
El frío de las mañanas gélidas de enero le complicaba el hecho de que las palabras acudieran a su garganta. Y aunque tenía muchas cosas que decir, sentía que su mente se había quedado en blanco. “que ironía para un editor” se dijo a sí mismo, al ver cómo dejaba atrás las elegantes tiendas de Piccadilly para internarse en una zona donde los locales ofrecían servicios básicos en lugar de complementos de lujo.
Tras estacionarse en una vieja acera y darle un rápido vistazo al desierto parque cubierto de blanco, cruzó la calle para subir las escaleras de un viejo edificio modernizado por dentro que dejaba ver un interior elegante, a diferencia de los monótonos ladrillos rojos de cientos de edificios similares en sus fachadas.
Se detuvo frente a la puerta negra de un departamento del tercer piso para respirar un poco, aunque le dolieran los pulmones comprimidos bajo la camisa, el blazer y su abrigo de Bottega Veneta. Segundos después los nudillos desnudos que dejaban ver sus guantes de piel llamaron tres veces, lo suficiente para hacerse escuchar en aquel sepulcral silencio de invierno.
Del otro lado de la puerta se escuchó el eco de unos pasos desnudos que, sin prisa pero sin pausa acudieron al llamado aquella mañana. Al abrir la puerta, Alex pudo ver aquellos ojos azules que veía cada mañana en su esposa, pero un poco más enrojecidos y hundidos en tenues ojeras que contrastaban con la blanca piel del chico.
- Te mandó mamá, ¿verdad? – preguntó Christopher con un tono ausente pero seguro, como si estuviera esperando para formular esa cuestión.
- ¿Puedo pasar? – Alex se sentía tonto haciendo un gesto ridículo con los brazos, balanceándolos de adelante a atrás de forma inerte. Sentía que se sentiría más tonto si se quedaba quieto. Christopher no contestó, abrió la puerta para que su padre pasara, cerrándola detrás de él.
- ¿De quién son? – preguntó Alex señalando al menos media docena de mochilas amontonadas en un sillón de la sala, dejadas ahí estrepitosamente.
- De unos amigos – contestó Charlie, sentándose en uno de los sillones desocupados y levantando sus pies descalzos a la mesa de madera del centro – se están quedando aquí por los desfiles.
- ¿Cómo has estado? – preguntó Alex, tomando asiento al lado de su hijo.
- ¿Ahora te importa? – el chico posó en su padre unos ojos de incredulidad que avivaban sus ojeras y enrojecimiento.
- Siempre me ha importado, y lo sabes – comentó Alex con autoridad y franqueza – sé que lo de Ashlee es difícil pero…
- No, no lo sabes – interrumpió Christopher apartándose un mechón de cabello que le caía sobre la frente – deja de tener lástima por mí.
- Tu madre aún prepara comida para tres – dijo Alex de la nada – tu habitación está tal y como la dejaste y tus abuelos se preocupan mucho por ti – concluyó casi en un susurro, esperando que su hilo de voz se filtrara hasta lo más profundo del corazón de su hijo.
- Diles que estoy bien – dijo este, conectando su mirada con la de su padre por apenas unos segundos.
- Al menos sigues escribiendo – comentó Alex, al ver la letra de su hijo plasmada en vagos renglones sobre hojas recicladas y algunas bolsas de papel.
- Son tonterías – dijo el chico, haciendo un ademán de querer arrebatarle las hojas a su padre, pero éste fue más hábil y las aportó de su alcance.
- Son muy buenas – dijo éste - ¿por qué no las has grabado?
- Tu amigo George está muy ocupado preparando huevos como para producirme algo – espetó el chico con enfado – además no tengo demos ni nada, no puedo hacer un EP de la noche a la mañana.
- Bueno, si quieres puedo hablar con George y…
- Déjalo, debes estar muy ocupado con todos esos desfiles y las fiestas y con tu ida a Milán y París…
- Puedo quedarme si quieres…
De repente, Christopher giró su cabeza tan rápido que pensó se le quebraría el cuello. Escuchar aquellas palabras de boca de su padre era prácticamente imposible y su rostro incrédulo lo denotaba a la perfección.
- ¿Quieres dejar tu trabajo de lado para escucharme todo el día tocar? – Preguntó Christopher con ironía, levantándose del sillón para dirigirse a la cocina.
