XLVII – La provincia de Shenzhen





A la par que los cambios hormonales afectaban a Charlotte (como preparar la comida preferida de Alex por la tarde, o reclamarle dos horas después porqué encontró una cajetilla de cigarros en su habitación en New York) él se preparaba para salir a China, había empacado lo esencial para su viaje y la maleta lista debajo de la cama anunciaba que estaba listo para partir. Obviamente no invitó a Charlotte al viaje, sería contraproducente debido a sus cambios que la chica consideraba "normales" y que él catalogaba como "dementes". 

El día en que Alex saldría hacia Asia, miró a la chica a los ojos y dijo:

- Estarás bien - tomó sus mejillas entre sus manos y besó sus labios -Tendrás tiempo para el bebé: su nombre, su futuro y qué tipo de chicas le convendrán cuando tenga 16...

- Como si no fueran suficientes nueve meses - dijo ella, algo molesta, pero con una mirada dulce - En cuanto a las chicas... Quiero que sea niña.

- Será varón - dijo él, sonriendo y abrazando a la chica por la cintura, juntando sus narices a milímetros de distancia - Suficiente tengo con una rubia como para poder soportar dos.

- ¿Tengo que sentirme ofendida? -

- Para nada - Alex la besó fugazmente, tomó sus maletas y salió a la calle, donde el taxista esperaba impacientemente - Cuídense, cuídense mucho.

- No te preocupes – dijo ella, recargándose en la puerta de la casa mirando partir a Alex en el taxi.

En general el vuelo no estuvo nada mal: 10 horas en un avión durmiendo lo que en casa no pudo debido a las quejas de Charlotte. Al llegar al aeropuerto internacional de Shenzhen quedó maravillado con la arquitectura modernista de la ciudad, los edificios parecían salidos de esas caricaturas que mostraban a la ciudad como un viaje en el tiempo cincuenta años más tarde que el actual. Gente iba y venía por entre las calles principales de la provincia de Shenzhen.

Las luces multicolores que despedían los espectaculares se fundían con las del sol en el ocaso. Se había enamorado inmediatamente de la ciudad: amaba ese contraste del modernismo con el clasicismo de Londres. La tecnología se respiraba en el ambiente a cada paso. Los autobuses parecían bólidos espaciales comparados con los vehículos rústicos de Inglaterra. Alex no pudo evitar mirar la ropa de los transeúntes, los adolescentes no temían usar detalles metálicos en sus chaquetas, los adultos llevaban blazers formales con estampados cíclicos y las chicas presumían de usar colores llamativos en el cabello.

-  Impresionante – murmuró, al ver el hotel en el que se hospedaría por sólo una noche, ya que recordó que Christopher Bailey mandaría por él para la fiesta.

Al llegar al hotel se encontró con empleados de ojos rasgados “todos son idénticos” pensó “me pregunto cómo se reconocerán entre millones” y absorto en sus pensamientos subió hasta su habitación: la sala, cocina y habitación estaban prácticamente juntas, solamente separadas por pequeños muros parciales adornados con flores extrañas que Alex nunca había visto.

No se molestó en desempacar demasiado, sólo el traje que usaría aquella noche para que en el servicio de tintorería lo plancharan debidamente para la fiesta. Contuvo enormemente las ganas de salir a dar un paseo, pero algo lo contuvo:

- Esto no es España – dijo para sí – Si me pierdo no puedo leer esas malditas letras que parecen pincelazos – observó como un camión con un anuncio publicitario donde una chica sonreía con pasta dentífrica en la mano desfiló por la calle frente al hotel – maldito país tecnológicamente desarrollado.

Frente al gigantesco televisor había un sofá de piel roja, al tumbarse sin zapatos sobre él y encender la pantalla de plasma supuso que entender algo en el idioma mandarín sería difícil, pero fue peor: las noticias locales las comentaban a tal velocidad que Alex miraba la televisión como si quisiera leer los labios de un mudo. En todos los canales había esos símbolos raros esparcidos por toda la pantalla, así que decidió apagar el televisor con temor de que las luces de colores lo dejaran ciego, incluso más que los flashes de una alfombra roja.

