- Llama a Audemars Piguet, el reloj con correa de piel de cocodrilo que enviaron para la selección de complementos y accesorios no encaja del todo con el estilo dandy para el reportaje de los años setenta. Encárgate de eso Ben. –Alex hablaba sin pausas y sin dirigirse a nadie en especial de las cuatro personas que lo rodeaban, sus lentes de montura cuadrada enmarcaban unos ojos que iban y venían rápidamente de arriba abajo en una serie de fotografías sobre los accesorios (bolsas, cinturones, corbatas) que físicamente las firmas no pudieron proporcionar ese día.
- De acuerdo Señor Davis. – contestó rápidamente el aludido, estando alerta de a quién encargaría la misión de llamar a una casa de diseño de joyería y cambiar la correa de un ejemplar del cual se han vendido miles alrededor del mundo sin quejarse de un material tan preciado y valuado como el del reptil.
- Hasta mañana caballeros – dijo Alex, saliendo de la estancia en donde la ropa y accesorios se conjugaban para viajar hasta Texas o Bombay junto con Mario Testino, o para cruzar el pasillo y hacer una sesión fotográfica con Alexis Papas. – tengan todos una excelente tarde.
La luz del atardecer le inundó los ojos al salir del trabajo hacia su casa. Los edificios bañados en la luz roja anunciaban el preámbulo de la llegada de la luna. Los autos fluían en todos sentidos y la gente corría a refugiarse en casa para ver su programa favorito o para asegurar un lugar en el bar de moda y perderse hasta la mañana del día siguiente.
Al estacionarse y mirar su casa desde el exterior, no evitó pensar que la fachada era algo anticuada: bloques de cemento perfectamente cuadrados de color gris enmarcaban la puerta y las ventanas del piso superior, y sumándole el árbol viejo que crecía en la acera, era como ver una gloria pasada: un objeto cuyos años dorados se difuminaban con el tiempo.
- Es buena hora para llegar, ¿No crees? – preguntó Charlotte desde el sofá, leyendo uno de tantos libros que se habían acumulado debido a la limpia del ático superior.
- La sesión de accesorios se programó para mañana porque medio centenar de bolsos y bufandas no llegaron hoy – dijo el chico, sentándose junto a la chica en el sofá, pasando un brazo por detrás de sus hombros y besando su frente.
- No sé qué tipo de gente vivía antes aquí – dijo ella, dejando de lado el libro que leía hasta hace unos instantes – La maldita Iliada de Homero ni siquiera la leí en la universidad y no pienso hacerlo ahora, ese libro tenía más polvo que todos los sillones juntos.
- Espero que estés de humor para una sorpresa – dijo él, apartando el cabello del rostro de la chica, la luz tenue de la estancia hizo que se olvidara del estrés que le provocó no ver la bolsa de Prada en la sala del armario.
- ¿Son diamantes? – preguntó
- Mucho mejor
- ¿Rubíes?
- Ehh… No.
- ¿Es ese abrigo de pieles que vimos el otro día?
- No, algo más grande.
- ¿Mi propio auto?
- Algo menos móvil – contestó, aquel juego de mantener en suspenso a la chica le comenzaba a gustar, mucho más desde había dejado de quejarse de sus síntomas.
- ¡Vamos! Dime ya…
- Bien, ponte el abrigo – Alex la tomó de los brazos y la puso en pie – es más fácil que vayamos a ella que ella a nosotros.
Charlotte con una pequeña corazonada de desconfianza subió a la camioneta, Alex conducía por una calle que la chica no conocía, una zona completamente habitacional repleta de apartamentos hasta donde alcanzaba la vista. Tras el cristal empañado divisó una escuela privada de un nivel académico estupendo, donde los niños de 5 años hablaban dos idiomas y las niñas practicaban gimnasia desde los cuatro.
- ¿Exactamente a donde me llevas? – preguntó la chica, tras encender el radio del automóvil y escuchar Iris, de Goo Goo Dolls, su canción favorita.
