Capítulo IV - Padre e hijo



A pesar de ser la mañana de un sábado donde se suponía Charlie tendría que buscar más cosas para su departamento (al menos un escritorio decente para no tener que quejarse por la postura de trabajar con la laptop en la cama), se encontraba camino al edificio de Condé Nast, donde el chico del recibidor lucía un cutis tan radiante como siempre y un cabello perfectamente peinado.

Al subir al ascensor, después de inundar sus fosas nasales con aquel agradable aroma inexplicablemente salido de la nada, se dirigió a su área de trabajo donde se encontró con la mayoría de sus compañeros vistiendo de una peculiar forma en que no se había imaginado: las camisas planchadas y zapatos lustrosos le daban paso a chaquetas desenfadadas (incluso viejas y desgastadas) y sneakers que claramente no habían entrado a la lavadora en semanas.


  • - Bien, ¿ya están todos? – preguntó Jeff a sus subordinados, dando un elegante sorbo a su vaso de Starbucks y dejando en una silla su abrigo de Tom Ford – ellos son algunos de los fotógrafos que van a colaborar con nosotros en la London Collections: MEN – comentó, haciendo un ademán con su brazo para señalar a dos chicos mayores que los internos pero más jóvenes que Jeff – los cité hoy porque algunas marcas que no se presentan en pasarela comenzarán a mandar sus colecciones para que sean publicadas en nuestros archivos.


Jeff hizo una pausa cual maestro universitario explicando un tema esperando que alguno levantara la mano para resolver una duda, sin embargo al ver que incluso se contenían de respirar, prosiguió.


  • - Lo que le vamos a mostrar ahora es cómo es el proceso de la cobertura de un desfile – comentó Jeff, dándole una señal a uno de los fotógrafos para que se dispusiera a hacer cualquier cosa por la que estuviera ahí, mientras que el otro conectaba mediante cables la cámara a una laptop y ésta a una pantalla montada en un muro hasta ese entonces solitario.
  • - Un modelo aparece solamente entre 40 y 50 segundos en pasarela – comentó el fotógrafo manejando su cámara sin dirigirse a nadie en específico – es por eso que tenemos que ser rápidos y exactos al momento de tomar la foto.
  • - La foto pasa directamente a la computadora y de ahí a una carpeta compartida en el servidor de Condé Nast – explicó el otro chico
  • - Cualquiera de ustedes puede recibir una notificación indicándole que las fotografías del desfile están siendo subidas, y ustedes tienen que pasarlas del servidor a su galería correspondiente – apuntó Jeff para completar la explicación.


Charlie luchó todo lo que pudo por mantener la boca cerrada ante tal proceso. Se imaginaba a un fotógrafo jactándose de que la primera foto aparecía inmediatamente en voguehommes.co.uk, sin embargo se dio cuenta de que es un proceso mucho más complicado.


  • - Vamos a hacer una demostración – dijo Jeff, levantándose de su silla de forma despreocupada – ustedes – comentó, señalando a cinco o seis chicos que tenía más cerca – salgan al final del pasillo y fórmense.


Sin otra orden más que esa los chicos se perdieron de vista en las puertas transparentes, mientras que los demás podían observarlos a través de la pantalla en una transmisión desde la cámara del fotógrafo. Jeff salió al corredor y les ordenó que por orden de estatura caminaran frente a la cámara, fue entonces que una pasarela improvisada con trabajadores de Vogue les daría a conocer el funcionamiento de la cobertura de una semana de la moda.

Al mismo tiempo de la transmisión en la pantalla, se encendió uno de los monitores próximos utilizado por alguno de los chicos donde se veía una notificación en la esquina superior derecha de la pantalla, a la que Jeff se aproximó rodeado de los demás chicos.


  • - Las imágenes aparecerán en orden dentro de una carpeta temporal – explicaba, viendo las imágenes de los chicos en su desfile amateur – todas las fotos que se tomen serán subidas, así que tienen que elegir el mejor ángulo para subirla a la galería – agregó, abriendo el navegador con acceso a la plataforma de Vogue – básicamente sólo tienen que arrastrarlas al navegador por orden al diseñador o marca correspondiente. Cada modelo tiene que coincidir con el orden con que apareció en pasarela, la galería se actualiza automáticamente y prácticamente es todo lo que tienen que hacer.
  • - ¿Qué hay de los detalles de la colección? – preguntó un chico temeroso oculto un poco por otros dos de mayor estatura.
  • - Esas imágenes las obtenemos después – contestó Jeff, eliminando las imágenes tomadas después de que los chicos del pasillo regresaran. – Hay dos o tres fotógrafos más que se encargan de eso y agregan las imágenes por su cuenta. Como verán, serán cuatro días muy ajetreados para todos, así que les recomiendo que escriban artículos en casa para dedicarse todo el tiempo que pasen aquí a la cobertura de los desfiles en caso de que tengan que hacerlo, ¿entendido?


