XC - La despedida






- ¿Vas a extrañarme, verdad querido? 

- No lo sé – contestó Alex fingiendo pensar – Quizá encuentre a una asistente igual de linda a la que me sedujo en París y olvide que una rubia me espera en casa. 

- Eres un tonto – dijo Charlotte, besando a su esposo antes de que éste partiera a las semanas de la moda. 

- Al parecer tus padres se van a extrañar demasiado – comentó Ashlee, evitando mirar a Christopher a los ojos para no tirarse a llorar ahí mismo. 

-“Dos semanas de sequía”, dice papá – comentó Chris, rodeando la cintura de la chica con sus brazos. 

- ¿No irás con una de esas chicas esqueléticas que miden dos metros cierto? – preguntó Ashlee, el temor de que Chris se fijara en una de las tantas mujeres hermosas que visitaban la ciudad luz y Milán en los desfiles era terrible. 

- ¿Bromeas? Con papá detrás de mí, no sé si pueda respirar apenas. 

- ¿Cómo sabré de ti? ¿Me llamarás y dirás por teléfono que aún recuerdas mi nombre? 

- Cada noche, te diré que te amo y que al regresar te cantaré una canción al oído, saldremos al parque y dejaré que las hojas secas te toquen el cuerpo. 

- Creo que con eso basta – Ashlee se había acercado a los labios de Chris para un último beso antes de que éste abordara un avión para separarse de ella. 

Ambas parejas se despedían en el jardín cuando el chofer del taxi hizo sonar el claxon. Los cuatro reaccionaron y se separaron con brusquedad. 

- ¡te llamaré! – dijo Chris a Ashlee, subiendo su maleta a la cajuela 

- Yo también te amo – dijo Charlotte en tono sarcástico, al ver que su hijo se despedía de su novia y dejaba a su madre en segundo plano. 

- Perdón mamá... Yo... 

- Te amo linda – dijo Alex desde dentro del auto, indicándole al chofer que arrancara antes de que Charlotte atacara a Chris con las tijeras de jardinería recargadas en la cerca. 

Ambas vieron el taxi partir hasta perderse calle abajo. Ashlee notó que Charlotte la miraba como un depredador que le daba tiempo a su presa antes de ser devorada, a lo que la chica reaccionó nerviosamente. 

- Eh... Tengo que irme... Tengo que... Bueno, yo... Que tenga buen día señora Davis – dijo, antes de despedirse y caminar a paso apresurado por la acera, sintiendo la mirada de la madre de su novia en la espalda hasta que corrió hacia su casa. 

En el aeropuerto, Christopher y Alex se encontraron con Ben, que iba cargado con dos maletas de piso y una de mano, esperando a que se pudiera abordar en el avión. 

- ¿Estás listo para presenciar los desfiles de los grandes? – preguntó emocionado a Chris, mientras Alex consultaba información en su tableta. 

- Como digas... Aunque sigo sin verle lo especial a las semanas de la moda. 

Al abordar al avión, Alex compartió asiento con una mujer que no dejaba de mirarlo de reojo, como si lo hubiese visto antes y su rostro le resultara familiar. 

- ¿Por qué tenemos que viajar un día antes de que comiencen los desfiles? – preguntó Chris, poniéndose cómodo en su asiento de segunda clase. 

- Porque tenemos que confirmar y coordinar horarios, fiestas, reuniones, eventos y desfiles con los organizadores. 

- Dios, debe ser una broma... 

- No, no lo es. Y si yo fuera tú agradecería ésta oportunidad, un millón de chicos darían un ojo de la cara por estar en tu lugar. 

- ¿Y qué se supone que haremos? ¿Llamar a Donatella y decir: “Si, Alex estará allí”? 

- Oye... Si no te tomas en serio tu trabajo te tiro a dos mil pies de altura y consigo que alguien te sustituya. Imagina esto: Si tu padre va a la fiesta de Mugler y se topa con Lady Gaga en la misma mesa ¿Qué crees que pasará? 

- No lo sé... Gaga lo mandaría al diablo, ¡Qué sé yo! 

- Mira: - ben sacó una hoja de papel doblada apresuradamente de su bolsillo, eran los horarios de los desfiles de ambas semanas en orden cronológico por día – Aproximadamente ocho desfiles al día, multiplicado por diez días son ochenta puntos diferentes, así que tenemos que ver ochenta lugares en mesas, ochenta horarios de llegada y salida, ochenta vehículos que lo transporten... y lo mejor de todo: ochenta fiestas a las cuáles asistir. 

Christopher sabía que no sería fácil, pero cuando Ben le explicó cómo sería la planeación de la asistencia a las fiestas el alma se le fue a los pies: “Si tu padre quiere ir a la fiesta de John Richmond, tenemos que evitar que se siente con Adam Levine, si, hizo una portada para él el año pasado pero no son tan amigos como puedas imaginar, entonces podemos ponerlo en la mesa del diseñador, pero no junto a él, sería incómodo charlar con alguien justamente al lado”. Al terminar de planear la fiesta de John Richmond (en el remoto caso de que Alex deseara asistir), continuaron con las demás, a tal grado de completar 14 fiestas organizadas de pies a cabeza (incluso con horarios) antes de que el avión aterrizara. 

- Fue un placer conocerlo, ¡Nunca pensé que compartiría un asiento de avión con alguien tan importante! 

