XCII - La llamada




- Los desfiles de Bottega Veneta, Emporio Armani y Salvatore Ferragamo serán en el mismo sitio – dijo Ben, camino a las presentaciones – después tenemos dos horas libres hasta el resto de los shows y la fiesta de Prada, que será en el hotel donde nos hospedamos. 

- ¿Tienes las fotografías de Daniel? – preguntó Alex desde el asiento delantero del auto. 

- Si Alex – Christopher sacó de su bolso una tableta electrónica que le pasó a su jefe. 

- Bien... Que las añadan a la sección editorial después de la sesión del streetwear – dijo, extendiendo la tableta para que Ben la tomara de nuevo. 

- ¿Qué es eso? – preguntó Chris con curiosidad, el hecho de que su padre aprobara algo sin exigir un cambio era de admirar. 

- Es la sesión de Daniel Radcliffe para la edición de mayo – contestó, mostrándole a Chris las fotografías. 

- ¿Por qué usa un vestido? 

- ¿Vestido? ¿Acaso no ves que es un trench? – dijo, señalando como la tela que caía era parte de la prenda principal. 

- ¿Qué tiene de genial hacer volar a un actor con metros de tela tras él? – preguntó, viendo como Daniel era suspendido en el aire con unos arneses y el trench caía varios metros abajo en lo que parecía una pared gris como fondo. 

- ¿Que qué tiene de genial? Tu padre es un genio – susurró – eso es lo que lo hace genial. 

Durante las presentaciones, Christopher hacía lo mismo que en todos los desfiles: fingía prestar atención cuando dentro de su mente se convencía de que debería permanecer despierto ante cualquier orden de su padre. Giorgio Armani se refirió personalmente a él como el hijo de una leyenda, mientras que James Ferragamo le entregó en sus propias manos artículos de piel como fundas, cinturones, bolsas y pulseras. 

- Creo que ese color no te sienta bien... – comentó Ben, mirando como Chris sacaba de la bolsa los regalos de James. 

- Tienes razón – comentó éste, siguiéndole el juego para no hacer las cosas más difíciles – quédatelas, creo que tú les darás un mejor uso. 

Sin escucharlo dos veces, Ben introdujo todo dentro de la bolsa y lo llevó a su cama, algo que a Chris no le importó: sabía que parte de la espera de Ben por las semanas de la moda eran las prendas y regalos de los diseñadores a los presentes. 

Después de la presión de los desfiles del día, en el hotel se respiraba una atmósfera diferente: la terraza se había engalanado con listones y el logotipo de Prada, el cuál señalaba el lugar de la fiesta ofrecida por la diseñadora. La música suave fusionada con la brisa del sitio abierto era una invitación a relajarse después del estrés de las últimas horas. Lejos del bullicio, Christopher trataba de llamar por teléfono, pero la llamada no llegaba a concretarse. 

- Intenta con el teléfono de la habitación – comentó Alex detrás de su hijo, haciendo que éste se sobresaltara – los celulares pueden ser un dolor de cabeza cuando viajas. 

Un silencio incómodo se presentó entre ellos. Christopher no sabía si decir algo o permanecer en silencio hasta que su padre lo dejara sólo otra vez. 

- ¿la extrañas cierto? – Preguntó, recargando las manos sobre el alféizar de piedra para admirar a la ciudad de noche – No eres tan débil como pensé... Yo llamé a tu madre en cuando pisé este hotel. ¿Sabes? Llámala, dile que le llevarás un vestido de alta costura, no sé... Prométele la luna y las estrellas, aunque le regales algo que brille menos, como un diamante. 

Christopher no sabía si sentirse agradecido o decirle a su padre que estaba loco, simplemente bajó al último piso para tomar el teléfono y llamar a Ashlee. 

- Contesta, contesta... – suplicaba a cada tono del teléfono cuando intentaba conectar la llamada – vamos, contesta... 

- ¿Hola? 

- ¡Ashlee! – Exclamó incorporándose en la cama debido a la expectación – ¿Cómo estás? 

