Temblaba de frío desde los pies a la cabeza. El gélido ambiente atenuante del hospital se intensificaba aún más en invierno, donde la nieve afuera se arremolinaba ante las puertas de cristal por donde ingresaban indigentes con hipotermia y conductores que causaban estragos en las carreteras cubiertas de hielo.
Charlotte estaba sentada junto a él, había tomado un abrigo deprisa y puesto sus tenis para hacer ejercicio, evitaba la mirada de su esposo, recordando que estaba enojada con él por lo del tatuaje, pero sumamente agradecida a la vez por estar con Chris aquella noche, de no ser así, no se atrevía a pensar lo que hubiera sucedido de no ser así.
- Escucha, me propuse nunca usar a nuestro hijo como una excusa – dijo Charlotte, rompiendo el silencio en la sala de espera – pero lo que hiciste ayer créeme que no tiene nombre.
- Lo siento ¿Sí? – Alex dejó ver su cara de preocupación y desvelo, su cabello alborotado acentuaba su aspecto desmejorado.
- ¿Sólo eso? ¿Lo sientes y ya?
- ¿Qué más quieres que te diga? ¿Qué fue un gran error? Sí lo fue, y lo lamento pero lo hecho, hecho está.
- Siempre es la misma excusa – Exclamó, desviando su mirada y postrándola en una revista vieja que había en la mesa – nunca estás en casa y el día que Chris pasa un día contigo haces... estupideces.
- ¡Lo siento, pero lo que haga con mi...!
- Escucha – Charlotte posó sus ojos azules sobre los de Alex, una mirada de escrutinio como una luz tan brillante que era imposible dejar de ver aunque le quemara la retina – Eres un ejemplo para él, eres el héroe que le da chocolates antes de la cena y yo soy el monstruo que hace las verduras cocidas aunque haya entrado en labor de parto durante 3 horas... ¿Entiendes? – Charlotte miró a Alex en tono suplicante, como esperando que le jurara con sangre cumplir su promesa. Él sólo asintió, dejándose rodear por los brazos de su esposa.
Delante de ellos un hombre joven con cabello rubio corto hizo aparición. Su bata blanca y estetoscopio indicaban que era un doctor con nuevas noticias.
- ¿Cómo está Chris? – preguntó Charlotte, poniéndose de pie
- Está bien – contestó el médico – se trata de un cuadro clínico de amigdalitis aguda.
- ¿Eso es grave? – preguntó Alex, notando el semblante serio del doctor.
- Es una inflamación de las amígdalas – contestó – pudo haber sido un germen que entró a su organismo por las vías respiratorias o digestivas.
- ¿Estará bien? – preguntó Charlotte, ignorando que pudo haber respirado o comido Chris para que enfermara a tal grado.
- Estará en observación toda la noche y le prescribiremos antibióticos y antitérmicos para bajar la fiebre... Ahora... – el doctor tomó un semblante más serio aún, llevándose las manos a las bolsas de la bata, Alex pronosticó que lo que venía no era bueno – lo más importante es tratar a las personas que han tenido contacto con el paciente, la saliva o incluso los juguetes pueden transmitir el virus.
Ambos intercambiaron miradas de preocupación, tanto ellos como Cara y los de la oficina de Alex convivieron directamente con el portador de un germen.
- ¿Es peligroso?
- Implica un menor riesgo para los adultos, por lo general es más frecuente en niños menores de 6 años, pero sería mejor vacunar a los posibles infectados en un lapso de 24 horas.
- Oh Dios... Murmuró Alex, al pensar cuantos trabajadores de Vogue estarían contagiados hasta entonces.
- Sugiero que se vacunen cuanto antes – dijo el doctor, caminando hacia el pasillo de nuevo.
- ¿Podemos ver a Chris? – preguntó Charlotte al médico, antes de que se perdiese de vista.
- Si, por supuesto – señaló la puerta que había a su izquierda y caminó con más prisa. Ambos entraron y vieron a Chris recostado en la camilla con el oso de peluche que no había soltado desde que se fue a dormir.
- Hola campeón – lo saludó su padre, sintiendo como en esa habitación hacía mucho menos frío que afuera.
- Me duele aquí – dijo el pequeño, señalando su garganta con su mano.
- No hables cariño – dijo su madre, acariciando su cabello y sentándose en una silla cercana a la cama.
