VI - El encuentro


La mañana del domingo apareció mucho más tranquila que la del día anterior. Una lluvia apacible caía sobre las ventanas en el exterior de la calle y el cielo nublado anunciaba que las horas próximas serían de entretenimiento enclaustrado en casa.

Bajó a la sala y encontró a Rupert en el sillón jugando con una consola de videojuegos.

- Hola - dijo éste sin mirarlo y concentrándose en el juego - ¿Quieres jugar? - preguntó extendiéndole el otro control.

Alex lo tomó, bostezó y se acomodó en el sillón subiendo los pies.

- ¿Tienes planes para hoy? - preguntó Alex - que no sean embriagarte o perder el conocimiento en mi sala.

- No - contestó, moviendo bruscamente el control - tengo que ir a casa a dormir, ésta semana comienzo la promoción de Eddie The Eagle y tendré que viajar y no podré dormir mucho y eso me disgusta.

- Yo me iré a Milán cuatro días - dijo Alex - ropa, modelos y fiestas en Italia. Para hoy sólo tengo pensado salir de compras.

- ¿La ropa que tienes arriba no es suficiente?

- Nunca es suficiente - explicó, concentrándose en el juego - no para mí - razonó un momento y añadió - a veces pienso si en realidad estoy haciendo lo correcto.

- ¿A que te refieres? - preguntó Rupert que se movía más con el control en las manos que el mismo personaje de la pantalla.

- Dirijo una revista de moda - explicó - los diseñadores nos mandan sus creaciones para exhibirlas en las páginas, son prendas y accesorios que cuestan cientos de dólares y que la gente compra en masa cuando hay personas en África que sobreviven con un dolar al día. ¿Comprendes? Me siento culpable de exhortar a los hombres alrededor del mundo de que compren algo que luce bonito, que está de moda y que los vuelve deudores con el banco.

- Vamos, - dijo Rupert dándole un codazo a Alex - tú no tienes la culpa de lo que pasa en todo el mundo. No eres una especie de Robin Hood del siglo XXI que puede robar a los ricos para entregar a los pobres.

- Quizá tienes razón - murmuró Alex - Es lo que siempre decía mi padre: Los diseñadores fueron creados para hacer sentir peor a los que menos tienen. No tienes idea de lo que es mentir a tu propia madre acerca del precio de un abrigo de Burberry porque se volvería histérica.

- Pero ahora vives solo y tienes más libertad -

- Exacto - dijo Alex subiendo las piernas a la mesa del centro - Mi madre llama de vez en cuando para notificar que estoy bien: que me lavo los dientes, que me corto el cabello - dijo, tomando  un mechón de la frente y extendiéndolo hasta cubrir su nariz y la parte superior de sus labios - que como frutas y soya... Cosas de una madre normal.

- ¿Y los visitas, o han venido a visitarte? 

- Fui la navidad pasada, es la primera vez en dos años que los vi desde que vivo aquí - le respondió - el año pasado no pude porque aún estudiaba en la universidad y no podía dejar el trabajo de lado, aunque ellos entienden que no puedo viajar tan lejos cada cierto tiempo.

- ¿Así que a futuro solo tienes la semana de la moda de Milán? - preguntó Rupert.

- Por el momento sí - respondió - y después a la aburrida vida detrás de mi escritorio.

- Eso no se puede llamar vida, amigo.

- Pues por vivir lo que tú llamaste vida terminamos ebrios en esta misma sala, amigo.

- No negarás que fue interesante.

- No negarás tampoco que fue un martirio abrir los ojos después.

- Es parte de la vida - filosofó Rupert - No todo es seda y algodón.

- Sí como digas - dijo Alex dejando el control en el sillón - voy a ducharme - dijo Alex poniéndose en pie - cualquier cosa que necesites tómalo, si timbra el teléfono deja que la contestadora grave el mensaje y la colección de vinos de la cocina quiero que siga entera para cuando salga. ¿Entendido?

- Si - dijo Rupert, sin apartar los ojos de la pantalla sin haber escuchado nada de lo que le mencionó.

El entrar en la ducha los poros de su piel respiraban vida, sentía recorrer el líquido por su cuerpo y sentía que sus sentidos despertaban de un golpe. Terminó de ducharse y se miró en el espejo: el cabello revuelto y los ojos avellana le regresaban la imagen de una versión desvelada y levemente demacrada por el alcohol y el desvelo.

