El mes de noviembre caía sobre Londres: Lluvias que anunciaban la llegada de las nevadas navideñas tras su paso, los síntomas del embarazo en la chica se hicieron más notorios, sumando a esto náuseas y mareos continuos, lo que la orilló a dejar de aceptar invitaciones de sesiones fotográficas que le comenzaban a llover desde que medio mundo de la moda se enterara de que rechazó a Anna Wintour.
Alex continuamente llegaba tarde a casa, comúnmente la luz del atardecer lo acompañaba en su trayecto de vuelta a casa, ése número especial acerca de festividades navideñas y días festivos que Newhouse le exigió absorbía la mayoría de su tiempo libre, lo cual agradecía, por el simple hecho de no estar cerca de Charlotte y sus cambios de humor tan drásticos. La mayoría del día tenía que combinar trajes de fiesta con mancuernillas y pañuelos para un número de aproximadamente 200 páginas. Trajes de novio venidos desde todos los rincones del planeta, y tuxedos con detalles inimaginablemente cosidos a mano pasaban por sus manos.
- ¿Un día pesado? – preguntó la chica desde el sofá de la sala, mirando la televisión sin dirigirle la mirada a Alex, quién apenas cerraba la puerta y dejar su portafolio a la mesa del pasillo para encontrarse con Charlotte en la sala y tirarse en un sillón boca abajo. – Creo que sí – contestó la chica, al ver que Alex entrecerraba los ojos del cansancio. – La cena está lista… desde hace casi una hora, así que mis deberes como mujer de la casa terminaron – se levantó del sofá, arrojó el control remoto al sillón donde Alex reposaba como moribundo y antes de subir las escaleras le revolvió el cabello.
Con gran pesar, Alex se levantó del sillón y fue hasta la cocina, donde se encontró con unas piezas de pollo empanizado y ensalada de verduras con arroz.
- Al menos es mejor que nada – dijo para sí, buscando la salsa cátsup en el refrigerador.
Se disponía a consumir sus alimentos cuando el teléfono sonó desde la sala, sonó una vez y había tomado el tenedor para la ensalada, sonó dos veces y masticaba un pedazo de pollo, sonó tres veces y Charlotte gritó desde el piso superior:
- ¡Amor! ¿Puedes contestar el teléfono?
- Claro cielo – contestó, poniéndose de pie, sintiendo en sus piernas el peso muerto de todo su cuerpo arrastrarse hacia el aparato que no dejaba de sonar. - ¿sí? – preguntó al auricular.
- ¿Alex? Soy yo – contestó una voz desde el otro lado de la línea
- ¿Mamá? – preguntó, y al escuchar un sonido de asentimiento se incorporó como si su madre lo tomara por sorpresa en el sofá – Que sorpresa…
- Lo sé – dijo ella – llamamos para saber cómo estás.
- Muy bien – contestó – llueve mucho en estas fechas, es como si el clima anunciara la navidad por su propia cuenta.
- Con respecto a la navidad… ¿Aún está en pie la propuesta de conocer Londres en diciembre?
- ¡Por supuesto! – exclamó, golpeándose la frente con el puño cerrado, más que confirmárselo a su madre, era para recordarse a sí mismo que había olvidado por completo que les prometió llevarlos a Europa en Diciembre – de hecho estaba a punto de llamarlos pronto.
- Me alegra – añadió su madre con un tono de entusiasmo en su voz – tu padre quiere hablar contigo, al parecer piensa aprovechar un comercial de su partido de fútbol para decirte algunas palabras.
Alex permanecía en silencio, sonidos muertos como una televisión narrando el resumen de un partido o susurros entre sus padres terminaron con la voz suave pero autoritaria de Michael:
- ¿Alex? - Preguntó una voz tan repentinamente que asustó al chico.
- Papá… - contestó, en realidad no sabía que decir, las pocas veces que había charlado con su padre se limitaba a asentir o negar con la cabeza, además de sonidos como “uhmm” y “ajá”
- ¿Qué tal todo por allá? – preguntó.