- Vas a estar bien – dijo su padre – me quedaré aquí contigo toda la noche y tu madre vendrá por la mañana – Chris sólo asentía en silencio, abrazando a su osito de peluche – Ahora tienes que dormir, recuerda que iremos a New York ¿Quieres ir a Central Park? – El niño asintió con más ímpetu que antes.
- Duerme lindo – dijo su madre, besándolo en la frente, tomando de la mano a Alex para llevarlo fuera de la habitación – Te traeré ropa para que puedas ir por la mañana al trabajo – dijo, acariciando su rostro y apreciando las huellas del cansancio en él – lamento haber explotado de esa manera ayer, yo...
- No, no... Olvídalo, yo tuve la culpa de todo, no debí...
- Anda con él – dijo, antes de que Alex comenzara a ofrecer disculpas – necesita de su héroe ahí dentro.
- Te veré después linda – con un fugaz beso en la frente se despidió de ella, dándole las llaves del auto y dejándola del otro lado de la habitación donde su hijo yacía enfermo.
Alex presagió que aquella sería una larga noche, veía como Chris dormía en la camilla donde muchas personas perdían la vida en situaciones peores que aquella, “vas a estar bien” se repetía para sí mismo. Horas después en donde la temperatura gélida no cedía el paso al calor, Alex abrió los ojos y vio a Chris sentado sobre la camilla con un aspecto mucho mejor.
- Hola Chris – saludó Alex, bostezando a causa del sueño.
- ¿Dónde está mamá? – preguntó el niño, volviéndose a acostar en la camilla.
- No tardará – contestó su padre, esperando que fuera cierto, aunque no sabía la hora exacta, sabía que aún era temprano para que Charlotte llegara - ¿Ya no te duele la garganta? – Ante la respuesta negativa de Chris, sintió un gran alivio. Minutos después, Charlotte entró a la habitación con una maleta con ropa para Chris y Alex, llevaba puesto un abrigo, gorro de lana, guantes y bufanda.
- Parece que Inglaterra es un nuevo polo- comentó, sacudiendo la nieve que acumuló en sus hombros – camisa, abrigo, pantalón, todo lo que necesitas para volver a casa...
- No puedo ir a casa – dijo Alex, tomando sus prendas de la maleta y quitándose la pijama que traía puesta desde la noche anterior – Tengo que ir a la oficina y hacer que todos se vacunen para evitar un contagio.
- Buen día – saludó una enfermera, entrando a la habitación sin inmutarse a tocar la puerta - ¿Cómo está el paciente más guapo del hospital? – La trabajadora tomó la temperatura de Chris y revisó su garganta de nuevo –
- ¿Está bien? – Charlotte preguntó después de que la enfermera regordeta hiciera un chequeo igual al anterior.
- ¡Oh, sí! Su temperatura es normal y su garganta está mucho mejor, podría ser dado de alta esta misma tarde – contestó, dándole a Chris una paleta de uva que extrajo del bolsillo de su bata.
- El doctor ayer por la noche dijo que todos los que tuvieron contacto con el menor deberían ser vacunados ¿Hay algún riesgo para personas adultas?
- Presentarán síntomas, pero con menos complicaciones que las de un paciente menor de seis años, ¿Cuántas personas pueden resultar infectadas? ¿Una familia?
- El edificio donde trabajo... – reiteró Alex – alrededor de... 200 personas.
- Oh por Dios... – susurró la enfermera ante la magnitud del contagio – hablaré con el departamento de inmunología y epidemias, ¿Dónde trabaja?
- Edificio Condé Nast – respondió, esperando que se tomaran medidas pronto – Amor, iré a la oficina, avisaré a todos que es necesario vacunarse, con algo de suerte tendré el día libre – besó a Charlotte y se dirigió a Chris – nos vemos después campeón, espero que te mejores para ir a New York ¿Eh? – su hijo sólo asintió con la boca abierta, ya que la enfermera lo revisaba de nueva cuenta.
Condujo hasta su oficina sin saber cómo, ya que la nieve cubría por completo árboles y banquetas, los cristales de los autos estaban empañados y los semáforos eran apenas una escasa luz ante todo el resplandor blanco.
- Buen día Alex – saludó Rose, limpiándose la nariz con un pañuelo desechable a su encuentro en el ascensor – Jeff acaba de...
- Necesito a todos los directivos de área en la sala de juntas, también a Newhouse, es muy importante.
- ¿Pero qué...?