Cuando tocaron a su puerta para entregarle su traje planchado, le dolió la columna de tanta reverencia que la chica del servicio hizo cuando lo miró, y aunque no pudo entenderle ni media palabra, adivinó que quizá lo había reconocido en algún programa de espectáculos de los tantos que mostraban a un simio en bicicleta en un horario familiar.
A las ocho en punto llamaron a su habitación para notificarle (en un inglés recortado y deplorable) que un auto lo esperaba para llevarlo a su destino: la tienda de Burberry, que en la oscuridad brillaba como una galaxia de colores cambiantes, en donde el despliegue tecnológico era impresionante, en la fachada del edificio se transmitía el desfile en el que Alex estuvo presente durante la semana de la moda de Milán, en los muros internos (apreciables desde las paredes de cristal en la boutique) el estampado clásico de la firma cambiaba de color continuamente y había música tenue salida de ningún lugar.

Un hombre bien vestido le abrió la puerta de la boutique, a falta de alfombra roja los fotógrafos recorrían la tienda pidiendo fotografías a los invitados, la planta alta de la boutique se acondicionó para que varias bandas se presentaran en vivo. Entre los invitados pudo identificar a Jourdan Dunn, Sebastian Brice, Thomas Penfound y Rosie Huntington.

Varios meseros caminaban entre las cientos de personas congregadas, tomó una copa de una charola y se puso a divagar. A lo lejos Christopher Bailey charlaba con un reportero, quién parecía querer meterle el micrófono a la nariz. Jourdan notó que miraba en su dirección, así que decidió acercársele, el chico quiso evitar a la modelo pero ella lo tomó del hombro.

- ¿Tienes prisa? – preguntó, con una flagrante sonrisa en el rostro.

- Eh… No, sólo quería saludar a mi amigo Seb – dijo, apuntando de él a Brice, quién posaba para una reportera local.

- Cara me ha habado mucho de ti – dijo Jourdan – dicen que eres el Midas de las revistas.

- Bueno… si eso dice la gente… - Alex tomó un trago de su copa, y notó que se ruborizaba ligeramente.

- Por cierto soy Jourdan…

- …Dunn, sé de sobra quién eres – dijo él, estrechando la mano de la chica y  rozando su mejilla con la suya, cuando la chica lo saludó de beso.

- Eso es un halago – dijo ella, soltando una risita nerviosa - ¿Es espectacular no? – dio un vistazo alrededor, deteniéndose en las imágenes del desfile que se transmitía en uno de los muros.

- Impresionante – contestó – te veo muy contenta, ¿a qué se debe? - Alex caminaba esquivando gente que se detenía para saludarse o pedir unas palabras para un canal de televisión

- Bien… Llevo 4 copas de éstas – alzó el brazo ligeramente, dejando ver una copa semi-vacía con sólo una aceituna en un mondadientes – y el hecho de poder hablar en persona con el gran Davis.

- Acá entre nos – Alex le hizo una seña para que se acercara – no me gusta que me adulen -  la chica se separó con una mueca de sorpresa, como si hubiera descubierto un secreto muy vergonzoso.

- Cara me lo dijo pero no le creí – dijo – siempre me decía que eras un chico rebosante de sencillez, y que a comparación del tonto… ¿Cómo se llama? ¡Ah sí! Rogert, el pelirrojo…

- Rupert – la corrigió Alex – Se llama Rupert, el novio de Karen.

- Rupert, Rogert, Ronald... ¡Qué más da! Igual, siempre habrá un roto para un descocido, y esa pareja es el vivo ejemplo.

- ¿Qué quieres decir?

- Que a diferencia de tu chica y Cara, las demás rubias son tontas – hizo una pausa para tomarse el resto de la copa y continuó – Cara es inteligente por naturaleza, puedes notarlo en su rostro audaz, Charlotte es tu chica, cualquiera con el doble de neuronas de lo normal tiene dos opciones: o ganar el premio nobel o conquistar a un chico como tú, y no he escuchado hablar de ella por curar el SIDA. – La chica notó que Alex la miraba con reprobación – ¡No me juzgues! Es lo que todos en el medio comentamos.