Hubo por parte de todos un asentimiento general, en si sonaba sencillo el sólo hecho de arrastrar un archivo a una ventana en internet, sin embargo era la presión de estar pendiente a una notificación de escritorio lo que los llenaba de nervios por temor a hacer algo mal.

Aún a tiempo para tomar el autobús, Charlie tomó el primer taxi que vio al salir del edificio de Condé Nast, arrojó una pequeña maleta deportiva a su costado y dejó que el chofer lo condujera por Church Walk hasta Halford Road, donde la vieja estación de autobuses era sólo una parada más antes de llegar a casa. Durante el trayecto escuchaba música a todo volumen y pensaba sobre un montón de cosas: sobre cómo se las ingeniaría para escribir notas de moda por la noche para ilustrarlas y publicarlas por la mañana, de cómo podría acercarse a un desfile con la muy débil excusa de que trabajaba en Vogue y de qué color de pared le convendría más a su departamento para aprovechar la luz solar.

El marcado contraste de los edificios corporativos convirtiéndose en grandes muros de cemento y después en pequeñas casas de madera escondidas entre frondosa vegetación lo hizo sentir un cosquilleo en todo el cuerpo, visitar a su familia los fines de semana era un intento personal por no mostrar demasiado que le había gustado dejar la tienda de refacciones de su padre y de haber podido dar un gran salto en su sueño de trabajar para una revista.

Caminando por estrechas calles conocidas y reconociendo caras que fingía no conocer llegó a la casa de sus padres: una construcción de dos plantas donde el garaje había sido acondicionado para convertirse en una tienda de refacciones mecánicas. Veía el chirriante letrero de metal colgado de unas viejas cadenas y la larga sombra que proyectaba a la luz de un foco, ondeando ambos a causa del ligero viento. A pesar de cruzar la vieja rendija miles de veces antes, sentía un ligero temor que sólo se siente las primeras veces, así que se armó de valor y llamó a la puerta.


  • - ¡Cállate Pink! – pronunciaba una voz de mujer dentro de la casa por encima de unos sonoros ladridos de un perro - ¡Oh Charlie, pasa! – Eliza abrazó fugazmente a su hijo para cargar al pequeño french pudde y éste dejara de ladrar al chico, que al reconocerlo saltaba a sus piernas buscando su atención – debes tener hambre, ¿quieres cenar? – preguntó, cerrando tras su hijo la puerta y encendiendo la luz de la sala y del corredor que conectaba con la cocina.
  • - Algo ligero, gracias – contestó éste, dejando con cuidado la maleta con apenas unas prendas y un par de zapatos sobre un sillón
  • - ¿Y cómo te va en la revista? – preguntó Eliza con más interés que antes – debe ser increíble ver a todas esos actores guapos a los que les sacan las fotos.


Charlie no contestó. Sabía que sería difícil explicarle a su madre que se gastan miles de libras para que un actor o cantante viajara con docenas de maletas de ropa a una sola locación por varios días acompañado de al menos un equipo de siete personas para conformar una historia de portada de 8 páginas, así que sólo se limitó a aceptar en un gesto afirmativo.


  • - ¿Mi papá no ha llegado? – preguntó Charlie, esperando no sonar desinteresado al preguntar por su padre hasta después de su llegada.
  • - Fue por la vieja camioneta de los Murray – contestó, sirviéndole a Charlie un gran tarro de chocolate caliente y galletas de coco – le he dicho a tu padre cientos de veces que ese viejo trasto está para exhibirse y no conducirlo por las calles.


Charlie imaginó a su padre en medio de la oscuridad unas cuantas calles más allá de su casa, remolcando una camioneta de los años setenta con su grúa para asegurar un trabajo y tener algo que hacer, ya que Charlie sabía su padre es de esos hombres que no conocen de perder el tiempo libre cuando se puede hacer algo productivo.

Pasaron algunos minutos en los que el chico contestaba sin ánimo las preguntas de su madre cuando escuchó el ruido metálico de un auto siendo cargado por otro, esperó a que su padre entrara por la puerta y saludarlo de una forma cordial, al menos sincera.


