Capítulo VIII - Ford



El frío de las mañanas gélidas de enero le complicaba el hecho de que las palabras acudieran a su garganta. Y aunque tenía muchas cosas que decir, sentía que su mente se había quedado en blanco. “que ironía para un editor” se dijo a sí mismo, al ver cómo dejaba atrás las elegantes tiendas de Piccadilly para internarse en una zona donde los locales ofrecían servicios básicos en lugar de complementos de lujo.

Tras estacionarse en una vieja acera y darle un rápido vistazo al desierto parque cubierto de blanco, cruzó la calle para subir las escaleras de un viejo edificio modernizado por dentro que dejaba ver un interior elegante, a diferencia de los monótonos ladrillos rojos de cientos de edificios similares en sus fachadas.

Se detuvo frente a la puerta negra de un departamento del tercer piso para respirar un poco, aunque le dolieran los pulmones comprimidos bajo la camisa, el blazer y su abrigo de Bottega Veneta. Segundos después los nudillos desnudos que dejaban ver sus guantes de piel llamaron tres veces, lo suficiente para hacerse escuchar en aquel sepulcral silencio de invierno.

Del otro lado de la puerta se escuchó el eco de unos pasos desnudos que, sin prisa pero sin pausa acudieron al llamado aquella mañana. Al abrir la puerta, Alex pudo ver aquellos ojos azules que veía cada mañana en su esposa, pero un poco más enrojecidos y hundidos en tenues ojeras que contrastaban con la blanca piel del chico.

  • Te mandó mamá, ¿verdad? – preguntó Christopher con un tono ausente pero seguro, como si estuviera esperando para formular esa cuestión.
  • ¿Puedo pasar? – Alex se sentía tonto haciendo un gesto ridículo con los brazos, balanceándolos de adelante a atrás de forma inerte. Sentía que se sentiría más tonto si se quedaba quieto. Christopher no contestó, abrió la puerta para que su padre pasara, cerrándola detrás de él.
A primera vista, aquél era el departamento de un joven cualquiera: trastos sucios en la cocina, zapatos tirados por el suelo y restos de envolturas de comida rápida, cervezas y algunas colillas de cigarros.

  • ¿De quién son? – preguntó Alex señalando al menos media docena de mochilas amontonadas en un sillón de la sala, dejadas ahí estrepitosamente.
  • De unos amigos – contestó Charlie, sentándose en uno de los sillones desocupados y levantando sus pies descalzos a la mesa de madera del centro – se están quedando aquí por los desfiles.
Alex entendió a lo que Charlie se refería: durante las semanas de la moda las agencias de modelos buscaban la opción más económica para que los chicos y chicas pudieran pernoctar en los días de las fashion weeks, sin embargo, éstos al ahorrarse los viáticos en hospedaje, buscaban hoteles de paso, rentas de cuartos o como en aquel caso, a un conocido con el que pudieran quedarse aunque fuera en una misma habitación.

  • ¿Cómo has estado? – preguntó Alex, tomando asiento al lado de su hijo.
  • ¿Ahora te importa? – el chico posó en su padre unos ojos de incredulidad que avivaban sus ojeras y enrojecimiento.
  • Siempre me ha importado, y lo sabes – comentó Alex con autoridad y franqueza – sé que lo de Ashlee es difícil pero…
  • No, no lo sabes – interrumpió Christopher apartándose un mechón de cabello que le caía sobre la frente – deja de tener lástima por mí.
Alex no supo qué decir. Cuando Ashlee le anunció que se iba a Alemania con su familia para estudiar una especialización en cardiología, el mundo del chico se derrumbó por completo. Apenas salió de la universidad hubo un tiempo en que se alejó de la música, dejó de ver a sus amigos de la banda y salía de casa para desaparecer por días, siempre regresando por las noches evitando que miraran su mirada enrojecida.

