- ¿No vienes? – preguntó Alex a su hijo, dispuesto para salir una noche más junto con sus amigos, disfrutando de la “libertad” que se le presentaba al no tener a Charlotte junto a ella.
- Ehh... ¿Puedo hablar contigo? – preguntó Chris, esperando que su tono de voz no delatara preocupación.
- ¿Es importante? – Alex observó que Chris no sacaba las manos de sus bolsillos y sus hombros estaban contraídos, como si de la nada se hubiese apenado de algo.
- Pues... Sí – contestó
- Bien, entonces me lo dirás cuando lleguemos allá – Alex tomó a su hijo del hombro y lo encaminó hacia la puerta, donde no tuvo otra opción más que subir al vehículo en el asiento delantero. Donde pudo notar que Rupert y George lo miraban con atención.
- ¡Genial! Nada como unos tragos para olvidar el estrés del día – comentó Rupert, palmeando el hombro de Chris desde el asiento trasero.
Camino al restaurante, Christopher trató de actuar con normalidad, pero el nerviosismo de sus pies lo delataban al moverse sin parar.
- Somos cuatro linda – dijo George a la mesera que se acercaba para recibirlos, la cual los condujo a una mesa cuadrada pegada a la pared más lejana de la entrada.
- Una pizza extra grande con todo, tres cervezas y... una soda de limón para el pelirrojo – dijo Alex a la mesera, ignorando la cara asesina de Rupert que adoptaba cuando se burlaban de él o lo hacían menos - ¿Qué es lo que tenía que decirme?
Christopher miraba a Rupert y George con desconfianza y ambos lo miraban con pereza. Hubiese deseado que ellos dos no estuvieran allí, hubiese deseado que él no estuviera allí, pero no podía callar las sensaciones que sentía.
- Pues... Yo estaba en el edificio esperando el libro cuando... Llegó Ashlee.
- ¿Y? – Preguntó Rupert, esperando escuchar lo interesante del asunto.-
- Que... Paseamos por el edificio porque ella no lo conocía y... Llegamos al armario...
- ¿Y? – preguntó George, mostrando cada vez más expectación por el relato
- Y... Lo hicimos – dijo, antes de hundir la cara en los brazos sobre la mesa.
- ¿Hicieron qué? – preguntó Alex, ya que no había entendido el concepto de su respuesta.
- Hicimos eso... – contestó, mostrando con su mano izquierda un aro con los dedos índice y pulgar que era atravesado por el dedo índice de la mano derecha.
- ¡¡¡NOO!!! – Exclamaron Rupert y George burlonamente, llamando la atención de las mesas aledañas a la suya.
- ¿Es en serio? – preguntó su padre, dejando de lado el tono “amargado-preocupado-paternal” para hablar con una voz que parecía de un amigo
Chris asintió desde la mesa, el cantante y el actor todavía celebraban la confesión del chico sin que éste pudiera decidirse entre salir corriendo o atravesarse la garganta con un popote.
- ¡Cuéntanos, cuéntanos! ¿Fue sucio? – preguntó Rupert en un susurro, acercándose al centro de la mesa para darle dramatismo.
- ¿Diste el primer paso? – Preguntó George - ¿Te invito a que le quitaras el pantalón? ¿Le desgarraste la camisa?
- ¡Hey! Déjenlo hablar – comentó Alex – Cuando es la primera vez muchas ideas, cientos de ideas te rondan por la cabeza, así que esta noche puedes sacarlas todas - Alex lo invitó a que se expresara abiertamente ante “sus tíos”, el chico sabía que no tenía más remedio que hablar, no porque sabía que lo obligarían a serlo, sino porque tarde o temprano lo haría con un amigo – Bien... Veo que es difícil, así que comenzaré yo – dijo su padre, tomando un trago de su cerveza e inhalando hondo – a tu edad tuve sexo con una sandía – comentó, haciendo que tres pares de ojos se posaran sobre él con asombro - ¿Qué? Perforabas una sandía, cerrabas los ojos y te dejabas llevar... Sigo sin recordar que fumé aquel día...
Christopher no podía creer lo que su padre le contaba: en la universidad había tenido un periodo de lujuria que lo orilló a tener relaciones con una fruta.
- Pero... Lo mío con Ashlee fue... – El chico no sabía cómo pronunciar lo que por su cabeza rondaba: miles de emociones acerca de su primer encuentro sexual.
- Mira, si algo aprendí de estos dos idiotas es que cuando estás con una chica puedes definir si fue sexo o amor.
- ¿Y cómo saberlo? – preguntó, levantando la mirada a George y Rupert, como si ellos le espetaran la respuesta.