Pasó a su habitación, escuchó pasos y Rupert tocó a su puerta.

- ¿Puedo usar tu regadera? - preguntó.

- Adelante.

- Ehh... ¿Podrías prestarme unos calzoncillos? - preguntó en voz alta tímidamente desde el baño - juro que te los pagaré.

Alex tomó unos calzoncillos empacados y se los pasó por la puerta del baño.

- Gracias - dijo Rupert - ¡Oye! - exclamó - ¡Son nuevos y de Dolce & Gabbana! Son muy caros, prefiero no usar nada.

- No seas tonto. - dijo Alex desde el otro lado de la puerta, conteniendo una carcajada - prefiero que te los quedes, a menos que los laves con cianuro para que yo los use. Además no te los cobraré.

El silencio se vio interrumpido por el agua que caía de la regadera, Alex terminó de vestirse con unos jeans ajustados, una camiseta y tenis rojos de botín. Para cuando Rupert salió del bañó entró en ropa interior a su habitación y estaba poniéndose la ropa del día anterior cuando Alex se la arrebató y dijo:

- Estás loco si crees que usarás eso - metió la ropa a una bolsa plástica y le señaló la cama - puedes ponerte eso, la ropa de ayer apesta a alcohol y pasto. - Alex regresó al tocador, donde se aplicaba roll-on debajo de los ojos para disminuir las ojeras.

- Te las mandaré limpias en cuanto pueda - dijo Rupert poniéndose unos jeans negros que le venían ajustados y una camiseta rosa - Bonita camiseta - dijo, al ver su reflejo en un espejo tras la puerta de Alex.

- ¿Te gusta ver a un conejo que fuma popó en tu camiseta? - preguntó Alex, aplicándose fragancia.

- Es llamativa - dijo Rupert, tomando la bolsa con la ropa sucia y bajando las escaleras - No sabes cómo te agradezco todo esto - dijo Rupert antes de salir a la calle, poniendo una mano en el hombro de Alex - te hice pasar una noche infernal y tú me respondes tan amablemente - Rupert salió a la calle y desde su auto le dijo: - Muchas gracias, amigo.

- Hasta luego - dijo Alex.

Entró de nuevo a su casa y recogió la consola de videojuegos. Llamó un taxi para que lo llevara al centro comercial donde se perdería por horas, caminaría hasta que los pies se le hincharan y cargaría bolsas aunque se le cayeran los brazos. Conectó su teléfono para cargar la batería. Y recordó lo que en esa casa había pasado la noche anterior: le había abierto su amistad a Rupert, alguien en quién sabía podía confiar ciegamente, habló de sus padres, su familia, sus orígenes y después su memoria se nubló, se encontró tirado en su propia sala con el cuerpo de su mejor amigo inconsciente por el alcohol. 

El sonido del claxon lo sacó de su ensimismamiento aletargado y reaccionó desconectando su teléfono, tomando su cartera, unos lentes de sol y subiendo al auto. En el trayecto su mente comenzó a volar y aterrizó en lo que Rupert le había dicho: Él también era un humano que necesitaba una válvula de escape, sin embargo Alex nunca supo que para los dos ese mundo del alcohol y la vida nocturna era nuevo.

Al pisar la entrada del centro comercial se sentía parte de una fracción de rutina que adoraba: las mismas tiendas, mismos pasillos pero diferentes prendas a la vez. Adoraba entrar en una tienda e identificarse con la música ambiental que aunque era algo elevada se podía entender perfectamente la plática de los demás. Ése era uno de esos días en que sale de compras con la intención de comprar, pero no siente atracción por nada y termina con los brazos llenos de bolsas.

Después de pedir una talla más chica de un trench y otro color de pantalón, salió hacia la cafetería por un café frío, "El elixir del diablo" como se conocía a su bebida favorita en los bajos bloggers de moda. "Anna Wintour adora el café caliente, porque es el diablo, el diablo del invierno llamado Alexis Davis bebe café frío", nada de aquella tarde en su oficina lo hizo reír más que esa frase.

- Deberían de mirar al diablo ahora - susurró para sí, sentándose en una mesa junto a unas jardineras - comprando ropa después de una terrible resaca, ocultando los ojos al mundo y bebiendo su elixir.