- Quiero que vuelvas a ser el de antes - comentó su padre emprendiendo el paso tras él – quiero que volvamos a salir juntos, a escuchar tu música, a verte feliz…
- Te dije que estoy bien – le reiteró Chris, cerrando la puerta del refrigerador con fuerza – además no sé por qué te preocupas por mí, como si no fuera suficiente verme en cada desfile.
- Es muy diferente Chris…
- No, no es diferente – apuntó Chris rápidamente – tú me metiste a este mundo y le hablaste de mí a mucha gente importante. Querías que fuera modelo, ¿no? Pues lo lograste, no sé qué pretendes ahora viniendo a decirme que quieres que regrese sabiendo que tengo que ir de un lado a otro justamente como tú lo haces.
- ¿Vas a desfilar hoy? – preguntó Alex, sólo por evitar que su garganta se cerrara.
- Sí, tengo dos o tres desfiles a mediodía.
- Bien, entonces… te veré luego.
- Hay que estar atentos a lo que el imbécil de Tom Ford tiene planeado hacer – comentó Jeff en el ascensor que compartía con Ben y con Charlie. Más que dirigirse a alguien en particular, prácticamente mascullaba para sí mismo.
- Hasta ahora el desfile en la Abadía de Westminster sigue en pie – apuntó Ben, dando un sorbo a su segundo vaso de café del día – no es probable que haga una estupidez como en Nueva York y vaya en contra de todo un calendario.
- Ya sabes qué hacer - le dijo Jeff a Charlie al llegar a la sala de redacción.
- Alex busca al chico maravilla – dijo Ben asomándose por las puertas de cristal y mirando a Charlie esperando a que éste saliera corriendo tras él. El aludido separó su silla del escritorio con un sonido sordo y se dirigió a la salida donde el editor de moda lo esperaba con impaciencia. Al estar en el pasillo, Ben lo tomó del hombro y prácticamente lo arrastró por el pasillo camino a la oficina de Alex – Escucha, Tom Ford está con Alex, lo que significa que la mínima fricción entre ellos puede provocar algo peor que una explosión nuclear – Charlie no supo cómo reaccionar a ese comentario: su diseñador preferido y el hombre al que admiraba juntos en los mismos 30 metros cuadrados era algo difícil de asimilar – así que cualquier cosa que vayas a hacer ahí dentro hazlo bien, de lo contrario tu vida se acabó – comentó en un susurro, dándole un ligero empujón para dejarlo justo fuera de las puertas de cristal en donde la mirada del editor y del creador se posaron en él penetrando el cristal y su propia piel.
- Pasa Charlie – Alex se aproximó para abrir la puerta y hacerlo pasar. El chico notó que Alex tenía en su rostro una sonrisa estática, forzada, como la de una persona ante una visita desagradable. – Como verás Charlie, nuestro ilustre visitante es el señor Tom Ford y vino expresamente hasta aquí para invitarnos a su presentación de esta noche.
- Es un gusto señor Ford – dijo el chico, ofreciéndole una tosca mano al diseñador que sentado en una de las sillas de piel permanecía cruzado de pierna luciendo un traje impecable.
- Buen día chico – contestó éste fríamente – tienes un don para encontrar talentos que a primera vista parecen no serlo, Davis – Tom Ford miró en un vistazo de arriba abajo a Charlie, reparando en una camisa con un cuello italiano que comenzaba a levantarse por su desgaste, unos pantalones que le venían ligeramente holgados y zapatos con las puntas un poco talladas.
- Las primeras impresiones cuentan, pero no valen nada si esa persona resulta ser un fiasco – contestó Alex con un tono más gélido que el clima.
- Si crees que vale la pena puedo agregar su nombre a la lista – comentó Tom, girándose hacia Alex apoyando su rostro en su mentón de una firma sumamente elegante.
- Será de los pocos que en verdad merezcan estar ahí – Alex se apoyó con una mano sobre el escritorio de cristal de forma desenfadada pero segura al mismo tiempo, llevando su otra mano a la cintura y dejando ver un llamativo reloj de Jaeger Le-Coultre.
- Bien Charlie, te espero en mi desfile de esta noche.
- Gracias señor – contestó el chico casi con rigurosidad militar.
