepción la oficina de Alex en el último piso. 

- ...está en una junta importante... – comentaba su hermana gemela al teléfono. 

- .... ¿Gusta dejarle un mensaje? 

- ... Le diré que llamó... 

- Bien, le daré su recado... 

- Hola Chris – saludaron ambas en un tono meloso e infantil, dejando la tarea de contestar los teléfonos para darle la bienvenida al chico con el cabello revuelto que acababa de pisar la recepción. 

- Este... Hola... – contestó Chris a las dos chicas; ambas idénticas desde los pies a la cabeza, excepto por la coleta de cabello castaño claro extremadamente lacio que cada una se había peinado hacia distintos lados de su cráneo – Papá... – susurró al entrar a la oficina de Alex, el cual se dio la vuelta para ver a su hijo por encima de los bocetos de Burberry que tenía en mano – Ehh... Hoy es el baile y no he preparado nada para esta noche – comentó, notando como la profunda mirada de su padre lo examinaba con poder de rayos X – compré algo para Ashlee, pero no sé si... 

- Llama al Tom Aikens y confirma una reservación para hoy – interrumpió Alex a su hijo. 

- Pero... ¿Qué hay de...? 

- Solo hazlo Christopher – dijo, antes de girar su silla para darle la espalda, tal como lo recibió. 

- ¡Diablos! – Susurró, al salir de la oficina del editor en jefe - ¿Tienen el teléfono del Tom Aikens? – preguntó a las dos gemelas, las cuales se vieron sorprendidas porque el hijo del director de la revista las visitara en su propio escritorio con ese gesto de desagrado en su cara. 

- Sí claro – dijo una de ellas, que con mano temblorosa sacó la tarjeta del restaurante de un cajón y se la entregó a Chris. 

- Gracias – dijo éste con una sonrisa, tomando la tarjeta de la mano de la gemela de la izquierda y dirigiéndose al área de redacción. 

- Creo que le gusto – murmuró la chica. 

- No seas tonta – dijo Brenda desde su escritorio – su novia dejará unos zapatos muy grandes que ustedes juntas no pueden llenar. 

- Buenas tardes Monsieur – dijo una voz sumamente educada en el teléfono de Chris, como si llamara a la sala de té de la reina en lugar de un restaurante - ¿En qué puedo ayudarle? 

- Quiero hacer una reservación para esta noche – contestó Chris, leyendo las cartas de los lectores que eran desechadas y procesadas para dar paso al papel reciclado que conformaba la revista de cada mes. 

- ¿Ésta noche? –preguntó el hombre del otro lado de la línea, olvidando su acento de gentileza extrema – lo siento, pero estamos llenos hasta... dos semanas. 

- ¡¿Dos semanas?! – exclamó, haciendo que los demás fijaran su atención en él tras gritar en el silencioso espacio – 

- Así es, aunque... Si nos deja sus datos podremos llamarlo en caso de que alguna reservación cancele de última hora. 

- Bien... Una mesa para Alexis Davis, del edificio... 

- !¿Alexis Davis?! El señor Davis no necesita reservación alguna – aclaró, tras escuchar el nombre del padre de Chris, el cual se sorprendió de saber hasta dónde podría llegar el peso de su apellido – por favor, salúdelo de nuestra parte. 

- Claro que no lo haré – exclamó Chris enojado, impactando el auricular del teléfono en el escritorio, y dirigiéndose hacia la oficina de su padre - ¿Puedo hablar contigo? - preguntó a Alex, sin importarle que Richard estuviera mostrándole las fotografías de los modelos en el amazonas. 

- Veré las fotos después – comentó, dándole a entender a Richard que quería privacidad con su hijo. Sin murmurar una palabra Richard salió de la oficina con las fotografías en mano, cerrando la puerta tras de sí - ¿Y bien? 

- Es sobre el baile – comentó – es hoy y no he preparado nada para esta noche. 

- Es sólo un baile – respondió Alex - ¿En serio necesitas enfocarte tanto? 

- No es sólo un baile, es... quiero que sea especial para Ashlee y para mí... 

- Bien, entonces ve a casa y espera allí, iré para allá en cuanto pueda ¿Entendido? – Alex lo miró con los ojos que un padre usaba para apoyar a su hijo en todo lo que pudiera, así que el chico sólo pudo asentir – Hasta luego – dijo Alex, haciéndole clara la indirecta idea de que debía salir de su oficina. 