- Es una sorpresa, así que cierra los ojos desde ahora. – Alex detuvo el auto con las intermitentes encendidas, la lluvia había cesado y con ello los últimos autos en circular.
- ¿Estás loco? – La chica no confiaba en ninguna palabra de él, evitó mirarlo a los ojos porque sabía que la convencería sin más.
- Anda… Hazlo por mí – Alex dibujó una sonrisa en su rostro y posó una de sus manos cálidas sobre la de la chica.
- Espero que sea algo realmente agradable, de lo contrario me veré como una tonta en un asiento de copiloto con los ojos cerrados.
Alex puso en marcha el vehículo de nuevo sin decir una palabra, de vez en cuando miraba a la chica para comprobar que mantenía los ojos cerrados. Cuando por fin llegaron a su destino y Charlotte notó que el movimiento del auto era nulo, preguntó:
- ¿Puedo abrir los ojos? Me estoy quedando dormida y siento náuseas.
- Aún no – dijo Alex, quién bajó del auto para ayudar a la chica que aún con los ojos cerrados permanecía inmóvil en el asiento. La tomó de la mano y Charlotte notó en sus mejillas el azote del viento helado que dejaba la lluvia como recuerdo. Ella se estremeció de los pies a la cabeza cuando escuchó la voz de Alex indicándole que abriera los ojos, pereciera que se le saldrían de las cuencas
- ¿Qué te parece?
La chica se había quedado sin palabras, no sabía si el viento le había congelado las cuerdas bucales o su subconsciente la hizo pasar un momento incómodo. Delante de ella había una casa tan grande que su vista no la abarcaba por completo. Era prácticamente una mansión en miniatura, dos plantas conformaban el inmueble que estaba cercado por una verja de duro metal. Las grandes y espaciosas ventanas dejaban ver unas roídas y sucias cortinas, algunas incluso hondeaban debido a los cristales quebrados.
- ¿Alex? ¿Qué es esto?
- Esto, es nuestro futuro hogar. - Alex luchaba por sacar unas llaves del bolsillo de su abrigo, y cuando por fin pudo meter la llave a la cerradura de la puerta de la verja (que separaba el jardín delantero con la cochera) hizo un ruido tan chilleante que escucharon quejas de algún vecino lejano y un gato maullar. - ¿Me acompañas?
Charlotte no sabía que hacer, las piernas no le respondían del frío y no dejaba de mirar la casa, la pintura del frente estaba desconchada en algunas partes y la hiedra parecía reclamar lo que con el tiempo consideraba suyo, sin embargo, la casa no parecía tan lúgubre como para que allí se hubiera cometido un asesinato, pero tampoco era tan cálida como para que una familia pudiera vivir feliz.
- ¿Cómo pudiste pagar esto? - es lo único que logró articular, tras mantener la garganta sin uso durante un lapso de tiempo considerable.
- Digamos que Lagerfeld, Chanel y las gafas esas se vieron muy generosos. Además, por las condiciones en las que está, prácticamente fue una ganga.
La chica caminaba pegada al brazo del chico, como si de entre la maleza fuera a salir un lobo rabioso a atacarlos, cuando llegaron al pórtico, la madera crujía a cada paso que daban, Charlotte miró a ambos lados, rezando por no encontrarse a un loco con una hacha.
- La vecina - Alex señaló discretamente con su dedo pulgar la casa del lado derecho (considerablemente más pequeña) - es una señora que enviudó hace poco, y la casa del otro lado - señaló con el dedo índice de la misma mano a la casa del lado izquierdo - es rentada por unos chicos de la universidad de Greenwich, creo que son gays.