- ¡Sólo date prisa! – Exclamó – y tráeme un café, muy, muy, muy cargado.
Dejando a su asistente con la incógnita salió corriendo al pasillo de la sala de juntas, anexa a la oficina de Newhouse, que era una réplica de la suya, excepto por las fotografías alrededor del mundo con gente importante y un acuario.
- Señor, tiene que venir conmigo a la sala de juntas – dijo Alex, abriendo la puerta sin avisar.
- ¿Pero qué pasa Davis? ¿Por qué irrumpes de esa manera?
- Se trata de Chris...
- ¿Está bien? Charlotte llamó para decirnos que...
- Él está bien, pero quizá nosotros no, necesito que esté en la sala de juntas cuanto antes
Alex entró al lugar donde tenían cabida las reuniones de los altos ejecutivos de Condé Nast y una vez al mes la planeación de ideas para un número nuevo, sin embargo, aquella ocasión era un motivo completamente diferente.
- Los mandé llamar porque Chris el día de ayer presentó un cuadro infeccioso de amigdalitis aguda...
- ¿Está bien? – preguntó Rose, alarmada.
- Sí, está bien, pero las personas que convivieron con él las últimas 24 horas quizá presenten síntomas menos fuertes que los que él tuvo ayer...
- ¿Eso qué quiere decir? – preguntó Dominique, director de publicidad.
- Que todo el edificio puede resultar infectado – un murmullo entre los presentes se extendió por la sala – no es nada grave, sólo necesitamos vacunarnos para evitar que el virus se propague ¿Entendido?
- Bien, ya oyeron, hasta que lleguen con las vacunas, nadie entra y nadie sale. Rose, llama al hospital para que abastezcan las vacunas necesarias, difundan el mensaje a sus subordinados, sigan trabajando con normalidad, no pasará a mayores.
Después de las palabras reconfortantes del jefe, los directores de las distintas áreas que conformaban la revista se esparcieron por el edificio.
- ¿Qué está pasando? – preguntó Brenda a Xavier, al verlo salir del corredor tras los demás trabajadores de Vogue
- Resulta ser que Chris es además de un niño adorable, es el foco de infección de un virus.
- ¿Qué?
- Como oíste, nadie sale, nadie entra. Como estar en cuarentena, pero sin temor a que nos quemen vivos.
Tiempo después de la alerta sanitaria improvisada, varias enfermeras arribaron al edificio con bolsas llenas de cubre-bocas y dosis de vacunas para todo un ejército.
- ¡Departamento de arte, redacción y moda pasen en ese orden al comedor a ser vacunados! – ordenó Alex, poniéndose su cubre-bocas. Seguidos de los tres departamentos de la parte alta del edificio, le siguieron los empleados de grooming, publicidad, telefonistas, ejecutivos, mensajeros, choferes, recepcionistas y secretarias. El timbre de un teléfono celular resonaba entre el barullo de personas que subían y bajaban en los ascensores para ser vacunadas o regresar a sus actividades, el bolsillo del pantalón de Alex vibraba con insistencia llamando su atención - ¿Sí? – preguntó, quitándose el cubre-bocas un instante.
- ¡Hola amigo! ¿Qué tal tu día?
- ¿Rupert? – preguntó, el tumulto no lo dejaba escuchar muy bien su plática entre su interlocutor y él.
- Sí, soy yo, oye... Pensé que te gustaría salir hoy con Chris a ver la lucha libre, apuesto a que Cody Rhodes le parte la...
- No puedo Rupert – contestó al instante – Chris está enfermo en casa y no podrá salir, menos con este clima.
- ¡Vaya, que mal! Voy camino a tu oficina, nos vemos arriba para charlar...
- Espera... ¿Qué? ¡No, no subas!
- Hasta luego – Rupert había cortado la llamada antes de que le advirtiera de que había un virus en el aire. Aún mantenía el celular en su oído cuando escuchó la campanilla que anunciaba la llegada del ascensor. Giró sobre sus pies y vio como el pelirrojo salía del elevador mirando el entorno extrañado.
- ¿Qué pasa?
- Rupert tienes que...
Antes de que Alex pudiera explicarle una enfermera arribó a su amigo a su llegada.
- Señor, tiene que vacunarse de manera urgente, use un cubre-bocas y no se exponga a cambios de temperatura extremos.
- ¿Qué demonios pasa? – preguntó, al ver como la enfermera lo despojaba de su chamarra para inyectarlo en el brazo izquierdo.