- Apuesto que no – comentó Alex a la mujer que se decidió a preguntarle sobre si era algún presentador de televisión – Con permiso... 

Tomó su maleta de mano y bajó del avión, recibido por el sol de Italia que desde hacía años le daba la bienvenida como la primera vez que visitó el país junto con su ahora esposa. Un auto de alquiler los llevó hasta el Hotel Londra, donde todos los editores de Vogue alrededor del mundo se hospedaban para pasar toda una semana. 

- Al hotel Londra, por favor – dijo Ben, en el asiento delantero. Después de que los Davis subieran su equipaje en el maletero. 

En la recepción, se notaba que el hotel mostraba una fluidez impresionante de huéspedes, fueran o no relacionados con el mundo de la moda. Un empleado cargó un carrito con el equipaje de los tres y los condujo hasta el último piso, mismo que Condé Nast reservó al completo para los editores de los 18 países que conformaban Vogue Men. A simple vista, pareciese que el botones llevaba el equipaje de una persona influyente o un magnate que elegía sus trajes por el precio de la etiqueta que la firma o el corte con que se había confeccionado, sin embargo, el murmullo se extendió en todo el corredor cuando Alex caminaba tras el empleado y Ben y Chris le seguían los pasos. Los presentes que salieron de sus habitaciones se repegaban contra la pared para darles el paso, mientras que Ben se pavoneaba como si caminara tras Moisés al abrir las aguas del mar. 

- ¿Es Alexis Davis? 

- No puedo creer que esté en el mismo piso que nosotros. 

- ¿Es ése su hijo? ¿Qué hace aquí? 

Especulaban todos los hombres (porque raramente, no se veía ninguna mujer acompañando a un editor) al paso del editor en jefe más longevo de Vogue. 

- Vostra Stanza, Signore – dijo el chico, abriendo la puerta de la izquierda en el fondo del pasillo que parecía interminable, una habitación iluminada, moderna y sumamente cosmopolita esperaba a Alex por cuatro días. – La sua Stanza, Signori – indicó el chico a Ben y Chris, quién reaccionó ofendido. 

- ¡¿Voy a compartir habitación con Ben?! – preguntó a su padre. 

- Créeme, no me hace mucha gracia – dijo éste, entrando a su habitación para poder refrescarse tras el viaje. 

- ¿Quieres dormir en la calle? Porque la vida nocturna de Milán es muy activa. 

- No tienes que ser sarcástico – dijo Chris, entrando a la habitación que compartiría con su jefe inmediato los próximos días. 

- Bien, éstas son las reglas: No quiero chicas dentro de las habitaciones, eso aplica para mí también... 

- ¡Aburrido! – exclamó Ben desde el baño 

- Si necesito de alguno de ustedes cuando esté fuera llamaré a sus celulares, esperando que respondan incluso antes de que entre la llamada. Y por último, les recomiendo los masajes de este hotel, son fantásticos. 

Alex se dirigió a su habitación y cerró la puerta tras de sí, dejando a su hijo con Ben, el cual ya se había quitado la camisa y los zapatos, buscando algo en su maleta. 

- Oye, te propongo un trato: Vayamos a la piscina, tomemos algo y vayamos al spa. Y por la noche organizamos las fiestas y todo eso, ¿Te parece? 

- Bien, siempre y cuando no toques mis cosas – dijo, cerrando su maleta. 

En la piscina, se encontraron a Alex, con unas gafas de sol y en bañador. A pesar de que la piscina era techada, el sol radiante se reflejaba en los muros de mármol del hotel, haciendo que el lugar pareciese un sitio en medio de un oasis luminoso. 

- La versión Italiana recomienda el nuevo disco de George y su banda – comentó Chris, leyendo una revista que el mismo Giovanni Avancini le había entregado cuando se lo topó en el pasillo, después de ponerse el bañador – “Es un disco que como mínimo debería escucharse una vez en la vida” – leyó Christopher, ignorando el hecho de que Ben charlara del lado opuesto de la piscina con una chica de cabello negro – si yo pudiera escuchar algo una sola vez en la vida atrapado en una playa desierta, sería el álbum blanco de los Beatles. 

- Si yo estuviera en una playa desierta me gustaría escuchar una chica con acento francés... no se lo digas a tu madre. – Añadió, al ver que Chris lo miraba con incredulidad - ¡Vamos! Era sólo una broma... Pero no se lo digas a tu madre. 

Al salir de la piscina, Ben dejó caer sobre la mesa donde estaba el teléfono de Alex una tarjeta de presentación que Chris tomó para leer. 

- “Monique Banhart, estilista profesional” 

- Temo recordarnos que a todos nos esperan mujeres lindas en Londres. 

- Que tengas un bistec en casa no te impide ver el menú – comentó Ben, ajustándose el traje de baño antes de recostarse. 

- Te recuerdo que mi bistec es lo único por lo que aún como carne. 

- Pues no estaría mal probar de vez en cuando algo diferente – comentó Ben, despertando en Chris la sospecha de que estaría tentado a recordar a Ashlee Henderson cada vez que un suculento platillo de carne desfilara frente a él.

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Charlotte nunca ha tratado a Ashlee tanto como Alex, incluso ella no cree que Christopher deba enfocarse tanto a su novia (y la música) cosa que detecta Ashlee con su mirada. Es Alex el que prácticamente le dio a Chris luz verde para su noviazgo con la chica, y Charlotte prefiere simplemente prefiere no meter las manos en la vida de su hijo.