  • Tu madre aún prepara comida para tres – dijo Alex de la nada – tu habitación está tal y como la dejaste y tus abuelos se preocupan mucho por ti – concluyó casi en un susurro, esperando que su hilo de voz se filtrara hasta lo más profundo del corazón de su hijo.
  • Diles que estoy bien – dijo este, conectando su mirada con la de su padre por apenas unos segundos.
  • Al menos sigues escribiendo – comentó Alex, al ver la letra de su hijo plasmada en vagos renglones sobre hojas recicladas y algunas bolsas de papel.
  • Son tonterías – dijo el chico, haciendo un ademán de querer arrebatarle las hojas a su padre, pero éste fue más hábil y las aportó de su alcance.
  • Son muy buenas – dijo éste - ¿por qué no las has grabado?
  • Tu amigo George está muy ocupado preparando huevos como para producirme algo – espetó el chico con enfado – además no tengo demos ni nada, no puedo hacer un EP de la noche a la mañana.
  • Bueno, si quieres puedo hablar con George y…
  • Déjalo, debes estar muy ocupado con todos esos desfiles y las fiestas y con tu ida a Milán y París…
  • Puedo quedarme si quieres…
De repente, Christopher giró su cabeza tan rápido que pensó se le quebraría el cuello. Escuchar aquellas palabras de boca de su padre era prácticamente imposible y su rostro incrédulo lo denotaba a la perfección.

  • ¿Quieres dejar tu trabajo de lado para escucharme todo el día tocar? – Preguntó Christopher con ironía, levantándose del sillón para dirigirse a la cocina.
  • Quiero que vuelvas a ser el de antes - comentó su padre emprendiendo el paso tras él – quiero que volvamos a salir juntos, a escuchar tu música, a verte feliz…
Christopher detuvo la tarea de buscar algo en el refrigerador para mantenerse inmóvil e inerte por unos segundos. Escuchar a su padre de felicidad le resultaba sumamente extraño, sabía que de proponérselo, encontraría el tiempo para que juntos pudieran realizar algo, no un campamento como cuando era más joven, pero supuso que su padre se esforzaba e insistía porque en verdad le preocupaba verlo triste y ausente.

  • Te dije que estoy bien – le reiteró Chris, cerrando la puerta del refrigerador con fuerza – además no sé por qué te preocupas por mí, como si no fuera suficiente verme en cada desfile.
  • Es muy diferente Chris…
  • No, no es diferente – apuntó Chris rápidamente – tú me metiste a este mundo y le hablaste de mí a mucha gente importante. Querías que fuera modelo, ¿no? Pues lo lograste, no sé qué pretendes ahora viniendo a decirme que quieres que regrese sabiendo que tengo que ir de un lado a otro justamente como tú lo haces.
Alex sabía muy en el fondo que no podía apelar a lo que su hijo le decía, haberlo introducido al mundo del modelaje presentándoselo a diseñadores y fotógrafos pensó que sería una gran alternativa que podía manejar de la mano de la música, pero después de la partida de Ashlee todo ese optimismo se vino abajo.

  • ¿Vas a desfilar hoy? – preguntó Alex, sólo por evitar que su garganta se cerrara.
  • Sí, tengo dos o tres desfiles a mediodía.
  • Bien, entonces… te veré luego.
El incómodo silencio que se generó entre ellos esperaba ser roto por alguno de los dos, esperando inventarse una excusa para estar más tiempo uno cerca de otro, pero Christopher no alzó la mirada del lavabo en el que dejaba escurrir el agua y Alex no pudo pronunciar nada más, por lo que el eco de sus zapatos fue lo único que le puso fin a su conversación.

  • Hay que estar atentos a lo que el imbécil de Tom Ford tiene planeado hacer – comentó Jeff en el ascensor que compartía con Ben y con Charlie. Más que dirigirse a alguien en particular, prácticamente mascullaba para sí mismo.
  • Hasta ahora el desfile en la Abadía de Westminster sigue en pie – apuntó Ben, dando un sorbo a su segundo vaso de café del día – no es probable que haga una estupidez como en Nueva York y vaya en contra de todo un calendario.
Charlie no se animó a pronunciar palabra, supo que en el desfile de su colección femenina en Nueva York el diseñador había movido su presentación a una de las últimas de la noche con el pretexto de ofrecer una cena a los invitados, lo que originó problemas de transporte hacia el hotel al sur de la ciudad y la decisión de si asistir a un desfile de último momento o al último show del día programado desde hace semanas.

