XLV – La conquista





Por la mañana, decidió darse tiempo para acondicionar la habitación que Charlotte sugirió sería para el bebé, después de aspirar todo el polvo  (y encontrar varias monedas en cajones y sillones) llamó a una agencia inmobiliaria para que los muebles fueran donados a un acilo de ancianos.

Los encargados del camión de mudanzas envolvieron en plástico los sillones y mesas para bajarlos por la escalera. El resultado de aquella operación fue una habitación limpia y amplia (más una lámpara rota), las pesadas y oscuras cortinas fueron retiradas para darle paso a cuatro paredes acogedoras. Pequeñas nubes de polvo se arremolinaban en la ventana, pero el cambio era drástico: de ser un ático improvisado a una habitación decente.

Alex metió en una caja varios libros que había salvado (no porque tuviera mucho tiempo para leer, sino que pensó que se verían perfectos esos libros antiguos en su librero) y los metió debajo de la cama en la habitación para las visitas.

El resto de la tarde la pasó mirando televisión, después de una ducha con agua fría y una cita con la rasuradora eléctrica; el timbre sonó justo cuando iba a preparar más palomitas, así que no le quedó más remedio que abrir la puerta, dejando el tazón en la mesa de la sala.

- ¡Hey! ¿Qué tal? - preguntó George, entrando a la casa sin esperar una palabra del chico - ¡vamos Rupert!

- ¡Hola! - saludó el pelirrojo, entrando igual sin siquiera inmutarse.

- ¿Qué demonios hacen aquí? - preguntó el chico, cerrando la puerta principal y reuniéndose con los otros dos - la gente educada espera la invitación para entrar a la casa  de otra persona.

- ¿Estás diciendo que no somos bienvenidos aquí? - preguntó Rupert, mirando el tazón vacío de la mesa.

- Exacto, eso quise decir.

- No te enojes - dijo George, subiendo los pies a la mesa - Venimos para pedir perdón por inmiscuirnos en tu vida amorosa... - Alex miró al cantante con incredulidad, George pedía apoyo al pelirrojo, pero sólo se limitaba a asentir, así que añadió: Y si crees estar listo para la paternidad, no vamos a reprochártelo...

- Y trata de usar condón... - dijo Rupert, admirando la medalla en forma de estrella que posaba junto al premio de cristal de los BFA.

- ... y queremos compensarlo invitándote una copa esta noche.

- No lo sé - respondió Alex - acabo de llegar de España y me duele un poco la cabeza...

- Sólo pretextos para tener sexo con su chica - dijo Rupert, poniéndose la medalla alrededor del cuello y  mirándose en el reflejo del televisor.

- Cherry está en Australia - dijo Alex con disgusto - marie claire la contrató para una sesión fotográfica.

- ¿Con los canguros? - preguntó.

- Si Rupert: canguros, desierto, etcétera.

- ¿Irás con nosotros o no? - preguntó George plácidamente sentado en el sillón.

- Está bien - dijo Alex, resignándose a lo peor - me visto y nos vamos... Por favor no rompan nada, sí Rupert me refiero a ti - dijo, cuando al mirar escaleras abajo vio como el pelirrojo miraba el premio a la colaboración benéfica.

Minutos después Alex bajó vestido para salir, en la sala estaban George mirando su teléfono y Rupert miraba las fotografías de la pared. La mayoría del trayecto fue en total silencio, excepto por los gritos de Rupert hacia los conductores "que manejan peor que una abuela ciega".

- Me topé con Daniel en España - dijo Alex, para romper el hielo dentro del auto - junto conmigo es uno de los veinte más influyentes de Europa.

- Maldito presumido - susurró el pelirrojo - ¿Y cómo es que nosotros no figuramos en esa maldita lista?

- Supongo que lo harán cuando sean del número uno hasta el quinientos, no lo sé.

- ¿Daniel preguntó por mí?

- Sí - contestó Alex - dijo que le pagaras el dinero que le debías y que un día de estos te encontrarían muerto bajo un puente - al mirar que el chico aferraba el volante con tanta fuerza y su cara irradiaba rabia, Alex se apresuró a decir - Obvio es broma Rupert, ¿En serio te esfuerzas en ser tan ingenuo siempre?

El chico no respondió, mantuvo su gesto de disgusto hasta estacionarse en un bar cercano a una área comercial.

Dentro del bar, en una mesa frente a la barra los chicos comienzan a pedir sus tragos. Poco a poco las copas se consumen y la plática fluye como el alcohol.

- Hey Davis, la chica de la barra te está mirando - dijo George.

Alex disimuladamente miró hacia la barra por encima de su vodka tonic, una chica le guiñó el ojo de una manera seductora.

- Olvídalo - dijo Alex - tengo novia y un hijo en camino.

- ¡Vamos! Que seas vegetariano no significa que no puedas admirar un buen pedazo de carne.

- No lo haré - Alex comenzaba a molestarse, miró su reloj y notó que las horas se fueron volando - ¿Nos vamos ya? Tengo que trabajar mañana.