- Bien, sigo trabajando en la revista, comenzó a llover y estoy planeando todo para su visita así es que…
- Sabes a que me refiero… - lo interrumpió su padre – la chica – añadió en un susurro, Alex recordó aquél pequeño momento en el que durante su visita a New York le había dicho que Charlotte era una chica perfecta
- Muy bien – contestó con un suspiro – Todo va bien
- Me alegra, estoy muy orgulloso de ti – añadió su padre.
- Gracias viejo – Alex se había ruborizado y agradecía infinitamente estar en contacto con sus padres mediante una llamada a miles de kilómetros de distancia - ¿Alguna vez has pensado en dejar atrás todo y… comenzar de nuevo?
- Siempre es bueno dejar el pasado atrás, pero quizá sea muy tarde para comenzar a forjar un nuevo futuro – Alex conocía ese tono, cuando su padre se ponía a filosofar esperaba que los demás le dieron la razón, pero ésta vez el chico dijo:
- Una empresa termoeléctrica abrirá pronto y están buscando a personal con experiencia – esperó alguna reacción de su padre, pero al no haberla prosiguió – necesitan a alguien que sepa de mecánica industrial, les hablé de ti y están muy interesados – Alex se había inventado tremenda mentira tras pensar que su padre podría trabajar en la planta termoeléctrica que estaba a punto de abrir el año próximo, en las noticias locales no se hablaba de otra cosa que no fuera el avance de la construcción.
- Vaya - Michael exclamó verdaderamente sorprendido – No lo sé… Será difícil dejar New York… Mi vida está aquí, tu madre está aquí.
- Ambos… Ambos pueden vivir aquí conmigo – no sabía por qué, pero la propuesta le sonó muy infantil, como si sintiera miedo a la oscuridad y necesitara de sus padres.
- Tendría que pensarlo seriamente – contestó – una decisión como ésa no se toma tan a la ligera.
- Lo sé – dijo Alex, como si pidiera disculpas –
- Tengo que irme, tu madre te manda saludos… Además la llamada internacional no es tan barata que digamos.
- Entiendo – Alex sonrió, su madre y él sabían perfectamente que el bolsillo era uno de los puntos débiles de Michael, pero Alex no protestó – Estaremos en contacto, hazle saber a mamá la propuesta.
- Lo haré, aunque conociéndola sacará sus maletas listas de debajo de la cama. Adiós Alex.
- Adiós viejo – se despidió
Al escuchar el tono de la llamada cortada, regresó a la cocina a terminar su cena, extrañamente el pollo tenía mejor saber que antes y la lechuga junto con el jitomate no sabía tan mal como lo había pensado.
- ¿Quién era? – preguntó Charlotte, dejando tendido sobre la cama uno de los libros que Alex rescató de la limpieza del ático.
- ¿Quién qué? – Alex aún pensaba en la voz de sus padres, y no prestaba la demasiada atención al darse cuenta de que se ponía el pantalón del pijama al revés, después de salir de la ducha.
- El teléfono – dijo Charlotte - ¿Con quién hablaste por teléfono? – preguntó, como si quisiera saber de un niño de dos años cuanto es uno más uno.
- Ah… Eran mis padres – contestó, como si nada.
- ¿En serio? ¿Y qué querían?
- Les prometí que los traería a conocer Londres, y están planeando el viaje para pasar la navidad conmigo.
- Eso es bueno, has estado muy alejado de ellos.
- Lo sé, quizá los convenza de quedarse aquí.
- Todo eso está muy bien Alex, pero recuerda que pronto seremos tres en lugar de dos – Charlotte tomó la mano del chico y la posó en su vientre – a menos que quieras dormir en la sala.
- Pensaré en algo, linda – contestó él, abrazándose al cuerpo de la chica por debajo de las sábanas – algo se me ocurrirá.