  • Ya sabes qué hacer - le dijo Jeff a Charlie al llegar a la sala de redacción.
Charlie sin inmutarse tomó asiento en su computador esperando a que los desfiles dieran comienzo, mientras tanto perdía el tiempo leyendo artículos que escribían los demás compañeros de su área y compartiéndolos en sus redes sociales. La mayoría de la mañana y parte de la tarde ocurrió sin novedad, prácticamente de forma aburrida y monótona para el chico, aprovechando al máximo sus veinte minutos para comer intercambiando algunas palabras con quienes tenía cerca de la mesa: un chico de redacción con el que nunca había hablado y uno más que trabajaba para Ben, que resaltaba de entre los demás por lucir un cabello corto platinado.

  • Alex busca al chico maravilla – dijo Ben asomándose por las puertas de cristal y mirando a Charlie esperando a que éste saliera corriendo tras él. El aludido separó su silla del escritorio con un sonido sordo y se dirigió a la salida donde el editor de moda lo esperaba con impaciencia. Al estar en el pasillo, Ben lo tomó del hombro y prácticamente lo arrastró por el pasillo camino a la oficina de Alex – Escucha, Tom Ford está con Alex, lo que significa que la mínima fricción entre ellos puede provocar algo peor que una explosión nuclear – Charlie no supo cómo reaccionar a ese comentario: su diseñador preferido y el hombre al que admiraba juntos en los mismos 30 metros cuadrados era algo difícil de asimilar – así que cualquier cosa que vayas a hacer ahí dentro hazlo bien, de lo contrario tu vida se acabó – comentó en un susurro, dándole un ligero empujón para dejarlo justo fuera de las puertas de cristal en donde la mirada del editor y del creador se posaron en él penetrando el cristal y su propia piel.
  • Pasa Charlie – Alex se aproximó para abrir la puerta y hacerlo pasar. El chico notó que Alex tenía en su rostro una sonrisa estática, forzada, como la de una persona ante una visita desagradable. – Como verás Charlie, nuestro ilustre visitante es el señor Tom Ford y vino expresamente hasta aquí para invitarnos a su presentación de esta noche.
  • Es un gusto señor Ford – dijo el chico, ofreciéndole una tosca mano al diseñador que sentado en una de las sillas de piel permanecía cruzado de pierna luciendo un traje impecable.
  • Buen día chico – contestó éste fríamente – tienes un don para encontrar talentos que a primera vista parecen no serlo, Davis – Tom Ford miró en un vistazo de arriba abajo a Charlie, reparando en una camisa con un cuello italiano que comenzaba a levantarse por su desgaste, unos pantalones que le venían ligeramente holgados y zapatos con las puntas un poco talladas.
  • Las primeras impresiones cuentan, pero no valen nada si esa persona resulta ser un fiasco – contestó Alex con un tono más gélido que el clima.
  • Si crees que vale la pena puedo agregar su nombre a la lista – comentó Tom, girándose hacia Alex apoyando su rostro en su mentón de una firma sumamente elegante.
  • Será de los pocos que en verdad merezcan estar ahí – Alex se apoyó con una mano sobre el escritorio de cristal de forma desenfadada pero segura al mismo tiempo, llevando su otra mano a la cintura y dejando ver un llamativo reloj de Jaeger Le-Coultre.
Charlie se había petrificado desde el primer segundo que pisó la oficina, pero fue esa silenciosa y fiera batalla a muerte de estilo, clase y sofisticación lo que lo hizo helarse por completo.