Bajó por el ascensor hasta el estacionamiento y se montó en la motocicleta. Tras ajustarse el casco a la cabeza puso el motor en marcha para salir a la calle. Al llegar a casa notó que en el perchero junto a las escaleras estaba la bolsa del traje que Christopher transportó de la tienda de John Richmond al edificio Condé Nast, había una nota pegada en él pero no la leyó, subió hacia su habitación pensando en cómo reaccionaría su padre al saber que no habían metido al armario bajo las escaleras su ropa cuando llegaba de la tintorería. 

- ¿Hola? 

- Hola, ¿estás lista para esta noche? – preguntó Chris al teléfono en altavoz que arrojó sobre la cama mientras tiraba al piso su camisa para tomar una ducha. 

- Muero porque sean las ocho – contestó la chica - ¿Ya sabes que vas a usar? 

- Ehh... sí – mintió, esperando que en el armario hubiera algo demasiado chico para su padre pero no tan grande para que él pudiera usarlo. 

- ¿Sabes? Estuve pensando y... Eso del corcel y las palomas blancas es muy exagerado. 

- ¿Bromeas? Tendré que hacer algunas llamadas para pedir reembolsos 

- ¿Estarás en mi puerta a las ocho? – preguntó la chica como la última vez que se vieron 

- Con un elegante retraso de quince segundos – comentó – tengo que colgar lida, voy a tomar una ducha... Hoy tengo una cita con la chica más linda de Brunel University. 

- Si yo fuera tú me daría prisa... Una chica enojada el día del baile de primavera puede ser muy peligrosa. 

- Tienes razón... Hasta luego – y tras mandar varis besos al auricular de su teléfono entró a la regadera. La música a todo volumen en su habitación lo obligaba a recorrer en su cerebro la idea que debía ejecutar para planear esa noche en menos de dos horas. Se secaba el cabello camino al armario de sus padres mientras pensaba en si utilizar el nombre de su padre para que una carroza seguida de guardias reales para llegar al baile fuera demasiado exagerado. Además, ya había conseguido el collar para Ashlee con ese método, así que no tenía otra opción más que pedirle el auto prestado a su padre o llamar un taxi. 

- ¿Qué crees que haces? – preguntó la voz gélida de su padre que adoptaba el tono recriminatorio cuando Chris hacía algo indebido. 

- Yo pues... Buscaba algo para esta noche – contestó, notando el rastro de huellas húmedas que había dejado tras caminar descalzo hacia el armario desde su habitación. 

- No vas a encontrar nada allí – comentó Alex, colgando una de las bolsas negras que Chris transportó hasta el edificio - ¿Aún no sabes por qué pedí que fueras en persona a recoger esto? – preguntó, rasgando el plástico de la bolsa, dejando ver un impecable traje dentro del gancho. 

- Wow – murmuró Chris, ignorando que mojaba la alfombra del armario con las gotas de agua que caían de sus extremidades. 

- Faltan 45 minutos – dijo Alex, consultando su reloj – pruébatelo y veamos que tan bien puedes verte. 

Christopher se probó deprisa el traje y notó que le ajustaba perfecto, no sabía exactamente como pudo su padre obtener sus medidas, pero era una gran ayuda en esas circunstancias. 

- No pude conseguir el ramillete – comentó su padre con pesar – pero puedo llamar a... 

- ¡No hay problema! - Exclamó Chris – Le compré algo cuando fui por las camisas. 

- ¿En serio? ¿Por eso tardaste tanto? – preguntó, al ver salir a su hijo correr del armario 

- Mira... – Christopher abrió la delgada caja y al igual que él, Alex se asombró al ver la joya. 

- ¿Cómo pagaste esto? 

- En realidad lo pagaste tú – dijo Chris – y en realidad, creo que fue un regalo más que una compra – añadió, al recordar como a su padre le obsequiaban todo lo que él pedía. 

- Bien, los llevaré en el auto, después pasaré por tus abuelos, recuerda que dormirán aquí esta noche. 

Christopher consultaba su reloj con ansia, contaba los minutos que faltaban para las ocho de la noche como un niño que ansia abrir los regalos de navidad. 

- Papá, faltan diez minutos ¿Podrías llevarme a casa de Ashlee? – preguntó, moviendo los pies con insistencia. 

- ¡Bien, bien! – Exclamó con enfado, ya que cada cinco minutos desde hace media hora le pedía lo mismo – sube al maldito auto. 

Durante el trayecto, Christopher se mostraba nervioso, golpeando con los dedos la caja del collar que mantenía sobre sus piernas. Cuando se detuvo frente a la casa de Ashlee, fue el único que bajó del auto, ya que Alex creyó inconveniente que lo hiciera con él. 

- Buenas tardes señor Henderson, ¿Está Ashlee? – preguntó Chris al padre de su novia, que miraba al chico como un comprador evalúa un auto oxidado. 