Sintió en el bolsillo izquierdo de su pantalón la vibración de su celular y despreocupadamente lo abrió y se lo llevó al oído.

- ¿Sí?

- Buenas tardes señor Davis - contestó una mujer desde el auricular opuesto - disculpe que lo llame en un día de descanso pero es algo urgente.

Alex casi se atragantaba con el café al escuchar la voz de Rose y al recordar que tenía una recepcionista para su oficina.

- ¿Paso algo, está todo bien? - Preguntó Alex poniéndose de pie y tomando sus bolsas.

- Sí, es sólo que el señor Newhouse quiere verlo cuanto antes, en la sala de reuniones.

- Voy para allá - dijo Alex, colgando el teléfono y corriendo a la esquina para detener un taxi. - ¿Sabe donde están las oficinas de Vogue Man International?

- ¿La revista al sureste de Piccadily Circus? - preguntó el chofer. - Sí, suba.

- Sí - contestó Alex subiéndose a la parte trasera del vehículo arrojando sus bolsas por delante - Por favor, dese prisa.

- A la orden - contestó el chofer.

A toda velocidad el chofer cruzó avenidas y calles alternas en donde las reparaciones de losas de pavimento detenían el tráfico, le ganó el paso a tres semáforos a punto de cambiar de color cuando en un movimiento brusco frenó frente a la acera que daba a las escaleras de acceso principal.

- Gracias - dijo Alex, bajando del auto con sus bolsas y pagándole al chofer - quédese con el cambio. Gracias.

Subió a toda velocidad por las escaleras y vio que Rose estaba de pie junto a las puertas giratorias de cristal.

- Buenas tardes señor Davis - le saludó ella, caminando detrás de él con paso enérgico - no sé a que se deba esta emergencia, el señor Newhouse simplemente me llamó para que lo ubicara y lo trajera aquí.

- Bien - dijo Alex subiendo las escalera al ver que el elevador se había cerrado ante él - por favor cuídame ésto - le entregó sus bolsas de compras y corrió a la sala de juntas.

Tocó la puerta, y al recibir la autorización para pasar, se dio cuenta de que muchas personas habían sido llamadas de emergencia debido a como vestían: se encontró con editores y publicistas vestidos listos para jugar golf, otros en prendas para disfrutar de un día de campo y una mezcla más de ropa que desentonaba con los trajes sastre a la medida que usaban en horario laboral.

- Siéntate Davis - dijo el Señor Newhouse, que estaba al frente de la mesa vestido con una camiseta tipo polo y un pantalón de vestir impecable. - lo hemos llamado de emergencia porque desafortunadamente uno de nuestros colegas no estará más entre nosotros - Alex cambio a un semblante serio, como una cara de lástima por un funeral, pero el señor Newhouse agregó - nuestro fotógrafo principal renunció esta mañana porque al parecer recibió una mejor oferta de trabajo de la revista Esquire.

- Pero señor... - dijo Alex rompiendo el silencio que Newhouse podía cortar con el filo de su uña - ¿Que no estaba aquí mediante un contrato? 

- Un contrato que nunca firmó - aclaró él, y los demás presentes hicieron un gesto de indignación - Lo que los hizo venir aquí, este día a esta hora, es lo siguiente: como verán, no podemos trabajar al ritmo que nosotros queramos, y mucho menos con algo tan experimental como un tercer número de ésta revista. A lo que me refiero es que tenemos el tiempo encima, el libro general que pasa a manos de Davis está supervisado cronológicamente... en pocas palabras necesitamos cubrir la portada y el reportaje principal con tendencias para los próximos cuatro días.

Un murmullo general se extendía por toda la sala de reuniones, Alex no alcanzaba a entender ninguna palabra de lo que decían, pero por la expresión de sus rostros no se auguraba nada bueno.

- Es por eso - dijo Newhouse alzando la voz - que paso las riendas de la portada y las fotografías internas a Alexis Davis - una mueca y sonidos de sorpresa se cernieron sobre el lugar, dejando a Alex petrificado en su silla ergonómica forrada en piel - si alguien tiene alguna pregunta, puede dirigirse a él - dijo Newhouse poniéndose de pie - eso es todo, tengan todos un buen día.

Todos comenzaron a salir con paso decidido detrás de Newhouse, excepto Alex, que el peso de su nombre en voz de su jefe lo había clavado al piso. Reaccionó un minuto más tarde y salió detrás del último rezagado. 