  • Bien Charlie, te espero en mi desfile de esta noche.
  • Gracias señor – contestó el chico casi con rigurosidad militar.
  • Debes estar muy ocupado – intervino Alex – seguramente tienes muchas cosas que planear, así que no te quitamos más tu tiempo – agregó, dirigiéndose a la puerta como una señal de despedida.
Antes de que Tom desapareciera por el pasillo hubo un intercambio de palabras hostiles y obligadas que hicieron que Alex respirara de alivio al ver al diseñador partir. Sin reparar en la presencia de Chris, regresó a su silla y se dejó caer con pesadez.

  • Ya oíste Charlie, Tom quiere que vayas a su desfile, así que prepárate para salir esta noche, pídele ayuda a Ben, puedes salir con un auto desde aquí o que pase por ti a casa para llevarnos a Westminster.
  • ¿Por qué cambió la hora de su presentación? – se atrevió a preguntar sin moverse de su lugar.
  • Es un negocio redondo – contestó rápidamente – adoptó el nuevo formato de compra inmediata: un cuanto el desfile termine la colección estará disponible en Style.com, Condé Nast da a conocer la colección, Tom Ford vende al instante alrededor del mundo y Newhouse gana una gran rebanada del pastel.
Charlie entendió a la perfección. El auge de que las marcas de moda presentaran su formato “ver ahora, comprar ahora” les aseguraba a sus consumidores más exclusividad al llevar una prenda de la colección más reciente días después de ser presentada, que meses antes de la temporada para la que se diseñó.

  • Supe de las buenas nuevas – comentó Jeff en su computador cuando Charlie regresó a su área de trabajo – Ford es como un perro temeroso, ladra pero no muerde. Incluso hasta tú eres mejor en tu trabajo que él.
  • ¿Por qué crees que haya venido hasta acá? – preguntó el chico, escribiendo ágilmente sobre las imágenes de la colección de OSMAN que acababan de ser subidas.
  • Mera presunción – contestó al instante – Condé Nast está probando el nuevo modelo de negocio “al instante” y Tom Ford es el desfile perfecto para ello: elegancia, invitados de lujo y una cobertura inmejorable. Que es donde entras tú.
Charlie trató de no mostrarse nervioso ante ese comentario, pero era prácticamente imposible. Sus dedos temblaban y tragaba saliva constantemente ante el hecho de pensar que estaría rodeado de verdaderas celebridades de Hollywood y la más alta esfera de la moda de Londres.

  • De verdad deberían doblarme el sueldo – Comentaba Ben mientras Charlie se cambiaba (por cuarta vez) detrás de un vestidor en el armario de Vogue – o nombrarme caballero con honores.
  • Perdón Ben – Charlie comenzaba a mostrarse apenado ante el editor de moda, aunque no sabía muy bien porqué. Aquella situación de encontrar un outfit ideal para uno de los desfiles más importantes de la semana de la moda hacia que a Ben le doliera la cabeza al ver al chico frente a un espejo triple que reflejaba cada ángulo de su silueta para simplemente decir “no” en un susurro para sí mismo y volver a perderse en los pasillos del armario.
  • Antes del desfile habrá una alfombra roja – comentó el editor tras alisar la manga del traje del chico – obviamente entrarás por la parte donde no haya prensa, serás invisible para ellos. Dentro de la abadía habrá un salón reservado para el desfile, te indicarán tu mesa y…
  • ¿Mi mesa? – preguntó Charlie aturdido, el andar descalzo por aquella estancia le comenzaba a generar síntomas de una gripe segura.
  • Claro, ¿no sabías que después del show habrá también una cena? Obviamente no te vas a quedar, durante el desfile quieren la mayor cantidad de sillas llenas, pero después de la transmisión poco importa quién se quede a probar un vino barato.
  • Entonces entraré, finjo que no existo y después de escribir me largo.
  • Exactamente – murmuró Ben dando la aprobación al look total que había elegido para Charlie – ahora sugeriría que no te movieras, hice un trabajo digno para los premios Oscar y si se estropea juro que no amaneces mañana.
La espera hasta las nueve de la noche fue tediosa. No había nada qué publicar ni ningún desfile sobre el cuál escribir. Las luces de los diferentes pisos comenzaban a apagarse y los autos deportivos comenzaban desfilar por la calle despidiéndose de una jornada más. El eco de sus zapatos sonaba de forma estruendosa al caminar hacia ningún lugar, mirando con detalle en la casi total oscuridad aquello que no podía recorrer a la luz del día.

