LXXXVI - La carta



- Buenos días Chris – saludaron las gemelas camino a su escritorio al ver al chico acercarse a la oficina de su padre.


- ¿Qué hay? – preguntó distraído, cargando los foulards que Alex encargó de una tienda Hermès y abriendo la puerta de cristal con dificultad. 

- Milán y París son las semanas más importantes en esta época del año – comentó Alex, al ver que su hijo había entrado a su oficina – necesito conmigo al mejor equipo para las semanas de la moda... 

- Bien, le diré a Ben que... 

- Eso te incluye a ti – añadió Alex, alzando la mirada para ver la reacción del chico 

- ¿Yo? Pero... No... No sé... Nunca he ido a... 

- ¿Quieres quedarte dos semanas del verano con tu madre? – preguntó, sabiendo que la respuesta era más que obvia. 

- Bien... avisaré a Ben que no irá solo. 

Christopher salió de la oficina con pesar, aunque sabía que era mejor visitar Milán y París a quedarse bajo el cuidado excesivo de su madre, la cual lo enclaustraba en casa o lo obligaba a ir con ella a los spas y clínicas de belleza a los que asistía en su tiempo libre. 

- Como sabrán, Alex se está preparando para los desfiles – comentó Ben en el armario, el lugar donde se reunían sus asistentes para que sus tareas fueran asignadas – eso significa que estarán más ajetreados que nunca, excepto nosotros claro – dijo, mirando a Chris con complicidad. Las miradas de los demás chicos se posaron sobre él como armas a punto de dispararle, el hecho de asistir a la máxima cumbre de los diseñadores hacía que los celos y envidias estuvieran a punto de ebullición – A Alex le interesará saber el avance de la revista, tendrán que conectar llamadas de Italia-Londres-Francia en cuanto lo pida, una ventaja de ello es que no saldrán del edificio a menos que haya un terremoto o éste se encuentre en llamas. 

- Alex necesita corbatas para la sesión de esta tarde – anunció Brenda desde la puerta, interrumpiendo el sermón de eficacia que Ben le pedía a los nuevos. 

- Christopher, Owen, corran – ordenó Ben, haciendo que los chicos obedecieran sin chistar. Al correr hacia el ascensor, Newhouse los saludó con un alegre “Buenos días” antes de cederles el paso. 

- Debe ser genial asistir a todos esos desfiles – comentó Owen, perdiendo la mirada en la ventana de la puerta de su lado correspondiente del auto – todos esos diseñadores, modelos, fiestas... Increíble. 

- Sería la primera vez en un desfile – comentó sin importancia – es ridículo como se preparan por meses para algo que sólo dura unos cuantos minutos. 

- Nosotros no lo vemos así – dijo Owen – lo vemos como algo mágico que merece la pena vivir una vez en la vida. 

- Llegamos – anunció el chofer que en anteriores ocasiones había transportado a Chris hacia diversos puntos de la ciudad. Ambos bajaron del auto para recorrer las tres plantas de un centro comercial en búsqueda de las corbatas que Alex había exigido. Minutos después y con sudor en la frente, la cajuela del auto se llenó de pequeñas bolsas de Burberry, Canali, Roberto Cavalli, Dolce & Gabbana, Frankie Morello, Carolina Herrera y Louis Vuitton. 

- Tenga – dijo Chris, extendiéndole desde el asiento trasero un café al chofer - ¿Pasa algo? – preguntó, al notar que el hombre tras el volante miraba con detenimiento el recipiente. 

- No es nada, sólo que... En todo este tiempo nadie ha tenido un detalle así conmigo, todos están preocupados por el nudo de su corbata o su maquillaje... Gracias chico – dijo, antes de adentrarse en el tráfico de las calles. 

- ¿Porqué tardaron tanto? – Preguntó Ben, al verlos salir del ascensor - ¡Dios! Los teléfonos no han parado de sonar para confirmar los desfiles; tú, tú y tú vayan a redacción – ordenó, señalando a Chris, Oliver y otro chico detrás de ellos. 