- Debes estar muy ocupado – intervino Alex – seguramente tienes muchas cosas que planear, así que no te quitamos más tu tiempo – agregó, dirigiéndose a la puerta como una señal de despedida.
- Ya oíste Charlie, Tom quiere que vayas a su desfile, así que prepárate para salir esta noche, pídele ayuda a Ben, puedes salir con un auto desde aquí o que pase por ti a casa para llevarnos a Westminster.
- ¿Por qué cambió la hora de su presentación? – se atrevió a preguntar sin moverse de su lugar.
- Es un negocio redondo – contestó rápidamente – adoptó el nuevo formato de compra inmediata: un cuanto el desfile termine la colección estará disponible en Style.com, Condé Nast da a conocer la colección, Tom Ford vende al instante alrededor del mundo y Newhouse gana una gran rebanada del pastel.
- Supe de las buenas nuevas – comentó Jeff en su computador cuando Charlie regresó a su área de trabajo – Ford es como un perro temeroso, ladra pero no muerde. Incluso hasta tú eres mejor en tu trabajo que él.
- ¿Por qué crees que haya venido hasta acá? – preguntó el chico, escribiendo ágilmente sobre las imágenes de la colección de OSMAN que acababan de ser subidas.
- Mera presunción – contestó al instante – Condé Nast está probando el nuevo modelo de negocio “al instante” y Tom Ford es el desfile perfecto para ello: elegancia, invitados de lujo y una cobertura inmejorable. Que es donde entras tú.
- De verdad deberían doblarme el sueldo – Comentaba Ben mientras Charlie se cambiaba (por cuarta vez) detrás de un vestidor en el armario de Vogue – o nombrarme caballero con honores.
- Perdón Ben – Charlie comenzaba a mostrarse apenado ante el editor de moda, aunque no sabía muy bien porqué. Aquella situación de encontrar un outfit ideal para uno de los desfiles más importantes de la semana de la moda hacia que a Ben le doliera la cabeza al ver al chico frente a un espejo triple que reflejaba cada ángulo de su silueta para simplemente decir “no” en un susurro para sí mismo y volver a perderse en los pasillos del armario.
- Antes del desfile habrá una alfombra roja – comentó el editor tras alisar la manga del traje del chico – obviamente entrarás por la parte donde no haya prensa, serás invisible para ellos. Dentro de la abadía habrá un salón reservado para el desfile, te indicarán tu mesa y…
- ¿Mi mesa? – preguntó Charlie aturdido, el andar descalzo por aquella estancia le comenzaba a generar síntomas de una gripe segura.
- Claro, ¿no sabías que después del show habrá también una cena? Obviamente no te vas a quedar, durante el desfile quieren la mayor cantidad de sillas llenas, pero después de la transmisión poco importa quién se quede a probar un vino barato.
- Entonces entraré, finjo que no existo y después de escribir me largo.
- Exactamente – murmuró Ben dando la aprobación al look total que había elegido para Charlie – ahora sugeriría que no te movieras, hice un trabajo digno para los premios Oscar y si se estropea juro que no amaneces mañana.
- ¿Listo Charlie? – preguntó Alex saliendo de su oficina acompañado de su esposa. La rubia llevaba un radiante vestido corto de lentejuelas que destacaba su piel blancuzca y su ondeante melena, mientras que Alex lucía a los hombros un abrigo por encima de su rodilla sobre un elegante traje color gris.
- Listo señor – contestó éste, llamando el ascensor como gesto de atención.
- Cherry, él es Charlie, el editor que cubre los desfiles en vivo para la revista.
- Es un placer Charlie – Charlotte aproximó su mano a la del chico para un saludo cordial que hizo a Charlie incomodarse.
- El placer es mío, señora, se ve hermosa – contestó éste rápidamente.
- Es mi esposa Charlie – reclamó Alex en un tono divertido – recuerda que soy tu jefe.
- Perdón señor – apuntó el aludido rápidamente esperando que no notaran su sonrisa nerviosa y el rubor en su cara.
- Oye déjalo – le recriminó Charlotte dándole un ligero golpe con su mano en el brazo que él le ofrecía al entrar al ascensor – es el único que me ha subido el autoestima el día de hoy.
- También creo que te ves hermosa – comentó Alex.