  • ¿Listo Charlie? – preguntó Alex saliendo de su oficina acompañado de su esposa. La rubia llevaba un radiante vestido corto de lentejuelas que destacaba su piel blancuzca y su ondeante melena, mientras que Alex lucía a los hombros un abrigo por encima de su rodilla sobre un elegante traje color gris.
  • Listo señor – contestó éste, llamando el ascensor como gesto de atención.
  • Cherry, él es Charlie, el editor que cubre los desfiles en vivo para la revista.
  • Es un placer Charlie – Charlotte aproximó su mano a la del chico para un saludo cordial que hizo a Charlie incomodarse.
  • El placer es mío, señora, se ve hermosa – contestó éste rápidamente.
  • Es mi esposa Charlie – reclamó Alex en un tono divertido – recuerda que soy tu jefe.
  • Perdón señor – apuntó el aludido rápidamente esperando que no notaran su sonrisa nerviosa y el rubor en su cara.
  • Oye déjalo – le recriminó Charlotte dándole un ligero golpe con su mano en el brazo que él le ofrecía al entrar al ascensor – es el único que me ha subido el autoestima el día de hoy.
  • También creo que te ves hermosa – comentó Alex.
  • Muy tarde cariño, otro hombre ya te ganó ese cumplido.
En el estacionamiento sólo un auto de Condé Nast esperaba ante la fúnebre iluminación de las luces inertes. El atento chofer le abrió la puerta a Charlotte que, deslizándose con gracia se internó en el asiento trasero junto con su esposo, mientras que Charlie lo hacía en el asiento del copiloto.

  • El señor Hayes me ha dejado esto para usted – comentó el chofer, ofreciéndole a Charlie un portátil de Mac.
  • Gracias – contestó éste, tamborileando sus dedos con nerviosismo cuando el auto comenzó a ponerse en marcha. El Londres de noche siempre le fascinó, pero aquella ocasión su plan no era comer una hamburguesa grasosa o caminar por un parque nocturno. El hecho de pensar que iría a una de las presentaciones más esperadas en la semana de la moda lo hizo sentir muchas cosas dentro de él que prefería no describir.
Llegando a la abadía de Westminster notaron que una gran alfombra roja se había instalado en las escaleras del lugar, un acordonado simple de terciopelo rojo separaba a la prensa de los invitados, que desfilaban ya en su camino hacia el desfile de aquella noche.

  • ¿La recuerdas cariño? – preguntó Charlotte con nostalgia.
  • Por su puesto, recuerdo todo sobre aquel día – comentó Alex pausadamente. En un vistazo rápido sobre su hombro, Charlie notó que la pareja en el asiento trasero se tomaba de la mano mientras ella apoyaba su cabeza en su hombro.
  • Yo bajo aquí – dijo Charlie al chofer, al ver que algunos de los invitados rodeaban a la sección de prensa para ingresar por otro acceso.
Sin decir nada más, Charlie saltó a la acera para identificarse como miembro de Vogue y buscar un lugar en donde él y su computadora portátil pudieran pasar desapercibidos. Dentro de un salón de la Abadía, encontró docenas de mesas que rodeaban una plataforma elevada donde se llevaría a cabo el desfile, algunos de los invitados estaban ya sentados en su lugar correspondiente, mientras que muchos otros aún estaban ingresando por la alfombra roja.

  • Por aquí – le dijo una voz a Charlie que le hizo dar un sobresalto, un hombre del staff le condujo hasta una tercera fila de mesas, en donde la iluminación no era muy buena, pero igual podía verse claramente todo lo ocurrido en la pasarela.
  • ¿Cuánto tiempo falta para el desfile?
  • Diez minutos al menos, apenas han llegado la mitad de los invitados – contestó sin detenerse.
En ese tiempo, Charlie pudo mirarse en el reflejo de su teléfono conteniéndose enormemente de tomarse una selfie, verificó que la batería del portátil estuviera cargada y que la conexión a internet fuera estable.