- ¡Princesa! ¡Acaba de llegar tu chico! – anunció el hombre a gritos hacia la escalera, en donde apareció Ashlee con un vestido blanco con el que parecía flotar entre nubes. 

- ¿Qué opinas? – preguntó la chica, ya que al ser hijo de un editor de moda, pensó que Chris tendría una opinión objetiva sobre su atuendo. 

- Hermosa... – murmuró 

- Gracias... Tú también luces genial – dijo, al ver al chico con el traje que hacía resaltar sus ojos. 

– Ah... Este... Yo... Bueno, no pude comprarte un ramillete pero... – Chris abrió la caja que tenía entre las manos y el contenido dejó boquiabiertos a todos con el contenido – espero que te guste. 

- Es precioso – dijo la chica, dejando que Chris le abrochara la joya al cuello – en verdad no tenías que molestarte con un detalle así – añadió, antes de que un flash le llenara la pupila de una luz blanca – Basta mamá, vas a asustar a Chris – la madre de Ashlee había capturado el momento en su cámara de cómo el chico le abrochaba el collar a su hija. 

- Vamos querida, una más – suplicó la madre, arrastrando a ambos a un pilar de la cerca del jardín. 

- Vas a llenar la tarjeta en una sola tarde – murmuró la Ashlee, dibujando una sonrisa ante el lente. 

- ¿Nos vamos? – preguntó Chris, al recordar que su padre los esperaba en el auto. 

- Nos vemos luego – dijo Ashlee, despidiéndose de sus padres. 

- Cuídala bien jovencito – comentó Frank, al estrechar por última vez la mano de Chris. 

- No se preocupe señor, yo... 

- Diviértanse – dijo la señora, cerrando la puerta tras de sí – y tú no deberías amenazar a ese pobre chico de esa forma – le susurró a su esposo. 

- Hola señor Davis – saludó la chica, subiéndose al auto con ayuda de su novio. 

- Hola Ashlee, espero que no te moleste que sea su chofer por un día. 

- Para nada señor, al contrario. 

Durante el trayecto Alex miraba disimuladamente por el retrovisor, donde notaba como Christopher sostenía la mano de la chica mientras ella hundía su cabeza en su hombro. 

- Llegamos – anunció Alex - ¿A qué hora paso por ustedes? 

- ¿A las 11 está bien? – preguntó Christopher, más que pedir permiso para quedarse más tarde, sabía que los padres de Ashlee eran estrictos en su horario nocturno. 

- Christopher Patrick Michael Davis McDonald – exclamó su padre en un tono severo - ¿Crees que esa es una hora digna de llegar a casa? – preguntó, adoptando una mirada recia a través del retrovisor. 

- Bueno, yo pensé que... 

- Paso por ustedes a las doce – dijo Alex, consultando su reloj – ahora bájense y disfruten la noche. 

Cuando pisaron el césped del jardín de la universidad, notaron que la atmósfera había cambiado por completo: los pasillos eran concurridos por chicas con vestidos largos y los hombres que lucían atuendos de deportistas, científicos o estudiantes normales llevaban traje y corbata de moño, por quizá, la primera vez en su vida. 

- ¿Una foto para el periódico escolar? – preguntó un chico con cámara en mano, ajustándose los lentes unidos por el centro con cinta adhesiva. 

- ¿Por qué no? – dijo la chica, mirando a Chris como para esperar su aprobación, el cuál asintió y posó una vez más para un flash aquella tarde. 

La cancha de basquetbol se había convertido en la pista de baile, donde las gradas le dieron paso a pequeñas mesas circulares para apenas dos personas, donde un pequeño adorno floral y un globo de helio era la decoración del lugar. Por un lado las chicas que iban solas esperaban a que alguien de los chicos con acné o sobrepeso del lado opuesto las invitara a la pista de baile. 

- En verdad luces muy linda – dijo Chris, acariciando la mano de la chica sobre la mesa. 

- Tú luces muy guapo – comentó ella, acariciando su mejilla con su mano libre. 

- ¿Me concedes esta pieza? – preguntó Christopher, poniéndose de pie y extendiéndole la mano para tomar la suya. 

- Sería un honor – contestó Ashlee, dejándose llevar por Christopher hacia el centro de la pista - debe ser muy interesante el lugar donde trabajas – comentó ella – con toda esa ropa y rodeado de toda esa gente importante. 

- En verdad es muy estresante – contestó Chris – ir de un lado para otro por una camisa o un reloj no es mi concepto de ganarme la vida. 

