A la par que los cambios
hormonales afectaban a Charlotte (como preparar la comida preferida de Alex por
la tarde, o reclamarle dos horas después porqué encontró una cajetilla de
cigarros en su habitación en New York) él se preparaba para salir a China,
había empacado lo esencial para su viaje y la maleta lista debajo de
la cama anunciaba que estaba listo para partir. Obviamente no invitó a
Charlotte al viaje, sería contraproducente debido a sus cambios que la chica
consideraba "normales" y que él catalogaba como
"dementes".
El día en que Alex saldría
hacia Asia, miró a la chica a los ojos y dijo:
- Estarás bien - tomó sus
mejillas entre sus manos y besó sus labios -Tendrás tiempo para el bebé: su
nombre, su futuro y qué tipo de chicas le convendrán cuando tenga 16...
- Como si no fueran
suficientes nueve meses - dijo ella, algo molesta, pero con una mirada dulce -
En cuanto a las chicas... Quiero que sea niña.
- Será varón - dijo él,
sonriendo y abrazando a la chica por la cintura, juntando sus narices a
milímetros de distancia - Suficiente tengo con una rubia como para poder
soportar dos.
- ¿Tengo que sentirme
ofendida? -
- Para nada - Alex la besó
fugazmente, tomó sus maletas y salió a la calle, donde el taxista esperaba
impacientemente - Cuídense, cuídense mucho.
- No te preocupes – dijo ella,
recargándose en la puerta de la casa mirando partir a Alex en el taxi.
En general el vuelo no estuvo
nada mal: 10 horas en un avión durmiendo lo que en casa no pudo debido a las
quejas de Charlotte. Al llegar al aeropuerto internacional de Shenzhen quedó
maravillado con la arquitectura modernista de la ciudad, los edificios parecían
salidos de esas caricaturas que mostraban a la ciudad como un viaje en el tiempo
cincuenta años más tarde que el actual. Gente iba y venía por entre las calles
principales de la provincia de Shenzhen.
Las luces multicolores que
despedían los espectaculares se fundían con las del sol en el ocaso. Se había
enamorado inmediatamente de la ciudad: amaba ese contraste del modernismo con
el clasicismo de Londres. La tecnología se respiraba en el ambiente a cada
paso. Los autobuses parecían bólidos espaciales comparados con los vehículos
rústicos de Inglaterra. Alex no pudo evitar mirar la ropa de los transeúntes,
los adolescentes no temían usar detalles metálicos en sus chaquetas, los
adultos llevaban blazers formales con estampados cíclicos y las chicas
presumían de usar colores llamativos en el cabello.
- Impresionante – murmuró, al ver el hotel en
el que se hospedaría por sólo una noche, ya que recordó que Christopher Bailey
mandaría por él para la fiesta.
Al llegar al hotel se encontró
con empleados de ojos rasgados “todos son
idénticos” pensó “me pregunto cómo se
reconocerán entre millones” y absorto en sus pensamientos subió hasta su
habitación: la sala, cocina y habitación estaban prácticamente juntas,
solamente separadas por pequeños muros parciales adornados con flores extrañas
que Alex nunca había visto.
No se molestó en desempacar
demasiado, sólo el traje que usaría aquella noche para que en el servicio de
tintorería lo plancharan debidamente para la fiesta. Contuvo enormemente las
ganas de salir a dar un paseo, pero algo lo contuvo:
- Esto no es España – dijo
para sí – Si me pierdo no puedo leer esas malditas letras que parecen
pincelazos – observó como un camión con un anuncio publicitario donde una chica
sonreía con pasta dentífrica en la mano desfiló por la calle frente al hotel – maldito
país tecnológicamente desarrollado.
Frente al gigantesco televisor
había un sofá de piel roja, al tumbarse sin zapatos sobre él y encender la
pantalla de plasma supuso que entender algo en el idioma mandarín sería
difícil, pero fue peor: las noticias locales las comentaban a tal velocidad que
Alex miraba la televisión como si quisiera leer los labios de un mudo. En todos
los canales había esos símbolos raros esparcidos por toda la pantalla, así que
decidió apagar el televisor con temor de que las luces de colores lo dejaran
ciego, incluso más que los flashes de una alfombra roja.