Los tres sabían perfectamente que el área de redacción era uno de los departamentos más tranquilos de todo el edificio, en donde nadie corría o gritaba órdenes a diestra y siniestra como en el departamento de arte o de moda. 

- Más correspondencia – dijo Jeff, con el falso entusiasmo de un trabajador que comienza la semana laboral. 

En general, las cartas eran para elogiar el trabajo de la revista, el 90% de ellas hacia Alex, y el otro diez para los cuatro pilares del editor. Aproximadamente cinco o seis segundos era lo que tardaba un chico en leer las primeras líneas de las cartas y desecharla tras presagiar su contenido. Christopher abría los sobres, leía y desechaba el papel con monotonía hasta que se dio cuenta de que había llegado a la cuarta línea de una carta escrita a mano, y al percatarse de este hecho, comenzó a leerla de nuevo: 

 Estimado Señor
Davis:
Mi nombre es
Charlie Glyde, tengo 17 años y vivo en Richmond. Estoy muy descontento con mi
cuerpo aunque muchas personas digan que no soy un debilucho o que mi nariz no
está torcida.
Quiero
ser como los modelos que aparecen en su revista. Cada mes espero impaciente la
llegada de Vogue con el correo, aunque mi madre diga que soy un tonto por
gastarme el dinero que gano en la tienda de papá en una revista de moda. Pero
ella no entiende que tengo un sueño, pero usted si, ¿Verdad? El problema es que
mi nariz es enorme y no tengo músculos en ningún punto de mi cuerpo y me da
mucha vergüenza. A veces me pregunto si quiero vivir así y la respuesta es ¡NO!
Quiero cambiar y tener un mejor aspecto y sentirme bien, y por eso es que le
pido ayuda. Quiero mirarme en el espejo y ver a una persona digna que pueda
aparecer en la mejor revista del planeta: la suya.
 Señor,
sé que usted es una gran persona y un director de moda maravilloso, y que
podría convertirme en una persona nueva, y créame si le digo que estaré
eternamente agradecido. El próximo 4 de Julio es la fiesta de graduación, y
aunque no tenga acompañante aún, llevaré un traje azul que era de mi padre. Mi
madre dice que no importa que los chicos vayamos solos. Mis diseñadores
preferidos son Hugo Boss, Ralph Lauren y Versace, me gustan muchos más, pero
éstos tres son mis preferidos. No tengo ropa de ellos, y ni siquiera
 la he visto en tiendas (dudo en realidad que
en Richmond vendan sus diseños, pero, si conoce alguna, por favor, dígame dónde
para poder verlos de cerca), pero los he visto en Vogue y en realidad me fascinan.
Ya
no lo entretengo más, quiero que sepa que aunque tire, queme o ignore eta
carta, seguiré siendo un gran admirador de su revista, porque me encantan los
modelos, la ropa y todo lo demás. Y por supuesto, lo adoro a usted y su
trabajo.
 Atentamente:
Charlie Glyde
 
PD:
Mi teléfono es 01743439482, puede llamarme o escribirme, pero le ruego que lo
haga antes del 4 de Julio para recibir su consejo... ¡Gracias!

Christopher sostenía la carta aún entre sus dedos temblorosos, era increíble como la vida de alguien dependiera enteramente de una publicación mensual; pensó en su padre, que a los dos segundos de tener ese papel escrito a mano lo tiraría al cubo de basura junto con los restos de su frappé. “Ella no entiende que tengo un sueño, Pero usted sí, ¿Verdad?” El chico recordó como su padre le había platicado sobre cómo tuvo que salir adelante, al igual que su abuelo, dejando atrás a la familia. Alzó la mirada y su corazón se estrujó, nunca había pensado que los chicos que estaban a su alrededor habían luchado entre ellos por permanecer en donde están, que todos y cada uno de ellos consideraban un honor cruzarse con Alex por el pasillo o entregarle en sus manos una carta o una camisa que había exigido de inmediato. Pensó en Oliver, en cómo se esforzaba por ser mejor de entre sus compañeros... Y en Ben, que era uno de los coordinadores de su padre, pensó en todo lo que ha tenido que vivir para llegar en donde está y lo que hacía para mantenerse allí, imaginaba el futuro incierto de todos ellos cuando la voz de su padre lo sacó de su ensimismamiento. 