- No vas a negar que al menos no es aburrido o monótono – la chica había entrelazado sus brazos alrededor del cuello de Chris, mientras bailaban al lento compás de la canción. 

- ¿Quieres algo de tomar? – preguntó Chris, después de besar a la chica sentía los labios resecos y los pies cansados de permanecer de pie en la pista de baile. 

- Claro – cedió Ashlee, esperando descansar de los zapatos de diez centímetros que no acostumbraba usar. 

- Hola Ashlee – saludó una chica rubia custodiada de otras dos no tan bellas como ella – veo que ni la música ni el baloncesto pudieron pagar un ramillete – comentó en un tono despectivo para remarcar odio, al ver que Ashlee no llevaba atado a la muñeca un montón de listones o flores como todas las demás. 

- No hacía falta Daphne – contestó la chica con la misma frialdad que la rubia – veo que animar al equipo con faldas minúsculas y ridículos bailes no te consigue uno como éste – Ashlee apartó el cabello de sus hombro y dejó relucir el collar que pendía de su cuello, la rubia miraba boquiabierta la joya de la chica que tenía enfrente. Seguramente lo había visto en alguna revista de las que sin duda leía, pero nunca imaginó tener una pieza de diamantes frente a ella, y menos que lo luciera la novia de uno de los chicos más populares de la escuela. 

- ¿Todo bien? – preguntó Chris, acercándose con dos vasos de soda a las chicas. 

- Hola Christopher - saludó Daphne, mientras las otras dos chicas dibujaban una sonrisa tonta, como la de las gemelas de la recepción de su padre. 

- Hola Daphne - contestó Chris sin darle importancia a la chica – Son casi las doce – dijo el chico, consultando su reloj - ¿nos vamos? 

- Hasta luego chicas – dijo Ashlee para despedirse – si van a acostarse con alguien esta noche, espero que al menos puedan recordar con quién fue. 

Fuera, en el estacionamiento, Christopher miraba a ambos lados de la extensión de cemento y grava que daba lugar a los autos que iban y venían trayendo y llevando alumnos de la universidad. 

- ¿Crees que le haya pasado algo? – preguntó la chica, al ver que Christopher miraba con desesperación a su alrededor. 

- No lo sé... – contestó – No creo... Iría por mis abuelos a la casa pero... 

Antes de que terminara su suposición, una limosina se detuvo delante de él, y ella y Christopher se hicieron a un lado al pensar que alguien bajaría del lujoso vehículo, pero para su sorpresa el chofer bajó y preguntó a los chicos: 

- ¿Conocen a Christopher Davis? 

- Soy yo – contestó Chris con voz apagada, como si el chofer le hubiese mostrado un arma o una placa de policía. 

- Entonces... – el chofer abrió a puerta y los invitó a subir – Tengo órdenes de transportarlos. 

- No te hubieras molestado – comentó la chica, dentro del vehículo, admirando los asientos de piel y el pequeño refrigerador que contenía bebidas alcohólicas y gaseosas – en verdad la pasé muy bien esta noche. 

- No es molestia – contestó el chico – en verdad no lo fue – añadió, al pensar que quizá su padre se había mandado una limosina para él. 

- Disculpe... Acaba de pasar nuestra calle – dijo Ashlee al conductor a través del teléfono que comunicaba ambas partes del vehículo. 

- Mis órdenes son otras señorita – contestó, antes de colgar el teléfono. 

Después de varios minutos de cierto nerviosismo, la limosina se detuvo, cuando el chofer bajó para abrirles la puerta notaron que se había estacionado justo frente al Tom Aikens. 

- No puede ser... – murmuró Chris. 

- ¡Vaya! Si hubiera sabido que me traerías aquí no hubiera bebido mucha soda – comentó Ashlee. 

- Cuando estén dispuestos a irse sólo llámeme – dijo el chofer, entregándole una tarjeta con un número telefónico. 

- Ehh... Gracias – dijo éste, tomando de la mano a Ashlee para entrar al restaurante. 

- ¿Su nombge monseug? – preguntó un hombre elegantemente vestido en la recepción del restaurante, hablando con un marcado acento francés. 

- Christopher Davis, no sé si mi padre... 

- ¡Oh! Pog Supuesto – exclamó al escuchar el apellido del chico – El señog Davis y su familia siempge son bienvenidos aquí. 

El hombre de espalda sumamente recta los condujo hasta una mesa circular en el fondo del restaurante. Donde la vista hacia el jardín era atenuada por música suave y luz de velas. 

- Mi padre siempre habla de este lugar – comentó Ashlee, después de sentarse en la silla que Christopher caballerosamente le acercó – dice que una fresa vale más que la cena en un McDonalds. 

