
- Buen día Charlie – saludó Alex al verlo acercarse temeroso y tembloroso por un pasillo donde la nieve del exterior se encargaba de hacer que la luz llegara filtrada, haciendo que los pasillos de Condé Nast se vieran aún más fríos que lo de costumbre.
- Buen día señor – contestó éste arrojando su café vacío de Starbucks al cesto de basura más cercano en donde ya había hojas arrugadas, papeles rasgados y un vaso vacío más de líquido café.
- ¿Estás nervioso? – preguntó Alex sin dirigirle la mirada, al parecer el Editor en Jefe siempre tenía papeles sobre la mano que eran más importantes que la vida de quien tuviera en frente.
- Un poco señor – el chico hablaba sinceramente sin que Alex lo notara y mucho menos lo supiera. Tragaba saliva que se sentía como hielo y cada paso detrás de Alex sonaba con un eco que lo golpeaba en el estómago.
- Hola Ben – saludó Alex sin ánimo a un hombre recargado de brazos cruzados revisando su teléfono. El aludido levantó la vista y contestó con un vago ‘buen día’ a su jefe, mientras no dejaba de mirar a Charlie de los pies a la cabeza.
- ¿Es éste mi gran reto? – preguntó Ben sin quitarle la mirada de encima a Charlie.
- Haz lo que puedas, te prometo que no será difícil – comentó Alex como despedida dirigiéndose a su oficina acompañado con el eco de sus botas de piel.
Charlie sentía que el cuerpo se le helaba. Estar en presencia de unos de los editores de moda más importantes de Europa lo hacía temblar de miedo más que de frío.
- Bien Charlie, ¿qué quieres usar hoy? – preguntó Ben, indicándole que lo siguiera por uno de los pasillos en los que el chico nunca se había internado.
- No lo sé… Traje un abrigo de Scoth&Soda y no sé si… - Ben se giró rápidamente sobre sus pasos con el dedo índice señalando a la altura de sus ojos.
- Trabajas en Vogue – dijo en un susurro congelante con los ojos casi fuera de órbita – no puedes ir por la vida con un abrigo viejo sacado del cesto de un almacén.
De repente, Charlie se vio arrastrado por el brazo hacia una de las tantas puertas de cristal que había en el edificio, como si Ben hubiera proclamado por él mismo una emergencia nuclear. Al poner un pie en aquella estancia el corazón de Charlie se detuvo después de dar un vuelco: su vista se había maravillaba con prendas y accesorios hasta donde alcanzaba la vista. Veía abrigos de lana y pieles exóticas colgados con gran cuidado en percheros móviles esparcidos a lo largo de aquella habitación, al centro de los pasillos veía mesas con cajones que dejaban ver su contenido a través del pulcro cristal para que fuera más fácil identificar una corbata, un calcetín o unas mancuernas en aquel mar de diseñadores y marcas de todos los rincones del planeta.
- Al menos eres delgado – comentó Ben, sacando a Charlie del estupor que se había internado al ver destellos de lentejuelas bordadas y sedas italianas brillando ante la luz fría de las altas lámparas.
- ¿Qué? – preguntó Charlie con vacilación, siguiendo el sonido de la voz de Ben, que se había internado en el cambiante laberinto de percheros móviles.
- No va a hacer falta aceite o una engrapadora industrial – comentó Ben, al ver las delgadas piernas del chico envueltas dentro de un pantalón de corte fit - ¿te gusta el negro? – preguntó de nueva cuenta, moviendo ganchos de un lado al otro, buscando en un interminable montón de colores y texturas.
- Claro, ¿a quién no?
- Bien, entonces te vas a poner lo que te dé y te gustará sin siquiera cuestionarme o intentar decirme nada, ¿entendido? – Charlie sólo se limitó a asentir mientras tomaba un pantalón que Ben prácticamente le arrojaba a los brazos.
Tras recorrer el último pasillo de la estancia, Charlie se probó todo lo que Ben había escogido para él: una camisa de manga larga con detalle de unas estrellas tejidas de Givenchy, unos pantalones skinny y botas Chelsea de Tom Ford, salía a que el editor de moda pudiera dar su opinión sobre su creación.
- Le falta algo – murmuraba Ben para sí mismo cruzando los brazos y mirando al chico con una mirada de rayos x.
Sin decir palabra se encaminó rápidamente hacia un perchero donde había sombreros de todas las formas: alas redondas, sombreros de referencias militares, boinas francesas y hasta gorras de béisbol. Después de tomar uno, tomó con un gesto hábil una fastuosa capa negra que ondulaba a su paso.
