LXXVII - El rapto




- ¡Date prisa Chris! ¡Vamos a llegar tarde! – Gritó Alex desde el piso inferior hacia las escalera, donde segundos después Chris apareció corriendo con la mochila arrastrando. 

- ¡Adiós mami! – Chris corrió hasta la sala donde Charlotte leía una revista y la besó en la mejilla antes de subir al auto de su padre. 

- Adiós cariño – dijo ésta – recuerda pasar por él cuando salga de clases – comentó, dirigiéndose ahora a su esposo, tras despedirlo con un beso – tengo cita con las primas Clarins esta tarde. 

- De acuerdo querida – contestó Alex, cargando la lonchera de Chris junto con su maletín de Louis Vuitton – hasta luego. 

Durante el trayecto a la escuela, Chris se maravillaba al ver como su padre conducía hasta su escuela, por primera vez Alex le permitía sentarse en el asiento del copiloto, donde el pequeño no apartaba la mirada del volante. 

- ¿Pudo manejar? – preguntó, conteniéndose de saltar a las piernas de su padre para tomar el mando. 

- Sabes que no – contestó Alex, mirándolo a los ojos muy seriamente. 

- ¡Pero tengo mi propio auto! – exclamó el pequeño 

- Es un auto miniatura, funciona con una batería recargable y ni siquiera tiene faros, cuando seas grande tendrás tu propio auto y podrás ir a cualquier lugar que quieras. 

- ¿Cuándo sea grande? 

- Sí, unos diez o quince años más – comentó su padre, abriendo la puerta para llevar a su hijo a la entrada del colegio. El desfile de autos de último modelo frente a la escuela era una guerra de poder y ego en la que Alex junto con unos cuantos padres de familia (banqueros, modelos, inversionistas, gerentes y directores ejecutivos) llevaban mucha ventaja – Pasaré por ti cuando salgas – dijo Alex, dándole su lonchera y revolviéndole el cabello después de besarlo en la frente. Inmediatamente Christopher corrió hacia la puerta de la escuela, fusionándose con los niños de su mismo curso, donde Alex pudo identificar a la hija de Victoria Beckham, y demás descendientes de la gente más importante de Reino Unido. 

Al llegar a la oficina, fue recibido por Rose y el boletín actualizado, un frappé lo esperaba en su escritorio, junto con el periódico de cada día. 

- Buen día Rose, adelanta la hora de la inspección de del vestuario de John Varvatos para la sesión de fotografías en Argentina, quiero leer el avance del reportaje de las camas de bronceado, comunícame con Alexander Neumann, adelanta el desayuno con Alber Elbaz y recuérdame que tengo que pasar por Chris cuando salga del colegio. 

O Alex hablaba con suma lentitud, o se despojó de su saco y maletín con una habilidad sorprendente mientras dictaba órdenes a su asistente. Sin esperar réplica entró a su oficina para leer el periódico y tomar del café helado que degustaba cada mañana. 

- Llegaron las prendas de Varvatos – dijo Ben, al ver que Alex entraba a su área de trabajo después de que le avisaran por el pasillo que se aproximaba a sus aposentos – sacos, corbatas, pantalones y botines que... 

- Lo mismo de siempre – dijo Alex, interrumpiendo la lista de prendas y accesorios que ben recitaba – nada que no haya visto ya. ¿Qué hay de nuevo? 

- Está el uso de metal envejecido en los bolsos y hebillas de cinturones y botines de ante – comentó Duncan, un asistente de Jeff. 

- Entonces no hay mucho de donde elegir ¿Alguna sugerencia? 

- Un estilo rock-clásico – contestó Pierre, otro de los asistentes de Ben – hubo un boom del rock en español en los años ochenta, podríamos hacer un flashback a ésa época musical. 

- No suena mal – dijo, tomando una fedora negra, colocándola sobre un blazer gris para apreciar la combinación – tenemos un punto de partida, necesitamos prendas de Alexis Mabille, Qasimi, Gucci y Z Zegna. 

Después de que varios trabajadores mandaran la ropa al edificio (o en el más exagerado de los casos, que los representantes de las firmas los llevaran en persona) pudieron completar los looks que viajarían hasta Argentina. Pantalones de algodón, denim y pana eran empacados en bolsas de plástico herméticamente selladas para su traslado, los accesorios viajaban en cajas con forro de seda para evitar que los zapatos se rayaran o las bufandas llegaran planchadas a Buenos Aires. 