Cuando tocaron a su puerta
para entregarle su traje planchado, le dolió la columna de tanta reverencia que
la chica del servicio hizo cuando lo miró, y aunque no pudo entenderle ni media
palabra, adivinó que quizá lo había reconocido en algún programa de
espectáculos de los tantos que mostraban a un simio en bicicleta en un horario
familiar.
A las ocho en punto llamaron a
su habitación para notificarle (en un inglés recortado y deplorable) que un
auto lo esperaba para llevarlo a su destino: la tienda de Burberry, que en la
oscuridad brillaba como una galaxia de colores cambiantes, en donde el
despliegue tecnológico era impresionante, en la fachada del edificio se
transmitía el desfile en el que Alex estuvo presente durante la semana de la
moda de Milán, en los muros internos (apreciables desde las paredes de cristal
en la boutique) el estampado clásico de la firma cambiaba de color
continuamente y había música tenue salida de ningún lugar.
Un hombre bien vestido le
abrió la puerta de la boutique, a falta de alfombra roja los fotógrafos
recorrían la tienda pidiendo fotografías a los invitados, la planta alta de la
boutique se acondicionó para que varias bandas se presentaran en vivo. Entre
los invitados pudo identificar a Jourdan Dunn, Sebastian Brice, Thomas Penfound
y Rosie Huntington.
Varios meseros caminaban entre
las cientos de personas congregadas, tomó una copa de una charola y se puso a
divagar. A lo lejos Christopher Bailey charlaba con un reportero, quién parecía
querer meterle el micrófono a la nariz. Jourdan notó que miraba en su
dirección, así que decidió acercársele, el chico quiso evitar a la modelo pero
ella lo tomó del hombro.
- ¿Tienes prisa? – preguntó,
con una flagrante sonrisa en el rostro.
- Eh… No, sólo quería saludar
a mi amigo Seb – dijo, apuntando de él a Brice, quién posaba para una reportera
local.
- Cara me ha habado mucho de
ti – dijo Jourdan – dicen que eres el Midas de las revistas.
- Bueno… si eso dice la gente…
- Alex tomó un trago de su copa, y notó que se ruborizaba ligeramente.
- Por cierto soy Jourdan…
- …Dunn, sé de sobra quién
eres – dijo él, estrechando la mano de la chica y rozando su mejilla con la suya, cuando la
chica lo saludó de beso.
- Eso es un halago – dijo ella,
soltando una risita nerviosa - ¿Es espectacular no? – dio un vistazo alrededor,
deteniéndose en las imágenes del desfile que se transmitía en uno de los muros.
- Impresionante – contestó –
te veo muy contenta, ¿a qué se debe? - Alex caminaba esquivando gente que se
detenía para saludarse o pedir unas palabras para un canal de televisión
- Bien… Llevo 4 copas de éstas
– alzó el brazo ligeramente, dejando ver una copa semi-vacía con sólo una
aceituna en un mondadientes – y el hecho de poder hablar en persona con el gran
Davis.
- Acá entre nos – Alex le hizo
una seña para que se acercara – no me gusta que me adulen - la chica se separó con una mueca de sorpresa,
como si hubiera descubierto un secreto muy vergonzoso.
- Cara me lo dijo pero no le
creí – dijo – siempre me decía que eras un chico rebosante de sencillez, y que
a comparación del tonto… ¿Cómo se llama? ¡Ah sí! Rogert, el pelirrojo…
- Rupert – la corrigió Alex –
Se llama Rupert, el novio de Karen.
- Rupert, Rogert, Ronald...
¡Qué más da! Igual, siempre habrá un roto para un descocido, y esa pareja es el
vivo ejemplo.
- ¿Qué quieres decir?
- Que a diferencia de tu chica
y Cara, las demás rubias son tontas – hizo una pausa para tomarse el resto de
la copa y continuó – Cara es inteligente por naturaleza, puedes notarlo en su
rostro audaz, Charlotte es tu chica, cualquiera con el doble de neuronas de lo
normal tiene dos opciones: o ganar el premio nobel o conquistar a un chico como
tú, y no he escuchado hablar de ella por curar el SIDA. – La chica notó que
Alex la miraba con reprobación – ¡No me juzgues! Es lo que todos en el medio
comentamos.