- Quizá hacemos bien en no escucharlos – dijo Alex, dejando su copa vacía en la charola de un mesero que pasaba frente a ellos – creo que si ellos son felices, comentarios como los tuyos no les afectan demasiado.

- Me creerás una loca – dijo ella – y lo siento, pero no suelo ponerme así, excepto hoy, claro está.

- La verdad no sé qué pensar de ti – dijo Alex – iré con Seb. Tu… busca un novio, o algo así…

Alex dejó a la chica sola en la pequeña mesa cuadrada pegada a la pared, se dirigió hacia Sebastian Brice, quién se levantó de su silla para saludarlo.

- ¡Alex, que gusto verte! – Brice lo recibió con un fraternal abrazo, como si fuera un amigo de la universidad que no veía en años.

- Si que es una sorpresa – respondió – en verdad quería librarme de Jourdan, suele ser tan desagradable como tonta cuando está ebria.

- Bueno, tienes que entender que desde la última vez en Milán ha pasado mucho tiempo.

- Eso es muy cierto

- Y desde entonces no he podido descansr, gracias a ti.

- ¿En serio? –

- Topman… Moncler… Incluso Gucci me han llamado para una campaña.

- Y supongo que eso es bueno…

- Sí y no – contestó, dejando su copa en la mesa – De vez en cuando dormir en una cama en vez de un avión es mejor.

- Entiendo, y cada que sufres un jet-lag piensas en mí ¿No es así?

- Después de querer dormir, sí.

Ambos charlaban acerca de sus trabajos, para Alex era gratificante escuchar que alguien se veía beneficiado con su ayuda, y mucho más lo era el que Seb no lo alabara ni lo pusiera por los cielos

- Allí viene Bailey – dijo Brice, quién miraba por encima del hombro de Alex al diseñador que se acercaba hacia ellos – No tengo que decirte que quizá quiera hablar contigo.

Alex sintió que tocaban su hombro y al darse vuelta se topó cara a cara con el diseñador, sus ojos azules irradiaban juventud y fuerza, aunque muchos supieran de sobra que superaba los 40.

- Es un honor que estés entre nosotros – dijo Bailey, abrazando a Alex, al ver una cámara que grababa la fiesta para un canal de videos en internet.

- Es un honor haber recibido tu invitación – contestó – es una fiesta fantástica, no dudé ni un segundo en subir al avión – Alex notó que Christopher se ruborizaba y dirigía su mirada a otro lugar, “quizá a él tampoco le gusta que lo adulen” pensó “eso es bueno” – Y por lo que veo lo mejor de la sociedad oriental se reunió aquí.

- Son personas que no conozco – le dijo Bailey al oído – gente que sabe mi nombre pero que nunca he visto en mi vida, por más que sean modelos, cantantes o socialistés. Esto suele ser abrumador a veces.

- Tienes razón – dijo Alex, quién en verdad no entendió el contexto de la idea.

- Por cierto, tengo que felicitarte – dijo Bailey, sentándose con el chico en la mesa más cercana, anexa a la de Sebastian y Thomas Penfound – Un premio de la British Fashion Council no es algo sencillo de conseguir, además, ese premio a la colaboración hubiese sido de ambos, pero me “obligaron” a ofrecerle a George a oferta – cuando Bailey dibujó las comillas en el aire, Alex sintió algo en el estómago: no sabía si era ácido por habérsele escapado de las manos colaborar con él, o mariposas por saber que Christopher Bailey había pensado en él como su primera opción.

- Oh… Vaya… - no sabía que decir, ni qué hacer, sus piernas querían salir corriendo, pero su cerebro le ordenaba ingeniar alguna frase que lo salvara del momento incómodo – Creo que las cosas salieron bien después de todo.

- Así es, George es una buena persona, y un gran diseñador.

Era envidia, lo que Alex sentía era envidia de la pura, se juró así mismo en sus adentros estampar la cara de George en una de las llantas de su camioneta cuando volviera a Londres, un juramento sellado  con una sonrisa maliciosa mientras aceptaba un trago por parte de Bailey, en honor por un año más de Burberry en China.