- Tenemos que cumplir con la regla no escrita de llevar algo del di…
- Del diseñador que nos invitó a su desfile – completó Charlie, adivinando lo que Ben quería explicar con el sombrero de última hora que había tomado.
- No eres tan tonto como lo pensé – comentó Ben, calándole el sombrero y viendo el resultado de su trabajo frente a un espejo triple que dejaba ver cada ángulo de lo que Charlie se había puesto.
- Voy a dejar mi ropa en… - Charlie había tomado las prendas que se había quitado para doblarlas y meterlas a la mochila que llevaba consigo, pero Ben se las arrebató de un solo movimiento.
- Puedes dejarlas aquí – dijo, arrojándolas a un cesto vacío – créeme, nadie te las va a robar.
Verse con prendas de diseñador que llegaban a costar hasta 30,000 euros en su conjunto era algo con lo que Charlie no estaba preparado para lidiar, sintió ganas de llorar y de desmayarse al mismo tiempo, pero llevar a cabo cualquiera de ellas definitivamente lo dejaría en ridículo.
- ¿Terminaste? – Ben lo sacó de su estupor al verlo contemplarse desde todos los ángulos posibles – sólo estás invitado al desfile de hoy y representas a la mejor revista masculina del mundo, así que por favor, hazlo bien – comentó Ben, ajustándose los botones de un abrigo de doble botonadura de Balmain.
Aquella mañana, los trabajadores de todas las áreas de Condé Nast se arremolinaban más temprano que de costumbre en las escaleras y ascensores, un bullicio del que Charlie era ajeno desde hace unas horas esperando a que Alex saliera de su oficina para dirigirse a su primer desfile.
- Está cargado al cien por ciento – comentó Ben, caminando por el pasillo con paso decidido y apresurado dándole un pequeño ordenador portátil de Apple – se conectará a internet automáticamente en el Old Spitalfields Market, sólo tienes que preocuparte por observar y escribir al mismo tiempo.
- ¿Qué haré mientras comienza el desfile? – preguntó de repente, al recordar que el desfile de Joshua Kane era el segundo en el itinerario de aquel día.
- No lo sé – contestó Ben, haciendo un ademán con su mano como di descartara algo sin importancia o alejara un insecto molesto – paséate por ahí fingiendo que haces algo importante, muchos bloggers y demás escoria de internet hará lo mismo.
- Bien, ¿qué camión me lleva al Old Spitalfields Market? – preguntó Charlie.
Ante tal cuestión, Ben se detuvo en seco con una mirada de incredulidad y paranoia que asustó a Charlie porque, de alguna u otra forma, sabía que había metido la pata.
- Trabajas en Vogue – contestó Ben, apretando los dientes conteniendo las ganas de gritarle en la cara al chico – un editor de Vogue no va a llegar en transporte público a un desfile, irás en un auto de Condé Nast con un logotipo muy grande para que todos lo vean y volteen a ver el maravilloso trabajo que hice contigo.
En punto de las nueve de la mañana los pasillos quedaron despejados y el sonido de teléfonos y pasos contra el mármol del piso dejaron de escucharse. En su lugar se veía una pequeña peregrinación de personas vestidas con miles de euros de los pies a la cabeza haciendo gala de abrigos desempacados y camisas recién planchadas, a su paso, Charlie se sumó tímido a ese pequeño pelotón de hombres que representarían a la revista más importante de moda masculina en el mundo.
“No metas la pata”, fue el comentario despectivo con el que Jeff lo despidió de área de redacción sin siquiera dirigirle la mirada, algo que hizo que Charlie sintiera un nudo de acero en su garganta.
En el estacionamiento, Charlie ocupó uno de los autos que la compañía ponía a disposición de sus editores. Tras subir por la rampa subterránea e internarse a la calle, vio como al menos una docena de autos de un elegante y llamativo color negro llamaban la atención de propios y extraños al ser aquello algo similar a un desfile en honor a la realeza y un operativo militar debido a la sincronización de los autos que conducían en fila hacia la misma dirección.
La estampa del Londres vestida de blanco por la nieve lo hacía sentir emoción como nunca antes, aunque la navidad ya hubiese pasado, sentía como si acabara de recibir el mejor de los regalos de su vida: lucía ropa de diseñador de última temporada e iba en camino hacia la cobertura de su primer desfile para la mejor revista masculina del mundo, una sensación de nerviosismo que se complementaba con la de no manchar las botas de lodo o que el bajo de la capa no se humedeciera con la nieve.