- Es lo que traté de decirte: Chris está enfermo y un virus nos asecha a todos, no es grave pero hay que prevenir.
- ¡¿Y me lo dices ahora?!
- ¡Yo no fui el imbécil que colgó antes de escuchar!
- ¿Ahora resulta que yo tengo la culpa?
- ¡Si no te tomaras tantas molestias en visitarme no hubiera sido así!
- ¡Creo que eso me gano por ser un buen amigo!
- ¡Si claro, sobre todo por el hecho de usar a mi hijo para conseguir una cita!
- ¡No fue una cita, sólo nos llamamos por teléfono!
Ambos hicieron una pausa en su diálogo, notaron que todos los ojos de los presentes estaban postrados sobre sus labios cubiertos por los cubre-bocas que elevaban el tono de la conversación.
- Ven a mi oficina – dijo Alex caminando hacia las puertas de cristal - ¿Eres tonto o qué? – Preguntó, estando en la privacidad de su espacio personal - ¿Qué parte de “no vengas” no entiendes?
- ¡Quería venir a visitarte! ¿Qué tiene eso de malo? – Tomó asiento en uno de los sillones de la oficina y subió las piernas a la mesa de cristal – George me contó que estuvo por aquí
- Sí, apenas ayer...
- Me dijo que trató de convencerte en hacer algo distinto...
- Y eso me costó dormir en la sala – comentó - ¿Quieres verlo? – preguntó, esperando ver una reacción diferente a la histérica de Charlotte o a la de deseo de Cara.
- ¿Ver qué? ¡Woow! ¡Espera, espera! – dijo, al ver que Alex se desabrochaba la camisa.
- Me tatué el brazo – dijo, mostrando su bícep izquierdo – y también la espalda – se bajó los pantalones y le mostró el diseño tribal justo arriba del trasero.
- Genial – murmuró Rupert – sabes, en verdad siento usar a su hijo de esa manera pero... No podía dejar ir a esa chica.
- Si como digas – Tras ponerse el abrigo de nuevo, se sentó en una silla frente a Rupert – La semana próxima iremos a New York... A Chris le gustó Rockefeller... – Rupert adivinó que esa charla tomaría un rumbo personal hacia Alex, como padre orgulloso de su hijo que no habla de nada más.
- ¿Chris está bien?
- Sí, estará en casa esta tarde – contestó – le fascinará ir a la lucha libre contigo.
- ¿Qué tal conduce? – preguntó, recordando los destrozos que días anteriores ocasionó en casa de su amigo al descubrir el pequeño auto de carreras.
- Con algo de práctica será mejor que tú – contestó, antes de que el teléfono lo interrumpiera. Se puso en pie para contestar y una sonrisa se dibujó en su rostro.
- Sí, voy para allá inmediatamente – dijo al auricular antes de colgar abruptamente – Chris ya está en casa – dijo a Rupert, al ver que lo miraba con duda - ¿Quieres ir a verlo? Sería genial que su tío lo visitara.
- ¿Y hacer que me inyecten de nuevo? ¡Estás demente! ¿Qué hay de la luche libre?
- Después de New York, te lo prometo – contestó Alex, invitando a salir a su amigo de la oficina
- ¡Te estaré esperando! – exclamó, tomando el ascensor hacia el estacionamiento.
- Rose, dile a Newhouse que no tiene caso trabajar así, sugiero que nos tomemos el día y mañana regresemos a comenzar de nuevo.
- Perfecto – dijo Rose, deseando irse a casa a tomar algo para detener el flujo nasal.
- Hasta mañana – Alex bajaba por las escaleras hasta el estacionamiento, no importaba perder todo un día de trabajo, Chris estaba bien y eso era lo que importaba.
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Mi novia es estudiante de medicina, así que le pedí una lista de enfermedades que afecten a niños de cinco años cuyo síntoma principal sea la fiebre... Para ser honestos, ésta (Amigdalitis aguda) era la menos horrible que figuraba en la lista. Al principio opté porque fuera algún tipo de infección en el local donde Alex se hizo los tatuajes, pero al leer las causas de la infección, decidí que fuera un virus que ingirió al jugar con Cara en el jardín. Cara tuvo que ser vacunada cuanto antes, Charlotte la llamó en medio de la noche y la llevó al hospital, ella cedió furiosa, por lo cual no aceptó ver a Chris porque la había contagiado.