- A mis padres les gusta mucho este lugar, no entiendo porqué – dijo Chris. Sin pedirlo, uno de los meseros se aproximó con una botella de champagne dejándola sobre un enfriador de metal. - Ok, esto no lo tenía contemplado – comentó el chico, llenando las dos copas. 

El tiempo transcurría muy lentamente. Ashlee platicaba con Christopher sobre su trabajo en el consultorio dental de su padre, mientras le daba de comer fresas con chocolate como parte del postre. 

- Y en general eso es todo – concluyó, dándole la última fresa con crema batida en los labios a su novio – sólo le paso los instrumentos que necesita mientras veo como la gente sólo mira el techo. Opino que debería poner un televisor arriba para que los pacientes no se pierdan en el color blanco. ¿Qué hora es? 

- ¡Oh por Dios! – Exclamó Chris, al ver que eran las 1:45 de la mañana, sacó su teléfono del bolsillo y marcó al chofer - ¡Venga por nosotros... rápido... sí, lo esperaremos afuera! 

- ¿En serio es tan tarde? 

- Será mejor que no lo sepas – contestó Chris, tomando la mano de la chica y corriendo hacia la salida – por favor, cargue todo esto a la cuenta de mi padre. 

- Sega un placeg, señog Davis – dijo el hombre a la salida del restaurante. 

Fuera, la limosina acababa de arribar cuando Chris abrió la puerta para que la chica entrara. 

- Llévenos a casa lo más rápido que pueda... Primero a la casa de ella – ordenó Chris. La chica se mostraba nerviosa, eran casi las dos de la mañana y sabía que sus padres no aceptarían el gigantesco retraso en su horario. Al ver la casa de la chica desde el interior, Chris abrió la puerta y la ayudó a bajar, ambos corrieron hacia la casa, pero antes de llamar al timbre o tocar, el padre de Ashlee salió a su encuentro 

- Buenas noches – saludó fríamente 

- Buenas noches señor – contestó Chris – lamento que se haya hecho muy tarde, pero mi padre... 

- Sí, tu padre nos llamó para decirnos que llegarían a esta hora y que no habría porqué preocuparnos – dijo. 

- ¿Ah sí? – preguntó conmocionado, al igual que su novia. 

- Sí... Que descanses – dijo el padre de Ashlee, dejando en claro que era hora de largarse. 

- Eh, bien, hasta mañana – Chris se despidió de la mano de Frank y con un tímido “adiós” de su novia, ya que le pareció inapropiado besarla frente a su padre. 

- Adiós – contestó la chica, metiéndose a la casa que segundos después extinguiría las luces del piso inferior. 

- A casa por favor – dijo Chris, tirándose en el asiento de la limosina hasta el trayecto a su hogar, donde al entrar fue recibido por sus abuelos. 

- ¡Galán! ¿A cuántas chicas mataste hoy con esos ojos eh? – preguntó Patrick 

- ¿Sus ojos? – Preguntó Michael detrás de él - ¡Las chicas se fijan en su cabello y físico! Todo un representante de los genes de los Davis. 

- ¡Baaah! ¿A quién le importaría salir con un larguirucho? – Objetó Patrick – todas se derriten al ver los zafiros en la mirada de los Mcdonald. 

- ¡Si claro! Aunque éstos tengan la altura de un gnomo de jardín – exclamó Michael 

- ¡Basta, ya! Déjenlo respirar – dijo su padre, saliendo de la sala, dejando a su padre y suegro peleando entre sí – ¿Y bien? – preguntó, cerrando las puertas corredizas de la sala para amortiguar las exclamaciones de los ancianos. 

- Fue increíble – murmuró – gracias por todo 

- No fue nada... Además del collar me debes la renta de una limosina y una cena en el Tom Aikens... 

- Te lo pagaré en cuanto... 

- ¡Es broma! Lo que importa es que divertiste, y después de esto te mereces un descanso el fin de semana – comentó. 

- Gracias por todo pa’ – dijo Chris, tras detenerse en las escaleras para agradecer a su padre por la noche. 

- Por nada – contestó, dirigiéndose hacia la sala para asegurarse de que los genes de los Davis y los Mcdonald no originaran un duelo entre adultos mayores.

__________________________________________________

Como leyeron, papi metió la mano, me encantó escribir esa parte de los abuelos, en donde cada uno defendía sus genes y cuál de ellos había sido el determinante en Chris, ya que Patrick es de altura bajita Michael se refiere a él como el “gnomo irlandés” mientras que Patrick lo apodó el “yankee militar” por su aspecto rudo. Ya ambos en edad avanzada lo único que hacen es consentir a su nieto.