La estancia se comenzó a llenar de personalidades que de forma educaba se saludaban aunque no tuvieran el interés de verse, minutos después las luces se atenuaron indicando el comienzo del show. Música tenue salida de ningún lugar inundó la sala acompañando el primer look: un traje de dos piezas en terciopelo con detalle de solapa redonda abría el desfile del que todo el mundo hablaba. El modelo era un chico de ojos azules inexpresivos y cabellera castaña peinada de forma desenfadada que después de permanecer apenas dos segundos bajo las luces que indicaban el final de la pasarela, regresó subiendo las escaleras para dejar que otro modelo continuara con el show. En total 38 looks conformaron una colección que Charlie capturó con total presteza para la web de Vogue Hommes, en donde se podía ver el desfile en vivo, los looks y los detalles de cada uno de ellos, así como el enlace directo para comprarlo de forma inmediata.

  • Señor Charlie – comentó el chico del staff que lo había llevado al área de prensa – sígame, el señor Davis lo busca.
De forma instantánea y como si tuviera un resorte en el trasero, se puso en pie siguiéndolo ante el serpenteante camino de sillas y mesas, en donde una de ellas estaba sentado Alex y su esposa, acompañado de Jeff, Ben y un hombre regordete que Charlie había visto muy pocas veces en la vida.

  • Charlie, que gusto - comentó Alex, como si no lo hubiera visto en toda la mañana – permíteme presentarte a Irving Newhouse, presidente de Condé Nast.
  • ¿Es éste el chico del que tanto me comentaron? – preguntó Newhouse, estrechando la mano del joven.
  • El mismo, y como verá hizo un excelente trabajo esta noche.
  • ¡Vaya! Que agradable escuchar que jóvenes tan talentosos se suman a la revista, ¿vas a quedarte a cenar, cierto? Es lo menos que mereces después de un largo día.
Charlie no contestó al instante, buscaba una respuesta sólida y válida para escabullirse de ahí. Podía fingir que tenía trabajo, que tenía una cita importante después con alguien más, pero al recordar en el pedazo congelado de pizza que había en su refrigerador lo pensó mejor.

  • Anda, acompáñanos hoy que estamos en festejo – una mirada rápida a los invitados de la mesa le hizo saber que debía quedarse. La mirada de Ben y de Jeff que lo presionaban a asentir a cualquier cosa que Newhouse dijera y la de Alex, que lo invitaba a pronunciar algo para no verse tan imbécil.
  • Gracias señor, será un placer – dijo, tomando asiento entre Jeff y Charlotte, en donde podía percibir el dulce aroma que parecía desprender la piel de la esposa de su jefe.
  • ¡Fantástico! Por favor manden ya el vino, la cena puede esperar, pero la sed no se irá tan fácilmente – le comentó al chico del staff.
Minutos después, todos aquellos asistentes del desfile fueron reemplazados por camareros vestidos de etiqueta, la música aún sonaba suave pero instrumental. El vino era increíble y el menú espectacular.

  • ¿De dónde eres chico? – preguntó Newhouse a Charlie tomándolo por sorpresa.
  • De Richmond, señor – contestó. La peor incomodidad de aquella situación era que, al tener a Newhouse justo en frente, tenía que hablar en voz alta para que pudiera escucharlo del otro lado de la mesa.
  • ¡Richmond! Tiene increíbles paisajes del Támesis – comentó Newhouse sonriente – bien Charlie, brindemos porque ahora eres parte de algo más grande que las tiendas a la orilla de in río – dijo éste alzando la copa, un gesto que hicieron los demás presentes en la mesa.
Charlie se dio cuenta de que siendo él mismo podía llegar a ser lo que siempre soñó: había asistido a al menos dos desfiles de moda, trabajaba para la revista más importante del planeta y vestía de diseñador. Nada más importaba aquella noche.