- Tú bajas aquí – dijo la seca voz de Ben cuando el auto se detuvo delante de la gran construcción de ladrillos del Old Spitalfields Market – El desfile comienza en cuarenta minutos, así que busca tu mejor pose, que te van a rodear como cuervos – comentó, al ver que un par de fotógrafos se aproximaban a Charlie al verlo bajar del auto.
El chico caminó con paso tambaleante y se dirigía a uno de los accesos cuando uno de los chicos con cámara en mano le cerró el paso.
- Oye, ¿puedo tomarte una foto? – preguntó, con el dedo listo en el obturador.
- Oh, no gracias, sólo vengo al desfile.
- ¡Vamos! Eres lo mejor que hemos visto hasta ahora – comentó el otro chico, también con la cámara lista.
- Bien… - se resignó Charlie, al ver que los fotógrafos no dejarían de insistir – pero que sea rápido tengo que buscar mi lugar dentro.
Los dos fotógrafos hicieron sonar los obturadores de sus cámaras haciendo que Charlie se sintiera sumamente incómodo, llamando la atención de personas que cargaban con sus bolsas de compras viendo a un chico llevar una capa del siglo pasado posando para dos cámaras.
Con un vago gesto de agradecimiento los fotógrafos se despidieron de Charlie, dejándolo entrar al apartado del lugar en donde se llevaría a cabo el desfile: un amplio espacio con una pasarela elevada y un piano de cola al final de la misma daba al lugar un gran aspecto de majestuosidad, en contraste con la antigua fachada de la construcción.
- ¿Tu nombre? – preguntó una chica con papeles bien sujetados de la mano y ojeras bajo sus ojos tomándolo por sorpresa.
- Soy Charlie Glyde, vengo de Vogue – contestó, cerrando la boca al notar que llevaba varios segundos contemplando todo aquello con la mandíbula abierta.
- Vaya, no pensé que llegarías tan temprano. Sígueme por favor – le indicó la chica, llevándolo por el lado derecho de la pasarela en la primera fila, Charlie hizo ademán de sentarse en una de las sillas elevadas detrás de las primeras dos hileras de asientos, pero la chica lo condujo a otro lugar. Para su sorpresa, Charlie se encontró con el ajetreo de modelos vistiéndose y desvistiéndose en el backstage: algunos lucían ya el look que les correspondía modelar, mientras otros eran asistidos por maquillistas o estilistas y unos cuantos más permanecían sentados en el suelo o en algunas de las pocas sillas de la estancia.
- ¡Charlie que gusto! – exclamó una voz jovial salida de la nada. Joshua Kane se abría paso entre asistentes que planchaban prendas y anudaban corbatas para saludar al recién llegado.
- Es un placer Joshua, en verdad te agradezco mucho – comentó el chico, sintiendo que la laptop que llevaba entre sus manos resbalaba por el sudor de sus nervios.
- Al contrario chico, es un gran honor que comiences la cobertura de los desfiles en vivo conmigo – dijo Joshua, tomándolo del hombro para llevarlo a una esquina del backstage – te traje para que puedas ver la colección antes del desfile y te puedas dar una idea de cómo se verá en pasarela – ante Charlie había fotos de los modelos luciendo los looks de la colección tomada algunos momentos antes, se veían también bocetos del propio diseñador e ilustraciones vintage de los años cincuenta que habían servido como inspiración.
- Es increíble – susurró Charlie, dándose cuenta de que prácticamente era de las pocas primeras personas que habían visto la colección al completo antes incluso de que el primer modelo saliera a la pasarela.
- Josh, llegaron los modelos de Next – comentó en voz alta una chica que formaba parte del staff, detrás de una cortina Charlie vio como varios chicos de su edad se sumaban a los modelos que ya estaban vestidos para comenzar la pasarela, notó como algunos se mostraban desenfadados ante la situación, mientras que otros se concentraban prestando atención a las indicaciones del coreógrafo del desfile. Pero sobre todos, a Charlie le llamó la atención un chico de piel pálida que fumaba un cigarro, sumado a su rostro ausente de todo aquel tumulto. Un rostro vagamente familiar.Anda, no tengas miedo de dar un vistazo por ahí – lo animo el diseñador, anudando los zapatos de un chico con más músculos que los que Charlie pensó el cuerpo humano podía tener.
El chico se paseaba alrededor intentando no tropezar ni romper nada, pero su curiosidad pudo más y comenzó a tocar las telas y sentir en sus dedos la suavidad del terciopelo y la áspera lana, “un diverso contraste de texturas” murmuró para sí como era su costumbre. Paseó sus ojos en cuanto estampado había frente a él cuando una señal de la organizadora que lo había llevado a backstage le indicaba que el desfile estaría por comenzar.