- ¡No seas aguafiestas! - exclamó George, pidiendo otra ronda de tragos.

- Hagamos un trato - dijo Rupert, dirigiéndose a Alex, apoyando su mano en el hombro del chico - Si consigues el número de la chica nos vamos, de lo contrario podemos esperar. La noche es larga.

- No es tan malo como parece - intervino George - sólo quiere charlar contigo.

- Sí, claro, ¿Prometen que si me acerco a ella nos podemos largar de aquí?

- ¿Quieres que lo jure con saliva? - preguntó Rupert, quién se proponía escupir en la palma de su mano. Con un gesto de asco Alex se levantó de la mesa y se acercó a la barra, se sentó en un banco cercano al de la chica.

- Un Manhattan, por favor - le dijo al bar-tender, miró hacia la chica con una mirada de interés y se enfocó de nuevo a su trago.

- ¿Puedo robarte un minuto? - preguntó la chica, cruzando la pierna y acercándose más a él.

- A ti te dejaría robarme hasta la cartera - contestó el chico, dejando su copa en la barra.

- Tu cara se me hace conocida - dijo ella, dibujando una sonrisa tonta y admirando el rostro del chico.

- La verdad no lo creo, aunque trabaje en una revista no aparezco en ella.

- ¿Trabajas en una revista? - preguntó admirada.

- Así es, trabajo para ese tal Davis... Es un excelente jefe, y viéndote bien creo que te podría hacer un espacio en sus páginas.

- ¿Eso crees? - la chica se inclinó hacia él, colocando su mano en la rodilla de Alex y dejando ver un pronunciado escote.

- Eso creo, sólo si formaras parte de una agencia o hubiese alguna forma de contactarte...

- Podría darte mi número - dijo ella, tomando una servilleta de la barra - ¿Tienes un bolígrafo? - preguntó, a lo cual Alex sacó uno del bolsillo interno de su blazer, cargaba su bolígrafo de cartier más por presunción que por funcionalidad. Al terminar de plasmar su número telefónico y un "Katherine" entre corazones, se aceró a Alex, besándole la mejilla mientras metía la servilleta a su bolsillo delantero del saco - ¿Cómo me dijiste que te llamas?

- Nunca te lo dije - apuntó Alex, tomando de un trago el resto del Manhattan - Pero si nos volvemos a ver de nuevo, puedes llamarme Rupert Craig - se levantó del banco y se dirigió hacia la mesa con sus dos amigos - ¿Nos vamos? - preguntó, dejando caer la servilleta entre las copas vacías.

- Ni hablar - dijo George, poniéndose de pie.

- Un trato es un trato - dijo Rupert, cerrando la marcha hacia la salida.

Durante el trayecto los chicos se empeñaron en alabar el trabajo de Alex con la chica.

- ¡Y yo que pensaba que eras un idiota con las chicas! - dijo George.

- Yo tenía la misma opinión que tú - dijo Rupert, mirando al cantante a través del retrovisor del auto - pero ahora me queda claro que tengo dura competencia.

Al llegar a casa Alex se despoja de los zapatos en la escalera, se mete a la cama en su pijama y empeñado en olvidar lo ocurrido cierra los ojos. Minutos después el sonido insistente de su celular lo saca de su lecho inmediatamente.

- ¿Sí?

- ¡Hola amor! - contestó Charlotte desde el otro lado de la línea.

- ¡Hola linda! ¿Qué tal todo por allá? - preguntó, mirando el reloj despertador de la mesa.

- Hasta ahora muy bien, esto comienza a gustarme, mucho de hecho.

- ¡Que bien! Me alegro por ti - el chico bostezó abiertamente en el auricular del teléfono.

- Tuviste un día pesado, ¿cierto?

- Llegué de España hace unas horas... Son las dos de la mañana y mañana regreso a la oficina.

- ¡Que tonta! No tuve en cuenta los usos horarios, perdóname, no sabía que había mucha diferencia entre Londres y Sydney.

- No hay problema, de todos modos sin ti junto a mí no puedo dormir bien - Alex hizo una pausa, y escuchó una risita que le gustaba escuchar, era aquella que Charlotte hacía cada vez que se sonrojaba - ¿Que tal los canguros?

- Parecen ratas bípedas con enormes colas - respondió sinceramente - pero por lo demás está todo bien.

- ¿Cuando volverás? - preguntó el chico

- Serán unos cuantos días más.

- Te extraño.

- ¿En serio?

- Sí... también tus desayunos por la mañana.

- Bien, entonces cuando regrese seguiré con mi rol de cocinera embarazada.

- Te amo Cherry - dijo Alex, entrecerrando los ojos por el sueño.

- Y yo a ti Alex - contestó - tengo que colgar, la estilista se pondrá furiosa si llego tarde.

- Entiendo, nos veremos en unos días, y cuídense.

________________________________________

El nombre de Katherine se me ocurrió de la nada… Así… Puff…