- Christopher, prepárate a salir en quince minutos, tu madre llegará al aeropuerto en cualquier momento. 

Un murmullo de expectación se apoderó de los asistentes de moda y redacción, como si a Chris no le bastara con ser hijo de la leyenda viviente de Vogue UK, su madre era una bella modelo de revista con flagrante cabellera rubia y piernas torneadas a la perfección. En el estacionamiento, Christopher notó que un ramo de rosas frescas yacía en el asiento trasero del vehículo que quizá Brenda, Caroline o Cassidy mandaron comprar para la esposa de Alex. 

- Relájate, no le diré nada a tu madre de lo que pasó – comentó Alex al ver que su hijo denotaba preocupación en su rostro, obviamente hacía referencia a lo sucedido con Ashlee y la piscina, pero Christopher no dejaba de pensar en Charlie y de cuantas personas como él había allá afuera. 

A través del torrente de personas que salían del área de abordar, Alex identificó a su esposa que caminaba hacia ellos seguida de un encargado del aeropuerto con sus maletas y baúles en un carrito. Charlotte sonrió al ver a su esposo e hijo esperándola a la distancia, el estar a escasos pasos de ellos Alex la recibió con un beso en los labios que se extendió varios minutos en los cuales fingían que Christopher y el ramo de rosas en sus manos eran invisibles. 

- ¿Me extrañaste? – preguntó la chica con los brazos sobre el cuello de Alex. 

- Como no tienes idea – contestó éste, mirando a Chris para que dijera algo a su madre. 

- Mamá... pues... Te traje esto – comentó, estirando los brazos de manera robótica para que su madre tomara las flores, como si éstas fueras radioactivas. 

- ¿Se lo pidieron a Brenda, cierto? – preguntó, entornando sus ojos a la mirada furiosa que adoptada cuando presentía que debía dar un castigo severo – no sé qué sería de ustedes dos sin ella y sin mí ¿Nos vamos? Quiero que la noche que me prometiste comience desde ahora – comentó, dejándose rodear la cintura por el brazo de Alex – Chris cariño, ¿Podrías ayudar a este pobre hombre con el equipaje? – su madre ahora había entrado al modo “madre amorosa” con el que Chris suponía conseguía todo lo que se propusiera. Tras acomodar los baúles y maletas (que estaban más llenas antes de que emprendiera el viaje a Dubai) dentro de la cajuela del auto, Alex le arrojó las llaves del auto a Chris, el cuál miró a su padre y madre respectivamente con los ojos muy abiertos. - ¡Ah no! ¡No lo harás! – Exclamó Charlotte, buscando arrebatarle las llaves del auto a su hijo. 

- ¡Cherry cálmate! – Alex trataba de contenerla, como quien tira del extremo opuesto de una cuerda atada al cuello de un león que se abalanza sobre su presa – Está bien, ha aprendido muy rápido, prometo que nada va a pasarnos, ¿Entendido? 

Cuando Alex pudo convencer a Charlotte de que tendrían un viaje seguro a casa, ambos se acomodaron en el asiento trasero dispuestos a que su hijo condujera hacia su hogar. Christopher no sabía que podría resultar peor: Que sus padres pasaran de las caricias y los besos a algo más, o que eso lo distrajera y provocara un accidente. 

- Tienes envidia porque estuve rodeada de árabes atractivos – comentó Charlotte, recordando el servicio de masajes del hotel. 

- Unos celos terribles – afirmó Alex, apartándole el cabello de la cara a su esposa para apreciar sus ojos mejor. 

Al llegar a casa y tras subir el equipaje al piso superior, Charlotte le suplicó a Alex que se quedara la tarde con ella, pero él necesitaba regresar al trabajo. 

- Llama a una amiga – decía Alex, con su esposa sentada en sus rodillas en la sala, esperando a que Christopher saliera del baño para volver al edificio – relájate, descansa del viaje... – Alex se había acercado a su oído izquierdo para susurrar – que esta noche no te dejaré dormir. 