En una segunda fila en la que igual se podía ver cualquier detalle de la pasarela, Charlie verificó que tuviera conexión a internet, que su ordenador portátil estuviera cargado y que le sería cómodo trabajar con aquello sobre sus piernas. Los susurros de los presentes ya en sus lugares se pausaron por un momento, Charlie pensó que el desfile comenzaría. Pero aquél momento de quietud lo ocasionó la llegada de Alex, acompañado del editor de moda de Vogue que robaban de forma automática y disimulada las miradas de todos los presentes. Alex se sentó justamente frente a Charlie sin dirigirle palabra alguna, pero el efecto de la presencia de Alex podía sentirse en aquel lugar, cambiando la atmósfera de forma inmediata.
Un miembro del staff del diseñador se percató de la presencia de Alex y presuroso prácticamente gritó al micrófono que colgaba del cuello de su camiseta un susurro que no se escuchó, pero que todo mundo pudo leer en sus labios: “Alex llegó”.
Al instante las pocas luces se atenuaron y algunas personas de la organización pidieron a los asistentes que tomaran su lugar. Desde el fondo de la pasarela apareció un chico de piel negra que tomó asiento en el piano para entonar melodías suaves, al compás de aquellas notas, un modelo tras otro aparecía en el improvisado escenario en donde se habían congregado cientos de personas para ver la reciente propuesta de uno de los diseñadores más prometedores de Inglaterra.
Los dedos silenciosos pero audaces de Charlie conjugaban en su mente imágenes en movimiento que veía sobre la pasarela con lo que sus otros sentidos habían percatado en backstage: luchaba por que sus ideas se plasmaran tan rápido en el editor de la página web que sentía la necesidad de mirar hacia la pantalla en lugar del desfile, pero un torrente de aplausos justo cuando publicaba su reseña lo sacó de su estado de estresado estupor para darse cuenta de que el desfile había terminado.
Una rápida aparición por parte de Joshua en escenario multiplicó los disparos de las cámaras y los aplausos, haciendo que cuando éste desapareciera los invitados se dispersaran buscando la salida en camino al próximo desfile. Atento a los movimientos de Alex, Charlie notó que éste se habría paso con su sola presencia hasta el backstage, donde intercambió unas palabras con el diseñador que sólo ellos pudieron escuchar, sin embargo el chico notó que el editor miraba instintivamente a la esquina de aquel improvisado camerino posando sus ojos en uno de los modelos con más apariciones en el desfile, mientras Alex no lo perdía de vista, el aludido ignoraba todo aquel ajetreo, poniéndose de nuevo una camiseta vieja y alborotándose el cabello.
- Es todo por hoy Charlie – le dijo sorpresivamente Ben detrás de él – sé que fue muy emocionante, pero hay que volver a la realidad de un escritorio.
- Fue un placer Joshua – comentó Charlie en voz alta para hacerse escuchar, tomando valor e iniciativa para despedirse del diseñador – en verdad lo que haces es increíble.
- Muchas gracias por venir, el placer fue mío – comentó el aludido visiblemente emocionado – espero que ésta no sea la última vez que nos encontremos.
- Hasta luego Joshua – comentó Ben, jalando a Charlie del brazo hacia la salida donde fotógrafos captaban cada look, estilo, detalle y accesorio de los invitados y modelos partícipes del desfile – vuelve a Condé Nast y haz lo que mejor sabes hacer – le dijo Ben, abriéndole la puerta de uno de los autos de la compañía, mientras Alex se deslizaba con elegancia dentro de un vehículo parecido rumbo al siguiente desfile.
Sin decir nada más, Ben subió al mismo auto que Alex mirando las calles blancas por la nieve pasar con lentitud ante él.
- ¿Qué le viste? – preguntó de repente a Alex, que terminaba de atender una llamada telefónica de apenas unos cuantos segundos de duración.
- ¿De qué hablas? – su tono de voz inerte no denotaba indiferencia, sino esa sensación de que prácticamente aquella era una pregunta tonta.
- Sabes de qué hablo… Ese chico, Charlie, ¿qué tiene de especial? – preguntó con más curiosidad y énfasis que antes.
- Tiene talento, eso es todo – contestó con desgana, ajustándose la correa del reloj distraídamente.
- Pues espero que no meta la pata, le estás apostando mucho a su flacucho.
Alex no contestó. Había algo en Charlie que le llamaba la atención: no sabía si era su talento para escribir sobre moda o porque simplemente veía en él un espejo de sí mismo muchos años atrás.