  • - ¿A qué hora llegaste? – preguntó su padre Tom, limpiándose las manos llenas de aceite con un pedazo de tela que siempre cargaba en el bolsillo trasero de su pantalón.
  • - Hace rato – contestó de forma instantánea - ¿Cómo te fue? – preguntó él con una formalidad realmente exagerada, como si tuviera la obligación de hacerlo.
  • - El motor de la camioneta de los Murray sigue fallando – contestó, mirando frente a él una humeante taza de café - ¿y cómo te va?
  • - Bien, va a empezar la semana de la moda y vamos a tener más trabajo, pero es bueno – respondió Charlie, esperando no sonar demasiado emocionado ante la idea de ver a jóvenes más atractivos, musculosos y agraciados que él modelando ropa que quizá nunca tendrá en sus manos – vamos a tener mucho que escribir.


El padre de Charlie sólo contestó alzando una ceja y tomando de su café. Por alguna razón Charlie se sentía temeroso, como si aquella cocina se convirtiera en el interrogatorio de una cárcel donde su padre esperaba el momento exacto para aniquilarlo con preguntas imposibles de satisfacerlo.


  • - ¿Vas a ir a la semana de la moda? – preguntó su madre emocionada, rompiendo aquella sensación de vacío e incomodidad entre ambos - ¿vas a salir en la televisión?
  • - No madre – contestó Charlie, poniéndose en pie y llevando su taza al fregadero – voy a trabajar desde la oficina de Condé Nast, no creo que ninguno de mis compañeros tenga oportunidad de ir a un desfile.
  • - ¿Tus compañeros? ¿Con cuántas personas trabajas? – preguntó su padre con curiosidad.
  • - Somos 12 editores, quizá más – apuntó Charlie, intentando recordar los rostros que había visto desde su primer día en el edificio donde trabajaba.
  • - Si son tantos y sólo escribes, ¿por qué no lo puedes hacer desde aquí? – Tom había fijado en su hijo la mirada de un hombre que descubre una mentira y decide llegar hasta el final de la misma.
  • - Porque no puedo acceder al servidor ni al editor de las notas fuera de la oficina y no puedo hacer nada sin acceso a la plataforma de la revista - Charlie había alzado la voz para defenderse (de alguna forma) y convencer a su padre de que estaba diciendo la verdad, sentía en él la mirada penetrante de su padre y el nerviosismo de su madre mirando hacia ningún lugar.
  • - ¿Y ganas lo suficiente escribiendo como para vivir tú solo? – preguntó su padre de nueva cuenta con más frialdad que antes.
  • - La verdad sí – dijo Charlie a la defensiva – la paga es buena y es algo que siempre he querido hacer.
  • - No me sorprende que te paguen bien viendo el precio de toda esa ropa cara y afeminada.
  • - ¡No es ropa afeminada!, es una tendencia que muchos diseñadores han adoptado para las próximas temporadas – exclamó el chico, dándose cuenta de que estaba gritando después de sentir un gran dolor en su garganta.
  • - ¡No me importa medio centavo lo que esos diseñadores hagan! ¡Podrías ganarte la vida con algo más decente y productivo que combinando colores en la computadora!
  • - ¿Algo más productivo? ¿Algo como mancharme de grasa cambiando tuercas o apestando a aceite todo el día?
  • - ¡No me hables así! – exclamó el padre de Tom, contenido por los brazos de su esposa que lo sujetaban para que evitara seguir a su hijo escaleras arriba camino a su habitación.
  • - ¡No juzgues lo que hago! – reclamó Charlie con lágrimas en los ojos, manteniendo la puerta abierta de su habitación con una mano temblorosa – a veces pienso que te pesa más perder a un trabajador en tu sucia tienda que tener a un hijo lejos que está cumpliendo su sueño.

Tras una abrumadora tensión, Charlie cerró la puerta y se dejó caer tras ella, abrazando sus piernas con sus brazos y llorando en silencio como muchas noches anteriores a causa de que su padre no comprendiera muchas cosas sobre lo que quería llegar a ser en la vida.

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Nota Mod: Antes que nada quiero agradecer a todas aquellas personas que siguen mostrando interés en esta historia, años después del primer capítulo. Sé que no he actualizado tanto como anteriores ocasiones, la razón es que han pasado diversas cuestiones laborales que han absorbido mi vida en muchos aspectos, enfrentándome al temor de los nuevos caminos por recorrer, sumado al trabajo que he hecho desde hace seis años y que me ha dado la oportunidad de conocer el mundo de internet. Sin más que escribir, espero que esta historia sea de su agrado y disfruten leyéndola tanto como yo al escribirla por el desahogo emocional que me conlleva.

Joe.