- Todo está en su mirada – dijo George – al ver sus ojos puedes darte cuenta de lo que en realidad va a suceder... Además... Un hombre enamorado es un completo imbécil.
- Babeamos... – añadió Rupert, tomando una rebanada de pizza de la caja, haciendo un gesto de desagrado con la lengua
- Y aunque nos pateen seguimos allí – comentó su padre.
- ¿Pero te cuidaste cierto? – preguntó Rupert con seriedad.
- Sí yo... usé un condón... – contestó en voz baja, para que nadie fuera de la mesa pudiera escucharlo.
- Toda estrella de rock necesita uno – comentó George, sacando de su billetera un preservativo, al igual que Alex y Rupert, que había mostrado tres unidos por una tira...
- Todo Davis necesita uno... – puntualizó Alex
- ¡Pero cuéntanos! ¿Cómo te fue? – preguntó Rupert con más curiosidad que antes
- Bueno pues... Ella se acercó a mí... Comenzamos a besarnos y una cosa llevó a la otra...
- Menos mal que tocas la guitarra – comentó George – así podrás mantener tus manos ocupadas, una vez que comienzas es difícil parar.
- Es así como funciona: Antes de tener sexo piensas más en lo que vas a hacer mal que en lo que ella pueda fallar – dijo Rupert, pidiendo otra cerveza – estás suplicando porque su brasiere no tenga un brochecillo engañoso. Y cuando se quita los zapatos piensas: “¿Porqué no aspiré la alfombra? ¿Porqué no compré una botella de vino o llené la tina con pétalos de rosas?” Pero cuando te das cuenta de que acerca sus caderas invitándote a que le bajes los jeans, sabes que estás listo para devorarla como si fueras un bulldog, quieres pasar un momento súper hot y si quieres que se repita tienes que hacerlo bien... Ojalá y ellas nos dijeran como lo hacemos.
- Durante el sexo – comentó George, como pidiendo un turno para hablar – es como... pensar en Lenny Kravitz – dijo, para el asombro de los tres presentes – recuerdas como al tocar se volvía loco con la guitarra y le sacaba sonidos orgásmicos a las cuerdas. Sé que deberíamos estar concentrados totalmente en la chica... ¡Y lo estamos! Pero más hot esté el asunto, será más necesario pensar en algo regular. En sesenta segundos de sexo, mil ideas pasan por la mente de un hombre, piensas en todo: desde el tamaño de sus senos, el porqué tienes frío en el trasero y recuerdas a Lenny Kravitz.
- Después del sexo todas las mujeres tienen la idea de que nosotros perdemos interés en el instante en el que salimos de su cama después de habernos metido allí – dijo su padre, dejando la rebanada de pizza a medias para hablar – Es una mentira absoluta. Los químicos del cerebro hacen que nos desinhibamos y sintamos una satisfacción casi animal... salvaje...
- ¿Cómo sabes eso? – preguntó George
- Saldrá en el próximo número – contestó Alex, y volviendo a poner la mirada en su hijo prosiguió: - Son felices estando a nuestro lado, a menos que estén ebrias o haya sido sexo por compasión. Y si salimos de la cama no es porque queramos huir, queremos caminar desnudos por ahí sintiéndonos Dios sin hablar, pero deseando que estén cerca, además, su cuerpo desnudo en nuestra cama es un verdadero milagro, donde deseamos que esperen hasta que se nos pase la euforia para comenzar de nuevo.
- ¿Y cómo saber si lo hice bien? – preguntó Chris, harto de que le dieran vueltas al asunto dejando de lado para platicar sus experiencias
- Obviamente no iba a decir gracias – comentó George
- Tampoco te pagaría por ello – dijo Rupert
- Sólo ella lo sabe – dijo su padre - y si te llama para verse luego, entonces no dudes de que así fue.
Camino a casa un remarcado peso sobre sus hombros había desaparecido, veía su contacto sexual con Ashlee como algo que en verdad habría agradado a la chica, lo cual le preocupaba.
- Cuídate amigo – dijo Rupert antes de despedirse – sabes a lo que me refiero – añadió, poniéndole en la mano un preservativo.
- ¡Ya eres un hombre! – Exclamó George – No es que no lo hayas sido antes... Bueno... La semana entrante pagas las cervezas – comentó, antes de desaparecer tras la puerta.
- Creo que no hay más que hablar – dijo Alex, subiendo las escaleras junto con su hijo – se te nota en los ojos, has crecido – observó.
- Papá... – Chris se detuvo antes de entrar a su habitación para hacerle una última pregunta a su padre - ¿Porqué te casaste con mamá?
- Por imbécil – contestó sin pensarlo dos veces – Me casé por amor.