- Rose - dijo dirigiéndose a la recepcionista - congrega a todos en el piso dedicado a la edición, publicidad, asuntos externos y esas cosas - al ver que la chica sólo asentía con la cabeza le dio las gracias, se acercó al garrafón del agua y bebió dos de los vasos de papel desechables que había en el pasillo y bajó dos pisos, en donde todos los trabajadores de los cargos de edición, publicación y relaciones públicas esperaban una respuesta, una solución o por lo menos una orden de salida.

- Bien - dijo Alex elevando la voz - saben que desde que trabajo aquí la única exigencia que he tenido con ustedes es que se esfuercen demasiado por la revista - alzó la vista y continúo - sin embargo, ésta vez les pediré algo que va más allá de lo que pueden hacer aquí - cerró los ojos por un momento concentrándose y un rostro se le formó en la mente - consigan a Tom Felton - dijo en un tono de voz más alto, casi gritando para que todos lo escucharan - Consigan a Tom Felton, no me importa si está tomando una ducha, sáquenlo desnudo y tráiganlo aquí con una toalla, tráiganlo de cualquier parte del mundo en donde esté, si exige más de lo que le ofrecemos en cuanto a dinero, doblen esa cantidad, ¡Necesito a Tom Felton aquí, a primera hora de la mañana!

Todos los empleados se quedaron estupefactos ante la orden de Alex.

- ¿Que les pasa? - Preguntó eufórico - ¡Hagan llamadas, manden e-mails, hagan lo que tengan que hacer, ya!

El instante todos corrían hacia sus escritorios, tecleaban en la computadora con una rapidez impresionante y descolgaban y colgaban teléfonos a diestra y siniestra. Alex se echó el cabello hacia atrás, notando que la cabeza comenzaba a dolerle y se le ocurrió una idea, subiendo las escaleras hacía su oficina tomó su celular, buscando en el registro de llamadas entrantes marcó a un número móvil.

- ¿Bueno? - 

- Rupert soy Alex, necesito que me hagas un favor urgente - 

- ¿Qué pasó? ¿Está todo bien?- preguntó Rupert alarmado.

- Necesito que me digas como contactar o ubicar a Tom Felton - respondió Alex

- Hace tiempo que casi no tengo contacto con él - respondió  Rupert, tirando a una silla vacía la bolsa plástica en donde Alex la había metido - pero le puedo decir a mi asistente que se ponga en contacto con el de él y mandarle la información a tu secretaria.

- Por favor, date prisa - suplicó Alex - el fotógrafo renunció y tenemos que presentar avance en máximo cuatro días.

- Está bien, haré lo que pueda - dijo Rupert despidiéndose y colgando el teléfono.

- Rose - dijo dirigiéndose a su recepcionista la cual se puso de pie como era su costumbre - llamé a Rupert Grint, el tratará de ayudarnos a contactar a Tom Felton o a su asistente. Cualquier cosa que pase llámame ¿entendido?

- Si señor - contestó Rose devolviéndole las bolsas con sus compras.

- No me digas señor - dijo Alex - me haces sentir viejo - pero Rose no replicó, sabía que Alex tenía suficiente presión ahora como para un chascarrillo o una sonrisa de complicidad.

- ...Por favor que se ponga en contacto con las oficinas de Vogue Man International en Londres, es una emergencia, necesitan una portada urgente y están dispuestos a pagar lo que sea - explicó Rupert a través del altavoz de su teléfono convencional - dile que lo haga por un favor personal a su amigo Rupert.

- Ok, le haré llegar su recado  - contestó un joven desde el otro lado de la línea - buen día señor Grint.

Rupert desactivó el altavoz y tomando la bolsa de plástico la volcó sobre la mesa: cayó su pantalón, su camisa, saco, corbata y ropa interior, pero además unos billetes arrugados con un post-it que reconoció al instante. 

La frase "Lo siento" que había escrito él estaba rayada con tinta y debajo se leía "Gracias" con la letra de Alex.

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En este capítulo quise hacer un énfasis en el poder que Alex tiene al alcance de la mano: poder mover a cientos de personas con una sola orden y eso es algo que nunca pensó lograr, sin embargo muy dentro de él disfrutó dar órdenes de último minuto.