- Le falta algo, pero no sé – decía Alex, sentado en su oficina leyendo frases sueltas del artículo sobre las camas de bronceado de Jeff. 

- Como verás es un artículo completo: muestra datos clínicos, cosmetológicos, opiniones de de expertos del cuidado de la piel y una entrevista con un dermatólogo que... 

- ¿L consultaste con Xavier? – preguntó Alex, al notar que el área de redacción y grooming eran tocadas por el mismo reportaje. 

- Por supuesto, aunque por el volumen de la información y las fotografías de los centros de tratamiento pasó a ser parte del departamento editorial. 

- Bien, lo corregiré después – exclamó, dejando de lao las hojas sobre el escritorio de cristal. Giró su silla para darle la espalda a Jeff y poder mirar por la ventana el paisaje urbano de Londres. 

- Alex, el auto te espera para salir al desayuno con Alber – anunció una tímida Brenda, abriendo las puertas de cristal, lo suficiente como para poder anunciar el recado a Alex y nada más. 

Se puso de pie y tomó su saco del perchero, sin despedirse bajó por el ascensor hasta la planta principal y salió a la calle, abordando un vehículo de la compañía que lo llevaría a su encuentro con el diseñador de Lanvin. Alex nunca usaba su auto para salidas de negocios, después del incidente con Chris para recogerlo en el colegio, Rose llamaba cada semana a un grupo de mecánicos para que revisara su auto, un grupo de hombres que hasta el más experimentado corredor de fórmula 1 querría como parte de su equipo de pits. 

- Hola Alber – saludó Alex sin entusiasmo, fingiendo una sonrisa apagada al presentarse con el diseñador - es un gusto verte. 

- El gusto es enteramente mío – contestó Elbaz, poniéndose de pie para recibir a Alex – Me tomé la libertad de ordenar por ti – comentó, señalando al mesero que se aproximaba a ellos, dejando sobre la mesa una ensalada de frutas y granos selectos, acompañada de jugo de naranja natural. 

- Oh... Gracias – dijo, mirando con resignación su desayuno verde. 

El tiempo en el que tardaron ingerir los alimentos transcurrió con alabanzas mutuas, tanto del trabajo de Alex como el de Alber, temporadas pasadas y ediciones anteriores de Vogue salieron a flote como tema de conversación hasta que Alex insinuó que tenía prisa. 

- la colección completa – dijo Alber, sacando de su bolsa de piel trenzada un libro encuadernado con letras plateadas de la firma en la tapa del mismo – Cada prenda está allí, cada detalle, sombrero,, cinturón y pulsera plasmadas en éstas páginas, incluso los bocetos de ropa que no ha sido confeccionada aún. 

Alex se despidió de Alber prometiéndole que lo llamaría al analizar la colección con más detenimiento. En su oficina paseaba cada hoja del libro, tomaba pequeñas calcomanías circulares donde indicaba con un “SI” o un “NO” a lo largo de cada prenda, pantalón, saco y camisa que llegaría a Vogue, serían fotografiadas y después de un proceso meticuloso de tintorería de lavado en seco darían a parar a su armario. 

- Alex... – una temerosa Rose se asomó por la puerta de cristal, cuando Alex hubo girado para quedar frente a sus asistente – recuerda pasar por Christopher al colegio – dijo – es todo por ahora – y con el mismo sigilo con el que se acercó, cerró la puerta. 

Alex bajó hasta el estacionamiento, donde su auto fue revisado de los niveles de aceita, agua y gasolina, el estado de los frenos y el funcionamiento de los faros. Una vez fuera del colegio vio como los niños corrían a los automóviles de sus padres o los choferes que mandaban por sus hijos. Algunos niños esperaban sentados, pero por ningún lado se veía a Chris. 

- Disculpe, mi hijo no ha salido ¿Podría verificar si sigue adentro? 

- Todos han salido – respondió una maestra regordeta – no hay nadie más adentro... 

- Tiene que estar adentro – exclamó Alex – no pudo irse por sí solo –Alex guardó silencio, volteó a todos lados como esperando a que su hijo saliera corriendo detrás de un árbol hacia sus brazos - ¿Me está diciendo que alguien más se llevó a mi hijo? – preguntó frenético, tomando a la maestra por los brazos y sacudiéndola, tomó su celular y con la sensación de estar preso dentro de su propio cuerpo caminaba en círculos a la entrada de la escuela – Charlotte... ¡Chris no está! ¡Alguien lo secuestró!