Alex abrió la puerta principal y la oscuridad total los envolvió, Charlotte se aferró al brazo del chico, tanto, que Alex sintió como la circulación comenzaba a faltarle en aquella extremidad. Cuando por fin se libró de Charlotte y su miedo irracional pudo encender las luces. Una inmensa escalera situada al centro del recibidor conectaba la planta principal con el segundo piso. Alrededor de ellos había cuatro puertas más (una de ellas sin pomo y salida de los goznes) que Charlotte divisó como la cocina por la decoración que se dejaba ver.
- Aquí - Alex se acercó a la primera habitación que había a la izquierda, la abrió y Charlotte alcanzó a notar un papel tapiz curtido por el tiempo habrá una biblioteca inmensa para ti sola, aquí - Alex se esforzó por abrir unas puertas dobles con pomos de metal que mostraban las cabezas de león - será la sala, es muy grande, más incluso que una sola planta de donde vivimos ahora. De este lado - el chico cruzó la sala corriendo, abriendo una puerta de donde salió un murciélago, era la única habitación del segundo piso que no mostraba energía eléctrica - será una sala de juegos con mesa de billar, un bar pequeño y espacio para una cava de vinos - se aproximó a la última puerta (la que no tenía ni pomo ni estaba en su lugar) - Será un cuarto de juegos para el bebé - Alex derribó la puerta con una patada, la habitación estaba bañada con la luz tenue del interior que salía de los candelabros con telarañas y la farola de la calle, la pintura color nude se caía a pedazos acumulándose en las molduras junto al piso.
Charlotte se llevó ambas manos al vientre, era la primera vez que Alex lo mencionaba en sus planes a futuro más allá del sucio ático, por un momento se olvidó del miedo irracional a la oscuridad o a la soledad en las penumbras, tenía a alguien a quién proteger y por quién vencer esos miedos.
- Aún falta lo mejor - Alex se aproximó a ella y prácticamente la arrastró hasta detrás de la escalera, donde había un largo pasillo, en sus extremos había dos puertas que pensó serían pequeños armarios para productos de limpieza. Frente a ellos había puertas deslizantes de cristal donde el polvo y la lluvia se acumulaban impidiendo ver el exterior desde el interior. Alex abrió una de las puertas y el olor a hierba y lodo les inundó las fosas nasales, frente a ellos había una piscina techada que conectaba con el patio trasero: losas de piedra marcaban el camino de dos puertas de cristal (la que ellos abrieron y una del extremo derecho del mismo pasillo) hacia unas escaleras de metal corroído que se internaban en la piscina vacía que dejaba ver una ligera capa de polvo.
A Charlotte le costó trabajo descifrar las columnas que sostenían el techo de la piscina, hasta que Alex le leyó el pensamiento y dijo:
- Son estatuas de inspiración griega: sirenas y tritones... Hay tanta oscuridad que es imposible ver la cascada artificial, (que no funciona por supuesto) que está al fondo del patio, pero por lo demás, todo es genial. ¿Qué opinas?
- Es fantástico - murmuró.
- Aunque claro que habrá mucho que reparar - Alex tomó de la mano a la chica y regresaron al recibidor, donde Charlotte pudo apreciar lo alto del techo y el enorme candil de cuentas de cristal que pendía sobre ellos - La segunda planta no tiene electricidad, los cristales de las ventanas, la pintura del exterior... y del interior también.
- Es maravilloso - repetía la chica una y otra vez.
- Creo que es hora de irnos - anunció Alex mirando su reloj, eran las 9:00 pm, y más que oscuridad en la calle, lo embargó el hambre - ¿Te apetece una comida rápida? Yo invito.
- Me vendría perfecto - contestó ella, subiendo a la camioneta y mirando por última vez la casa con la que Alex luchaba por cerrar la verja de metal.
- Para ser barata no está mal - Alex encendió la camioneta y se abrochó en cinturón de seguridad - vamos a ser felices Cherry, pase lo que pase.
El vehículo se puso en marcha perdiéndose en la negrura de la lluviosa noche, la pequeña mansión Davis permanecería allí, para darles la bienvenida de nuevo.