- Quizá hacemos bien en no
escucharlos – dijo Alex, dejando su copa vacía en la charola de un mesero que
pasaba frente a ellos – creo que si ellos son felices, comentarios como los
tuyos no les afectan demasiado.
- Me creerás una loca – dijo
ella – y lo siento, pero no suelo ponerme así, excepto hoy, claro está.
- La verdad no sé qué pensar de
ti – dijo Alex – iré con Seb. Tu… busca un novio, o algo así…
Alex dejó a la chica sola en
la pequeña mesa cuadrada pegada a la pared, se dirigió hacia Sebastian Brice,
quién se levantó de su silla para saludarlo.
- ¡Alex, que gusto verte! – Brice
lo recibió con un fraternal abrazo, como si fuera un amigo de la universidad que
no veía en años.
- Si que es una sorpresa –
respondió – en verdad quería librarme de Jourdan, suele ser tan desagradable
como tonta cuando está ebria.
- Bueno, tienes que entender
que desde la última vez en Milán ha pasado mucho tiempo.
- Eso es muy cierto
- Y desde entonces no he
podido descansr, gracias a ti.
- ¿En serio? –
- Topman… Moncler… Incluso
Gucci me han llamado para una campaña.
- Y supongo que eso es bueno…
- Sí y no – contestó, dejando
su copa en la mesa – De vez en cuando dormir en una cama en vez de un avión es
mejor.
- Entiendo, y cada que sufres
un jet-lag piensas en mí ¿No es así?
- Después de querer dormir,
sí.
Ambos charlaban acerca de sus
trabajos, para Alex era gratificante escuchar que alguien se veía beneficiado
con su ayuda, y mucho más lo era el que Seb no lo alabara ni lo pusiera por los
cielos
- Allí viene Bailey – dijo
Brice, quién miraba por encima del hombro de Alex al diseñador que se acercaba
hacia ellos – No tengo que decirte que quizá quiera hablar contigo.
Alex sintió que tocaban su
hombro y al darse vuelta se topó cara a cara con el diseñador, sus ojos azules
irradiaban juventud y fuerza, aunque muchos supieran de sobra que superaba los
40.
- Es un honor que estés entre
nosotros – dijo Bailey, abrazando a Alex, al ver una cámara que grababa la
fiesta para un canal de videos en internet.
- Es un honor haber recibido
tu invitación – contestó – es una fiesta fantástica, no dudé ni un segundo en
subir al avión – Alex notó que Christopher se ruborizaba y dirigía su mirada a
otro lugar, “quizá a él tampoco le gusta que lo adulen” pensó “eso es bueno” – Y
por lo que veo lo mejor de la sociedad oriental se reunió aquí.
- Son personas que no conozco
– le dijo Bailey al oído – gente que sabe mi nombre pero que nunca he visto en
mi vida, por más que sean modelos, cantantes o socialistés. Esto suele ser
abrumador a veces.
- Tienes razón – dijo Alex,
quién en verdad no entendió el contexto de la idea.
- Por cierto, tengo que
felicitarte – dijo Bailey, sentándose con el chico en la mesa más cercana,
anexa a la de Sebastian y Thomas Penfound – Un premio de la British Fashion
Council no es algo sencillo de conseguir, además, ese premio a la colaboración
hubiese sido de ambos, pero me “obligaron” a ofrecerle a George a oferta –
cuando Bailey dibujó las comillas en el aire, Alex sintió algo en el estómago:
no sabía si era ácido por habérsele escapado de las manos colaborar con él, o mariposas
por saber que Christopher Bailey había pensado en él como su primera opción.
- Oh… Vaya… - no sabía que
decir, ni qué hacer, sus piernas querían salir corriendo, pero su cerebro le
ordenaba ingeniar alguna frase que lo salvara del momento incómodo – Creo que
las cosas salieron bien después de todo.
- Así es, George es una buena
persona, y un gran diseñador.
Era envidia, lo que Alex
sentía era envidia de la pura, se juró así mismo en sus adentros estampar la
cara de George en una de las llantas de su camioneta cuando volviera a Londres,
un juramento sellado con una sonrisa
maliciosa mientras aceptaba un trago por parte de Bailey, en honor por un año
más de Burberry en China.