- ¿Nos vamos ya? – Christopher prefería largarse de su casa antes de que su madre le arrancara la camisa a Alex y aquello terminara como lo suponía. 

- Te espero más tarde – dijo Charlotte desde la sala a su marido - ¡Y tú, más te vale que te portes bien! 

- ¡Ya no tengo Cinco años mamá! – exclamó Chris 

- ¡Lo sé! ¡Y sabes que no miento si te digo que eras más adorable que ahora! 

- Créeme linda, Christopher ya no es un niño... – dijo Alex, antes de empujar a su hijo hacia la puerta. 

En el auto, Alex se mostraba más entusiasta ante la llegada de su esposa, sabía que al igual que él Chris contaba los minutos para volver a casa. 

- Debe ser difícil no tener... sexo durante tanto tiempo – comentó Christopher. 

- Lo dices porque lo tuviste hace menos de una semana ¿Crees que eso ya te hace un experto? 

- Claro que no... Pero han sido casi semanas en la que no estás con mamá... 

- ¿Qué te traes entre manos jovencito? 

- No nada... Es sólo que pensé que no podías soportar un minuto más desde que la viste en el aeropuerto. 

- Calma tu libido amigo, para ambos serán dos semanas difíciles en Milán y París... Lejos de nuestras hermosas chicas, y rodeados de modelos extraordinariamente bellas y actrices que nos toparemos por montones en cada fiesta ¿Crees poder soportar? – preguntó, dirigiéndole a Chris una mirada retadora, como esperando que apostara. 

- Por supuesto, siempre y cuando no flaquees. 

- Hecho – dijo Alex, ofreciéndole la mano derecha a Chris en señal de sellar un pacto – por cierto, dile a Ashlee que no estarás con ella dos semanas. 

Ashlee. Había olvidado por completo notificarle que iría con su padre a Milán y París para los desfiles. De repente pidió que ese día no terminara nunca para no tener que decirle a la chica que se tenía que separar de ella, sin embargo, las dos horas restantes que pasó en el edificio de Condé Nast parecían enfocarse en que ese momento llegara cuanto antes. Cuando se vio de nuevo en la sala de su casa respiró hondo y marcó el teléfono de su novia. 

- ... No contestes... Por favor no contestes... 

- ¿Hola? 

- Hola Ashlee, soy Christopher 

- Oh... ¡Hola Christopher! – Ashlee también sonaba sorprendida de escuchar la voz de su novio, ya que después de su encuentro en el armario la comunicación era casi nula. 

- Salí temprano del trabajo de papá y me pregunté si... podrías venir a casa un momento – caminaba nervioso por la sala, continuamente miraba a la ventana, como si Ashlee se materializara del otro lado del cristal de un momento a otro. 

- Si claro... ¿Te encuentras bien? 

- Si... sólo quiero verte – contestó el chico, esperando no sonar demasiado cursi. 

- Está bien, te veré luego – dijo la chica, colgando el teléfono para salir enseguida. 

Christopher esperó fuera de su casa impacientemente, sentado en las escaleras de la puerta esperando a que Ashlee apareciera del otro lado de la verja para que pudieran hablar. Cuando la chica y su cabello castaño libre al viento hicieron acto de presencia a metros del chico en el jardín delantero, Chris tomó el suficiente aire como para sumergirse en el océano, deseando tenerlo en frente para poder ahogarse en el. 

- Hola – saludó la chica, acercándose hasta donde estaba Chris - ¿Querías verme? 

- Más que antes – dijo éste, tomándola de la mano y caminando con ella hasta el jardín trasero, donde se pasaba desapercibida cualquier actividad de sus padres dentro de la casa – tengo algo que decirte 

- Oh... Creo que sé lo que eso significa – dijo la chica con pesar – pensaba que... que no eras uno de esos chicos que... después de tener lo que quieren se van, olvidándose del pasado. 

- ¿Qué? ¿De qué hablas? 

- ¿Quieres terminar conmigo cierto? – Preguntó la chica, ocultando la cara con su cabello y sentándose en el sillón colgante – Después de... estar juntos ya no te importo. 