- Bien, he intentado llamarte, pero mi padre se puso histérico cuando le dije que las llamadas a Milán no cuentan como locales – comentó - ¿Seguramente te estás divirtiendo sin mi? ¿Verdad? 

- ¿Bromeas? – Christopher agradecía estar a kilómetros de distancia para que Ashlee no pudiera percibir su ligero aliento alcohólico – Corro de un lado a otro solo para ver hombres con ropa ajustada en un escenario ¿Crees que eso es divertido? 

- Yo te envidio – comentó ella – por aquello de los hombres en ropa ajustada, claro. 

- ¿Ah sí? Deberías ver a las chicas de dos meros, eso es otro nivel – comentó a la defensiva 

¡Oye! ¿No habrás pensando en ir tras una de ellas o sí? 

- ¡Claro que no! Aunque creo que las chicas que intentan tirar la puerta de la habitación piensan lo contrario. 

Ashlee no pudo evitar reír, el sentido del humor de Chris iba más allá de lo que ella amaba de él. 

- Te extraño – dijo ella, mirando una fotografía de Chris en su escritorio: una imagen del chico sentado en su jardín descalzo y tocando la guitarra bajo el gran árbol. Era inconcebible que hace dos días se hubiese separado de él 

- Yo igual ardilla – contestó Chris, abrazando la almohada esperando a que se materializara y poder acariciar el cabello castaño de su novia, aunque sabía que no pasaría jamás. 

- Tengo que colgar – dijo Ashlee – mañana la señora McGinty tiene consulta y cuidar a su hijo es peor que una anestesia. 

- Bien, cuídate... 

- ¿Me amas cierto? – preguntó en un tono meloso y suplicante, esperando a que Chris le diera una respuesta afirmativa. 

- En la terraza hay una fiesta exclusiva con gente famosa y chicas de dos metros, y yo estoy aquí hablando por teléfono contigo ¿Quieres que te responda? Sí, te amo linda. 

- Te amos ranita, aleja a las chicas de dos metros de ti – dijo – hasta luego – y sin esperar réplica alguna terminó la llamada. 

Christopher permanecía mirando el teléfono, esperando que sonara de nuevo par a escuchar la voz de Ashlee, pero en lugar de un timbre, un golpe en la puerta resonó en la habitación: era Ben que había entrado velozmente con una chica en sus brazos, la cual enredaba en la cintura del chico sus piernas y alborotaba su cabello mientras lo besaba de manera ferenética. 

Cuando Ben reparó en la presencia de Chris se quedó helado, haciendo que la chica casi cayera al suelo. 

- ¿Quién es él? – preguntó la rubia, con un acento polaco remarcado. 

- Es... Christopher Davis, el hijo de... pues... mi jefe. 

La chica se había puesto los zapatos que cargaba en su mano libre mientras Ben caminaba por la habitación desenado que la tierra lo tragara. 

- ¿Chrristopherr? – Preguntó, acomodándose el cabello con gracia - ¡Vaya! Es tan apuesto como su padrrre. 

- Creo que tienes que irte – dijo Ben a la chica, prácticamente empujándola hacia la puerta – lo siento... te llamo después – dijo, antes de cerrarlo la puerta en la nariz. 

- Tengo la intuición de que a alguien le importa muy poco su trabajo – comentó Chris, dejando el teléfono que tenía en la mano sobre la cama y caminando vagamente. 

- Oye, no entiendes... Es una modelo que conocí arriba y... 

- Si, entiendo. Entiendo que al parecer París y Milán ofrecen algo más que moda. 

- ¿No se lo dirás a Alex, cierto? 

- ¡Dios no! Pero creo que Brenda encontrará todo esto muy interesante... 

- Oye somos amigos... Te regreso el cinturón de Bottega y las bufandas de Morello, pero no se lo comentes a nadie... 

- Esto quedará entre nosotros, pero hazme un favor: Has tu trabajo como asistente de mi padre, y déjame ser el hijo que disfrute de las fiestas – dijo, saliendo por la puerta con una sonrisa. Ahora conocía el punto débil de Ben, y era hora de sacarle provecho al máximo.