- Muy tarde cariño, otro hombre ya te ganó ese cumplido.
- El señor Hayes me ha dejado esto para usted – comentó el chofer, ofreciéndole a Charlie un portátil de Mac.
- Gracias – contestó éste, tamborileando sus dedos con nerviosismo cuando el auto comenzó a ponerse en marcha. El Londres de noche siempre le fascinó, pero aquella ocasión su plan no era comer una hamburguesa grasosa o caminar por un parque nocturno. El hecho de pensar que iría a una de las presentaciones más esperadas en la semana de la moda lo hizo sentir muchas cosas dentro de él que prefería no describir.
- ¿La recuerdas cariño? – preguntó Charlotte con nostalgia.
- Por su puesto, recuerdo todo sobre aquel día – comentó Alex pausadamente. En un vistazo rápido sobre su hombro, Charlie notó que la pareja en el asiento trasero se tomaba de la mano mientras ella apoyaba su cabeza en su hombro.
- Yo bajo aquí – dijo Charlie al chofer, al ver que algunos de los invitados rodeaban a la sección de prensa para ingresar por otro acceso.
- Por aquí – le dijo una voz a Charlie que le hizo dar un sobresalto, un hombre del staff le condujo hasta una tercera fila de mesas, en donde la iluminación no era muy buena, pero igual podía verse claramente todo lo ocurrido en la pasarela.
- ¿Cuánto tiempo falta para el desfile?
- Diez minutos al menos, apenas han llegado la mitad de los invitados – contestó sin detenerse.
La estancia se comenzó a llenar de personalidades que de forma educaba se saludaban aunque no tuvieran el interés de verse, minutos después las luces se atenuaron indicando el comienzo del show. Música tenue salida de ningún lugar inundó la sala acompañando el primer look: un traje de dos piezas en terciopelo con detalle de solapa redonda abría el desfile del que todo el mundo hablaba. El modelo era un chico de ojos azules inexpresivos y cabellera castaña peinada de forma desenfadada que después de permanecer apenas dos segundos bajo las luces que indicaban el final de la pasarela, regresó subiendo las escaleras para dejar que otro modelo continuara con el show. En total 38 looks conformaron una colección que Charlie capturó con total presteza para la web de Vogue Hommes, en donde se podía ver el desfile en vivo, los looks y los detalles de cada uno de ellos, así como el enlace directo para comprarlo de forma inmediata.
- Señor Charlie – comentó el chico del staff que lo había llevado al área de prensa – sígame, el señor Davis lo busca.
- Charlie, que gusto - comentó Alex, como si no lo hubiera visto en toda la mañana – permíteme presentarte a Irving Newhouse, presidente de Condé Nast.
- ¿Es éste el chico del que tanto me comentaron? – preguntó Newhouse, estrechando la mano del joven.
- El mismo, y como verá hizo un excelente trabajo esta noche.
- ¡Vaya! Que agradable escuchar que jóvenes tan talentosos se suman a la revista, ¿vas a quedarte a cenar, cierto? Es lo menos que mereces después de un largo día.
- Anda, acompáñanos hoy que estamos en festejo – una mirada rápida a los invitados de la mesa le hizo saber que debía quedarse. La mirada de Ben y de Jeff que lo presionaban a asentir a cualquier cosa que Newhouse dijera y la de Alex, que lo invitaba a pronunciar algo para no verse tan imbécil.
- Gracias señor, será un placer – dijo, tomando asiento entre Jeff y Charlotte, en donde podía percibir el dulce aroma que parecía desprender la piel de la esposa de su jefe.
- ¡Fantástico! Por favor manden ya el vino, la cena puede esperar, pero la sed no se irá tan fácilmente – le comentó al chico del staff.
- ¿De dónde eres chico? – preguntó Newhouse a Charlie tomándolo por sorpresa.
- De Richmond, señor – contestó. La peor incomodidad de aquella situación era que, al tener a Newhouse justo en frente, tenía que hablar en voz alta para que pudiera escucharlo del otro lado de la mesa.
- ¡Richmond! Tiene increíbles paisajes del Támesis – comentó Newhouse sonriente – bien Charlie, brindemos porque ahora eres parte de algo más grande que las tiendas a la orilla de in río – dijo éste alzando la copa, un gesto que hicieron los demás presentes en la mesa.