- ¿Qué? ¡Claro que no! Te amo Ashlee, me encantó estar contigo, en verdad me encanta estar junto a ti... Nunca te dejaría de esa manera... Y menos después de lo que hubo entre nosotros. 

Ashlee miró a Christopher a los ojos, el intenso azul de su mirada la hizo parecer una tonta por pensar que Christopher era uno de esos chicos universitarios que dejaban a sus novias después de tener sexo con ellas, se sintió culpable de haberlo juzgado de esa manera y se sintió una estúpida por haberse dejado llevar por la intuición. 

- Entonces... ¿Qué quieres decirme? – preguntó, con una voz segura. Algo que le gustaba a Chris de ella era que nunca lloraba, su cuerpo parecía frágil, pero su carácter era tan fuerte como el árbol que los cubría de los rayos del sol de aquella tarde. 

- Iré con mi padre a Milán y París por dos semanas – dijo, esperando que con la velocidad con que lo pronunció produjera un menor impacto en la chica. 

- Vaya... Eso es... Genial 

- No, no lo es – aclaró Chris – lejos de ti dos semanas será un periodo insoportable. 

- No lo veas tan mal – contestó ella, tomando la mano de Chris y entrando al corredor, debido a que unas gotas de lluvia comenzaban a caer del cielo – Irás a los desfiles que mucha gente se muere por ver, si yo fuera tú, trataría de disfrutarlo al máximo. 

- Y si yo fuera tú, preferirí... Christopher no terminó a formular su frase, ya que unos silbidos llegaron desde el otro lado del cristal, al girarse, vieron como Alex caminaba por la cocina en calzoncillos buscando algo en el refrigerador, cuando cerró la puerta del electrodoméstico notó que su hijo y Ashlee lo miraban con sorpresa, Christopher quería morirse de vergüenza, al igual que Ashlee, pero ambos por motivos diferentes. 

- ¡Oh! Qué... incómodo – dijo Alex, ocultándose tras el desayunador para que Ashlee sólo lo pudiera observar de la cintura hacia arriba – sólo vine por... bueno yo... No quería interrumpirlos... sólo... Bien, ahora ya sabes porque compro jarabe de chocolate si nadie come postres en casa – comentó a Chris, bebiendo del líquido negro directamente de la botella y dirigiéndose hacia las escaleras para subir a su habitación con tazón de fresas y el chocolate, al girarse, Christopher pudo notar que en la espalda su padre mostraba unos pequeños rasguños y sabía perfectamente que exageraba al caminar para que su trasero se notara más prominente. 

Ashlee hubiese preferido mojarse bajo la lluvia o recibir un rayo antes que ver al padre de su novio en ropa interior. Sus mejillas se habían encendido tanto que le daba el aspecto de arder en fiebre. 

- Perdona yo... ¡Dios voy a matarlos! – exclamó Christopher, presionando las palmas de sus manos contras sus ojos, para que las luces y oscuridad sustituyeran la visión de segundos atrás. 

- Tus padres no dejan pasar el tiempo en vano – comentó la chica – y en verdad... Me alegro de que vayas a París... Verás a gente famosa, gente de revista y modelos que miden lo doble que yo. 

- ¿Sabes porque me gusta que midas menos de dos metros? – preguntó Chris, acariciando el cabello de la chica, mientras ella reposaba su cabeza en el pecho del chico 

- ¿Qué tiene de interesante ser bajita en comparación con las chicas de revista? 

- Que me encanta que pongas tus pies sobre los míos cuando me besas – contestó - ¿Me esperarás cierto? 

- Dos semanas – afirmó ella – ni un día más.



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El objetivo de la carta de Charlie era recordar a Alex de la humildad de las personas que leemos una revista de ese tipo, cayó en manos de Christopher y eso hizo que la historia terminara de ese modo... si no la hubiera leído y darse cuenta de las “Vidas vacías” que Vogue provocaba seguramente hubiera dejado la música para aceptar ser modelo, o al menos no se hubiera tomado tan en serio ser cantante.